“Yo le perdí el miedo a la muerte”: Lina Garrido, la mujer del sombrero

Mié, 04/03/2026 - 19:52
Antes que el símbolo, estuvo la historia. Antes que el discurso, estuvo Arauca. Lina Garrido habla de miedo, familia, violencia, verdad y poder desde una experiencia atravesada por el riesgo y la convicción.
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Hay momentos en la política en los que una frase define a una persona. En el caso de Lina Garrido, ese momento llegó cuando dijo, sin titubeos: “Yo le perdí el miedo a la muerte”.

No es una frase retórica. En su historia pesa el territorio del que viene: Arauca, una región marcada por el abandono del Estado, por la violencia y por la presencia de grupos armados que durante décadas han condicionado la vida pública y privada. Allí nació hace 38 años, en una familia de docentes de escuela pública, profundamente creyente y arraigada a la tierra llanera.

La infancia que recuerda está lejos de la tensión política que hoy la rodea. Fue una niñez tranquila, marcada por la vida familiar y por las tradiciones del llano: los primos jugando en la calle frente a la casa, las visitas a la finca, las mañanas viendo ordeñar las vacas y los encuentros con los abuelos. Una infancia feliz que, dice, le dejó una huella clara: el valor de la familia como centro de todo.

Desde muy temprano mostró un rasgo que hoy sigue siendo evidente: liderazgo. En el colegio siempre estaba al frente de las actividades, organizando actos culturales, representando a sus compañeros o participando en deportes. Los profesores, recuerda, le repetían una frase que terminaría convirtiéndose en una especie de profecía: algún día sería política.

Ella misma lo tenía claro. Cuando terminó el colegio, en 2003, ya decía sin rodeos cuál era su sueño: ser alcaldesa de Arauca.

Ese camino empezó a tomar forma cuando llegó a Bogotá a estudiar Relaciones Internacionales y Estudios Políticos en la Universidad Militar. Luego vendría una especialización en opinión pública y marketing político. Pero la experiencia que terminó de definir su rumbo fue trabajar como asistente en el Congreso de la República.

Ahí entendió algo que marcaría su decisión: le gustaba la política, pero no quería quedarse detrás de los políticos. Quería ser una de ellos.

La política y el costo de la distancia

Mientras su carrera tomaba forma, su vida también cambiaba de manera radical. Se graduó de la universidad estando embarazada de su hija, Samantha. Hoy tiene 15 años y, según Lina, es el regalo más grande que le ha dado la vida.

Hablar de Samantha la transforma. La política, dice, también tiene un costo personal enorme, y el más duro es la distancia. Durante largas temporadas no puede verla, porque el trabajo político la obliga a vivir entre Bogotá y su región. Ese sacrificio, reconoce, ha sido uno de los más difíciles de asumir.

Sin embargo, su hija terminó encontrando una manera muy particular de entenderlo. Un día, hablando sobre esa ausencia, Lina encontró las palabras que hoy repite como una consigna familiar: “La política no me robó a mi hija. Mi hija le prestó su mamá a Colombia”.

Esa frase resume una de las tensiones más profundas de su vida pública: la lucha entre el deber político y el vínculo familiar.

Su esposo, un policía hoy retirado tras más de veinte años de servicio, también tuvo que adaptarse a ese cambio. Cuando dejó la institución, pensaba dedicar más tiempo al hogar, pero fue justo en ese momento cuando la carrera política de Lina tomó impulso y los roles se invirtieron. Ahora es ella quien pasa más tiempo fuera.

La familia, sin embargo, sigue siendo su red de apoyo. Sus padres, su esposo, su hija y sus hermanas participan activamente en las campañas. Son ellos quienes muchas veces hacen volanteo o recorren las calles cuando ella no puede estar en Arauca. Ese respaldo es, según dice, la razón por la que ha podido mantenerse firme en una política que a menudo se vuelve hostil.

Y hostil es una palabra que no usa a la ligera.

Lina Garrido reconoce que tiene amenazas del ELN y de las disidencias de las FARC. En un departamento donde la presencia de grupos armados sigue siendo una realidad, la política no es una actividad neutral: es un riesgo. Por eso insiste en que el miedo no puede ser una opción. “Decidí no tener miedo y enfrentar a quienes nos han robado la esperanza”.

El sombrero como símbolo y la confrontación con el poder

Ese espíritu confrontacional la ha llevado a protagonizar algunos de los enfrentamientos políticos más duros de los últimos años. El más visible ha sido con el presidente Gustavo Petro. Ella misma lo dice sin rodeos: “Mi pelea más dura ha sido con Gustavo Petro”.

El episodio que marcó ese enfrentamiento ocurrió el 20 de julio cuando, en medio de la instalación del Congreso, Garrido le habló directamente al presidente. Aquella escena la proyectó a la opinión pública nacional y terminó consolidando un símbolo inesperado: el sombrero llanero que llevaba puesto ese día.

No lo usaba habitualmente en el Congreso. Fue un gesto espontáneo, casi casual: un regalo de unos amigos que decidió ponerse en una jornada simbólica. Desde entonces, el sombrero se convirtió en parte de su identidad política.

Para ella representa algo más que una prenda. Es el símbolo del trabajo del llano, del sudor bajo el sol y de la vida rural que muchas veces ha sido ignorada por la política nacional. Cuando los colombianos ven ese sombrero, dice, recuerdan a la mujer que ese día decidió decir lo que muchos pensaban.

Pero más allá de los gestos simbólicos, su discurso político se sostiene sobre una idea central: hablar con franqueza, incluso cuando incomoda. “Colombia merece que hablemos con la verdad, así sea incómoda”.

Para Garrido, la política ha perdido esa capacidad de decir lo que debe decirse. Cree que el país vive una crisis profunda marcada por tres males que repite constantemente: la corrupción, la violencia y la impunidad. En su visión, si Colombia logra enfrentar esas tres realidades, muchas de las heridas del país empezarían a sanar. Porque, insiste, Colombia es un país profundamente herido, al que durante décadas le han robado oportunidades, confianza y esperanza.

Sin embargo, su discurso no está construido únicamente desde la confrontación. También habla de reconciliación, aunque con matices. Durante años creyó en los procesos de paz; hoy reconoce que su postura ha cambiado. Las experiencias fallidas, dice, le hicieron perder la confianza en ese camino, pero no en la posibilidad de que Colombia encuentre una salida al conflicto.

Lo que sí mantiene intacto es su convicción espiritual. Habla con naturalidad de su fe y de la relación que tiene con Dios, a quien atribuye haber guiado su camino hasta ahora. Dice sentirse una hija consentida de Dios y asegura que cada paso de su vida política está atravesado por esa certeza.

A pesar de su carácter fuerte, quienes la conocen también describen otra faceta que ella misma reconoce: su alegría. “Soy una mujer muy alegre. Siento que mi vida es un privilegio”.

Esa mezcla entre convicción, fe y determinación es lo que define hoy su figura pública: una mujer que viene del llano profundo, que se hizo política convencida de que podía cambiar la realidad de su región y que decidió enfrentar el poder sin bajar la voz.

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