Llevamos ya semanas en la prensa amagando con que Estados Unidos invadirá Venezuela. Además, la líder opositora venezolana María Corina Machado, reciente premio Nobel de la Paz, lo ha solicitado abiertamente. Y al ser preguntado sobre la posibilidad de atacar territorio venezolano, el presidente norteamericano Donald Trump se ha negado a descartarlo, afirmando: “Ya lo verán”. ¿De verdad, veremos eso? No lo creo.
En las actuales circunstancias la comparación entre Panamá en 1989 y Venezuela en 2025 resulta atractiva, incluso inevitable. Dos dictadores atrincherados, con implicaciones regionales, dos momentos en que Washington parece debatirse ente el gesto intimidatorio y la acción contundente. Pero la analogía es fundamentalmente errónea. Los dos casos difieren en casi todos los aspectos estructurales y operativos, y confundir la historia de Estados Unidos en Panamá con un modelo para intervenir en Venezuela hoy podría arrastrar a este rincón del mundo a una respuesta larga y devastadora.
Por lo que nos reporta la prensa, podemos imaginar hoy el mar Caribe como una inmensa bañera en la que el niño Donny ha puesto sus juguetes flotantes: buques de la Cuarta Flota cargados con suficiente capacidad letal —solo en misiles Tomahawk— como para arrasar buena parte de Caracas. Entre tanto, bombarderos y cazas furtivos han merodeado recientemente las aguas territoriales de nuestro vecino. Mientras nos cuentan desde Caracas que el gobierno de Nicolás Maduro —hablando ese inglés suyo tan divertido y bailando, eso que no falte— ha respondido a su manera: a lo largo de la carretera que conecta la costa con la capital, el ejército ha colocado trampas de concreto antitanque, al parecer listas para un desembarco anfibio gringo. La escenografía intimida. Pero no debe confundir.
El Secretario de Estado Marco Rubio es seguramente el político norteamericano más conectado con la oposición venezolana. Su relación es de larga data con la facción más intransigente liderada por la señora Machado, hoy en la clandestinidad. Su discurso —y el de Trump, reacio a aventuras militares pero dispuesto a lo que sea para no parecer débil— alimenta esta escenografía de guerra para intimidar a Maduro y, seguramente, para sembrar dudas entre sus militares. La cosa no es nueva. Ya en la primera administración Trump María Corina Machado y su grupo pusieron al magnate-presidente al tanto de lo que es el gobierno de Maduro: migración masiva, cocaína, terrorismo, inestabilidad para la región; en resumen, amenaza para la seguridad norteamericana. Cosas que son rigurosamente ciertas.
Lo malo es que los escenarios posibles son peligrosos. Si Maduro sobrevive al pulso, podría presentarse como el líder que enfrentó al “imperio”. ¡Quién lo va a aguantar en ese papel! Y si cae abruptamente, el vacío de poder podría desembocar en una lucha interna larga y sangrienta entre facciones armadas. La cosa no es tan sencilla como un cambio de retratos, el de Nicolás por el de María Corina. ¿Creen quienes apoyan una opción de fuerza que Estados Unidos podrá estabilizar el país? ¿Imaginamos un acuerdo entre la oposición y figuras claves de un ejército adoctrinado durante más de dos décadas por Cuba? Preveo un caos desbordando las frágiles fronteras del país. Y en todo caso, la señora Machado pagaría un alto precio: si no llega la intervención que viene pidiendo hace años, pierde crédito político; y si llega y fracasa, terminaría en el exilio o convertida en rehén del nuevo poder.
A este punto invito a releer el título de esta columna; además, que Estados Unidos no invadió Panamá en 1989. Ya estaba allí. La atacó desde dentro. Cerca de 13.000 soldados estadounidenses estaban ya establecidos en el país, con bases, derechos y logística acumulados durante décadas. Cuando George Bush, padre, lanzó la Operación Causa Justa, casi la mitad de la fuerza que enfrentó a Noriega ya estaba desplegada en territorio del istmo. La inteligencia estadounidense conocía los centros de mando del dictador panameño, la disposición de cada unidad de las Fuerzas de Defensa de Panamá (FDP) y el paradero de sus oficiales clave. La operación consistió en ataques simultáneos contra algo más de veinte objetivos, paralizando el mando panameño en cuestión de horas. En cinco días, la resistencia había terminado.
Nada de esto existe hoy en Venezuela. No hay bases estadounidenses, no hay tropas norteamericanas ni infraestructura operativa. Y el territorio es otro mundo: Venezuela es doce veces más grande que Panamá, con sabanas, cordilleras, selva amazónica y centros urbanos. Un teatro de operaciones vasto, complejo y letal. Mientras las FDP eran un aparato personalista y centralizado del dictador panameño, las fuerzas venezolanas —aunque deterioradas— suman unos 125.000 efectivos y se apoyan en milicias civiles que harían imposible la neutralización rápida.
Por último, pero no menos importante, el tablero geopolítico no es que haya cambiado, es otro planeta. En 1989, con una Unión Soviética en derrumbe, Estados Unidos se sentían los reyes del mambo. Hoy, China tiene presencia en puertos, infraestructuras y finanzas en la región. La reacción de Rusia e Irán en un hipotético escenario bélico, alineados con Maduro, es una incógnita. Venezuela vive una emergencia humanitaria crónica, con millones de desplazados y una pobreza extendida. Una intervención prolongada no replicaría el éxito de Panamá. Sería más caos para la región.
Carlos Ruiz Hernández, diplomático panameño y hombre de confianza del presidente José Raúl Mulino, escribió en un reciente artículo de opinión: “Una ocupación estadounidense de Venezuela duraría años, con una probabilidad casi nula de que surgiera un país estable y democrático. Pretender lo contrario no es estrategia, es nostalgia”.
Lamento parecer aguafiestas porque también deseo estabilidad y bienestar para el sufrido pueblo venezolano. Pero es lo que hay.
