Ricardo Felipe Herrera Carrillo

Abogado, especialista en régimen del Distrito Capital de Bogotá y magister en derecho administrativo de la Universidad Externado de Colombia. Experiencia de 11 años como servidor público y 23 años como profesional independiente con área de práctica en servicios públicos, derecho ambiental y régimen de contratación estatal.

Ricardo Felipe Herrera Carrillo

No soy antipetrista

Si algo identifica a los latinoamericanos y, por ende, a los colombianos, es que nos dejamos llevar con facilidad por sentimientos vehementes capaces de dominar la voluntad y perturbar la razón para amar pero también para odiar y actuar con ira intensa: las pasiones.

La corta historia republicana de Colombia demuestra que somos un pueblo proclive a los discursos demagógicos, que buscan dividirnos entre buenos y malos, entre ricos abusadores y pobres oprimidos, entre chulavitas y cachiporros, entre uribistas y petristas, entre amigos de la paz y amigos de la guerra, entre amigos de las reivindicaciones sociales y los enemigos de ellas, etc.

Los políticos y algunos comunicadores día a día y sin ruborizarse en sus discursos cuestionan la polarización del país, cuando son ellos mismos quienes veladamente unos y descaradamente otros, fomentan esa polarización. Hoy, frente al hecho de que Álvaro Uribe dio un giro radical en su estrategia de trato frente al gobierno de turno, los apasionados antiuribistas se quedaron sin sustento, pero aun así, basados en su odio, mantienen viva esa pasión.

Muchos antiuribistas e incluso antipetristas que odian con toda pasión a uno y otro personaje, ni siquiera los han vistos o verán en persona una vez en la vida y mucho menos cruzarán media palabra con alguno de ellos, aun así los odian a rabiar, simplemente por efecto de la flaqueza y protuberante debilidad de su propio carácter y frágil talante. Esas mayorías de todos los estratos sociales proclive en exceso a la manipulación resultan siendo los títeres de los políticos, sus financiadores y algunos comunicadores que fungen como titiriteros.

No obstante las abismales diferencias que me distancian de Gustavo Petro debo confesar que lejos estoy de ser antipetrista. No siento odio, animadversión o rabia por la persona de Gustavo Petro Urrego o su señora Verónica Alcocer. Otra cosa es que ninguno de los dos me merecen la menor confianza y credibilidad en lo que dicen y hacen.

En el pasado he coincidido con ellos en eventos sociales pequeños en donde he podido conocerles más de cerca. Recuerdo un en especial en el Country Club de Bogotá. La impresión que me dio el hoy presidente de Colombia fue la de ser una persona socialmente discreta o de bajo perfil, de muy pocas palabras y me atrevería a decir que tímido en alto grado.

Su esposa, Verónica, me dio la impresión de una mujer impetuosa, básica y de maneras claramente provincianas, como casi somos todos, y notoriamente extrovertida en comparación con su esposo. Nada especiales, simplemente dos personas como cualquiera otro colombiano del común. Hay algo que distingue a Gustavo Petro: su particular postura física al hablar y que difícilmente orienta la mirada hacia su interlocutor.

Años después tuve cercanía profesional con el hoy presidente de los colombianos, pero llena de tensión mutua gracias a que actué como denunciante suyo y de su administración cuando fuera alcalde de la Ciudad Capital, frente al exabrupto que cometiera con el manejo de las basuras que llevaron a la imposición de una multimillonaria sanción por parte de la SIC a la Empresa de Acueducto de Bogotá, su filial Aguas de Bogotá, la UAESP y los miembros de la Junta Directiva del Acueducto en cabeza del propio Gustavo Petro, quien actuaba como presidente de ella.

Gracias a esta actuación administrativa ante la SIC que logré culminar satisfactoriamente en contra del entonces alcalde y los miembros de su gabinete que le aplaudieron semejante torpeza, pude conocer a otro Gustavo Petro que habita junto al tímido y de pocas palabras que socialmente había percibido.

Este otro Gustavo Petro es el mismo que todos pudieron ver entonces en el balcón del Palacio Liévano, luego en el de la Casa de Nariño y más recientemente en una tarima en una esquina del centro de la Ciudad, haciendo arengas, acusaciones, diciendo verdades a medias (doblemente mentiras), planteando sofismas y fijando responsabilidades a diestra y siniestra, y evadiendo todas las que les son propias. Ese Gustavo, es de todo menos democrático y pacífico.

Quienes lo eligieron no tienen excusa ni razones para sorprenderse. El, públicamente se ha mostrado como ese Gustavo Petro, notoriamente intransigente que solo admite como válido lo que él dice y quiere, nada más.

Quienes lo eligieron y dicen estar arrepentidos, deberían estarlo pero de la ceguera que ellos mismos se impusieron basados en el odio a los demás, dejando de ver que ese Gustavo Petro que eligieron no solo no es muy distinto de lo que tanto reprochaban sino que puede llegar a ser peor.

No nos queda sino resistir. Esperando dar un primer y claro mensaje en las elecciones de octubre votando por candidatos y candidatas que no reflejen esta tragicomedia en la que nos ha puesto el gobierno del presidente Petro, para dar un segundo y contundente paso de cordura en las presidenciales de 2026.

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Ricardo Felipe Herrera Carrillo
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