Hay historias que no caben en una etiqueta, y la de Amaranta Hank es una de ellas.
Es periodista, escritora y activista, y hoy es candidata al Senado. Pero antes fue una niña que creció en una frontera marcada por la violencia; una joven que encontró en el periodismo una forma de entender el mundo; una mujer que decidió romper con la hipocresía social al entrar a la industria pornográfica y, finalmente, una voz incómoda que quiere llevar al Congreso un debate que muchos prefieren evitar.
Su historia comienza en Norte de Santander, en esa franja del país donde la frontera con Venezuela ha sido durante décadas escenario de contrabando, conflicto armado y violencia cotidiana. Nació en Cúcuta, pero creció en Villa del Rosario, un territorio donde la dureza de la realidad llega demasiado pronto.
Recuerda una infancia atravesada por episodios que ningún niño debería normalizar: vecinos que desaparecían, historias de violencia que se comentaban en voz baja y escenas que marcaron su memoria para siempre. Durante años pensó que todo aquello era simplemente la vida; solo al llegar a la universidad entendió que lo que había vivido tenía un nombre: conflicto armado.
Su padre murió cuando ella era muy pequeña. Era la figura con la que más se identificaba, el hombre fuerte al que quería parecerse. Esa ausencia dejó una huella profunda en una familia conservadora y profundamente religiosa.
- Lea aquí: Claudia López: “Soy hija de una maestra”
Del periodismo a la amenaza
La escritura apareció casi por accidente. Un profesor del colegio insistía en que tenía talento para comunicar, la animó a estudiar comunicación social y la empujó a escribir en el periódico escolar. Aquella insistencia terminó marcando su destino.
A los 17 años comenzó a estudiar comunicación social y a mirar su propia realidad desde otra perspectiva. Empezó a escribir sobre la frontera, sobre dinámicas que había visto toda su vida y que, de pronto, entendía como fenómenos sociales y políticos.
Ese trabajo llamó la atención de algunos medios y pronto empezó a publicar columnas y crónicas. Su voz, todavía joven, hablaba de un territorio que pocos conocían realmente. Sin embargo, ese ejercicio también tuvo consecuencias: las amenazas llegaron.
Tuvo que salir de Cúcuta tres veces por razones de seguridad. Cada regreso implicaba paranoia, cuidado extremo y estancias cortas. Durante años, volver a ese lugar significaba caminar con miedo.
- Le puede interesar: “Yo le perdí el miedo a la muerte”: Lina Garrido, la mujer del sombrero
Bogotá pareció la oportunidad de empezar de nuevo. Allí trabajó como editora, jefe de prensa y periodista independiente, pero la realidad del oficio fue más dura de lo que esperaba: contratos precarios, pagos tardíos y un ambiente laboral atravesado por jerarquías y abusos de poder.
Había algo más que la incomodaba: la doble moral. Mientras algunos colegas la acosaban o la miraban con morbo, otros le advertían que perdería credibilidad si vestía de cierta manera o mostraba su cuerpo. Esa contradicción empezó a pesar cada vez más.
La frustración profesional y una depresión profunda la llevaron a tomar una decisión radical: entrar a la industria pornográfica.
No fue un impulso. Fue, según ella, una mezcla de inconformidad, rebeldía y el deseo de romper con una sociedad que juzga en público lo que consume en privado.
De Europa al activismo y la política
Se fue a Europa. Barcelona, Budapest y Praga se convirtieron en sus escenarios de trabajo. Allí vivió la pornografía desde dentro, con sus luces y sus sombras.
Hubo momentos de libertad, experiencias que recuerda con intensidad y una exposición mediática que transformó su vida. Pero también descubrió una industria con condiciones laborales duras, donde muchas mujeres, especialmente latinoamericanas, enfrentan situaciones de abuso y explotación.
Ese contacto directo con la realidad del sector marcó un quiebre. Amaranta empezó a cuestionar lo que ocurría detrás de las cámaras y a denunciar prácticas que consideraba injustas. Más adelante, ya de regreso en Colombia, su trabajo tomó otra forma y se convirtió en activismo.
Durante la pandemia destinó gran parte de sus ingresos digitales a acompañar a mujeres que habían sido víctimas de violencia dentro de la industria. Al principio fue apoyo psicológico; después, asesoría jurídica. Con el tiempo, eso se volvió una red de acompañamiento para trabajadoras sexuales que buscaban denunciar agresiones.
Ese trabajo le permitió ver de cerca algo que la marcó: muchas de estas mujeres no solo enfrentaban violencia de sus agresores, sino también de instituciones que deberían protegerlas.
De ahí surgió una convicción que hoy repite con insistencia: el problema no es la existencia del trabajo sexual, sino la falta de regulación y protección.
Hoy calcula que en Colombia cientos de miles de mujeres ejercen distintas modalidades de actividades sexuales pagas, desde el modelaje webcam hasta el trabajo sexual en calles, establecimientos o corredores viales. En su mayoría, dice, viven en condiciones de absoluta desprotección.
Ese diagnóstico la llevó a tomar otra decisión inesperada: entrar a la política.
A sus 33 años, Amaranta es candidata al Senado por el Pacto Histórico. Su apuesta es llevar al Congreso el debate sobre los derechos de las trabajadoras sexuales, un tema que considera ignorado por el Estado y usado políticamente solo cuando conviene.
La política, sin embargo, tampoco le resulta un terreno fácil. Reconoce que se ha encontrado con egos, tensiones y dinámicas que pueden ser tan duras como cualquier otra industria. Aun así, cree que los cambios solo son posibles desde adentro.
Dice que el poder no la deslumbra y que el dinero tampoco es su motivación. Durante años tuvo ingresos altos y aprendió a vivir con austeridad. Para ella, la tranquilidad es algo más simple: tener sus cuentas pagadas, su nevera llena y la libertad de decir lo que piensa.
Esa franqueza es, tal vez, lo que más incomoda.
Amaranta no intenta encajar en el molde de la política tradicional. Habla de sexualidad sin eufemismos, de violencia institucional sin miedo y de feminismo desde una postura que, incluso dentro del propio movimiento, genera debate.
Por eso insiste en algo que, para ella, resume su experiencia y su visión del mundo: la sexualidad no es solo un asunto privado.
También es un acto político.
