Nunca más

Publicado por: maria.vargas el Lun, 18/05/2020 - 15:12
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Por: Carlos Salas.
Carlos Salas

Como la palabra confinamiento tiene connotaciones “siniestras”, Vargas Llosa propone cambiar su definición en el diccionario. Lo cierto es que confinar, por más que se le quiera endulzar su significado, es lo que todos sabemos sin necesidad de recurrir a la RAE. Se trata esencialmente en mantener en estrictos límites a una persona o a un grupo de ellas por distintas razones. En una cárcel, por ejemplo, se mantiene confinado a un grupo de individuos que han sido condenados a ser privados de su libertad y los que se portan mal ahí pueden ser (re)confinados individualmente en celdas de castigo. Lo que nos dice el término es verdaderamente siniestro si mencionamos el Gueto o el Gulag, en lo que le sobraría razón al escritor peruano.

Con esas connotaciones y sin ninguna aclaración, fue emitida la medida de confinamiento en la mayor parte del planeta desde el comienzo de una pandemia decretada por una cuestionada OMS. Nunca lo entendimos de otra manera, de ahí la gravedad de lo que ha venido ocurriendo desde hace poco más de dos meses en el mundo que considerábamos libre. El autor de “La llamada de la tribu”, repaso elogioso al pensamiento de los principales teóricos del liberalismo, ha flexibilizado su mirada crítica hacía la izquierda llegando hasta una condescendencia “politicamente correcta” en la España que le da cobijo, con el gobierno socialista de Sánchez y su compinche, el vergonzoso aliado al castrochavismo y promotor del Socialismo del S.XXI en Europa, un tal Iglesias.

No es raro que un escritor del genio de Vargas Llosa haga el quite ágilmente a una cuestión espinosa que podría comprometer sus credenciales de buen demócrata. La jugada es la de pedir un cambio en el significado del polémico término para con ello llevarnos a aceptar que no es malo que presidentes elegidos libremente ejerzan poderes autocráticos a los que tienen “derechos” porque simplemente una organización internacional decide catalogar de pandemia la aparición de un nuevo virus que ataca a los humanos y así poder confinar a su pueblo, no solo en los límites del país sino también en los de su ciudad y, lo que es más grave y nunca visto en la historia de la civilización, en los de su vivienda sea la que sea sin tener en cuenta las condiciones particulares de espacio, de higiene ni de seguridad doméstica. Hay que añadir el agravante de una ejecución de la orden a través de la represión psicológica y física ejercida principalmente por los medios, los organismos de seguridad del Estado y los mismos ciudadanos que denuncian y hasta agreden a quienes desobedecen la orden.

No, lo que falla no es la definición de confinamiento. Vargas Llosa habría podido, en su artículo publicado recientemente, proponer un cambio de la palabra por cualquier otra que se acomodara mejor para nombrar esa siniestra situación pero no la hay. ¿Encierro?¿Casa por cárcel?¿Cuarentena para los sanos?

Aparte de dejar para la historia el oso monumental que estamos haciendo en pleno siglo XXI con esta “pandemia”, quedará en la consciencia colectiva el deshonor de haber tolerado un atentado contra las libertades tan difícilmente conquistadas en el pasado. Con el miedo infundado a un virus anulan las libertades como lo hicieron con el terror Robespierre, Hitler y Stalin. ¿Quiénes están detrás de esta domesticación masiva? ¿Por qué diablos hemos obedecido sin exigir un mínimo respeto a nuestros derechos ciudadanos?

Las libertades son difíciles de ganar y fáciles de perder. No logro entender cómo pensadores y líderes que se mostraron siempre firmes defensores de este valor fundamental, ahora vean con complacencia lo que se ha hecho con nuestras libertades. Comprensible que caigan en el temor al contagio, a la enfermedad y a la muerte pero no es suficiente motivo para claudicar. Qué los gobernantes caigan a la tentación del autoritarismo es imperdonable, como lo es también que los hombres libres terminen aplaudiéndolos. Una cosa es el manejo de una epidemia como un asunto de salud pública y otra muy distinta la de convertirla en arma política. Mal librados quedarán ante la historia quienes cayeron en esa tentación que son muchos, y muy maltrecha quedará la democracia luego de esta embestida brutal no de un virus, de esos y peores la humanidad ha padecido, si no de una verdaderamente siniestra alianza entre el poder, los medios y la ciencia como no se había visto nunca. ¿Tenemos derecho de endulzar el significado de algunas incómodas palabras como lo propone Vargas Llosa? Considero eso un ultraje que se sumaría a la humillación de habernos rendido antes de comenzar a luchar.