Nicolás Otero Álvarez

Nicolás Otero Álvarez es abogado especialista en derecho contencioso-administrativo de la Universidad Externado. Se desempeña como asesor y litigante independiente en derecho administrativo, inmobiliario y urbanístico. Lector y fotógrafo aficionado.

Nicolás Otero Álvarez

Para el bien común, con veneno, la tecnocracia

¿Qué caracteriza a un buen gobernante? Resolver este interrogante implica sumergirse
en profundos mares de tinta y adentrarse en las dificultades de la vida en sociedad. Antes
del surgimiento de la ciencia política moderna con Nicolás Maquiavelo (1469-1527), las
civilizaciones antiguas ya habían abordado la cuestión, directa e indirectamente, a través
de una gran variedad de géneros que examinan las experiencias de líderes reales y
literarios.

En la obra de Homero (siglo VIII a. e. c.), se narran epopeyas moralizantes sobre las dificultades que deben afrontar los héroes del pueblo griego para llegar a Ítaca. Es así como Odiseo, con ayuda de la astuta Atenea, venció a los oportunistas que en su ausencia quisieron hacerse cargo del reinado, incluso desposando a su amada Penélope. Igualmente, Hesíodo (c. 750-650 a. e. c.) —a través de sus poemas religiosos— advirtió que los efectos paralizantes de la mirada de Medusa podían esquivarse utilizando el escudo de Perseo como espejo, táctica que quizás aplicó Vladimir Putin con Yevgueni Prigozhin por el motín del Grupo Wagner. Esta tradición literaria no es exclusiva de Occidente, pues El arte de la guerra, de Sun Tzu (siglo VI a. e. c.), versa sobre famosas estrategias bélicas que han sido adoptadas por políticos como Mao Zedong (1893- 1976), quien logró expulsar a Chiang Kai-shek a Taiwán diez años después de que su ejército se viera diezmado.

Sun-Tzu
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Los anteriores ejemplos demuestran que un gobernante debe ser una persona decidida y estratégica. No obstante, estas características son insuficientes para poder expresar que un líder está preparado para gobernar en un mundo democrático y complejo como el nuestro; Putin podrá ser tan hábil tejiendo intrigas como Mao Zedong, pero ambos pasarán a la historia como despiadados autócratas capaces de asesinar a sus contrincantes en aplicación de la máxima «para llegar al poder, se vale todo».

Para ser un líder democrático aún hace falta la gracia de la empatía con el otro, ya sea el administrado o el oponente político. Luego de su arrasador triunfo frente al conservador y entonces presidente, Herbert Hoover, Franklin D. Roosevelt dirigió a los EE. UU. de la mano de un equipo que hoy consideraríamos impensable. Designó a un trabajador social como su asesor principal; a un abogado sin título, como magistrado de la Corte Suprema; a un emprendedor tejano que dejó el colegio en octavo, director de la agencia encargada de reversar los efectos de la Gran Depresión; a un pequeño banquero de Utah, como presidente de la Reserva Federal; y a un agrónomo, como secretario de Agricultura. El credencialismo tecnocrático de hoy nos dificulta comprender cómo estas personas pudieron encargarse de ejecutar el New Deal, que restituyó la credibilidad de la democracia cuando en Europa se empezaba a considerar que el fascismo, el nazismo y el comunismo eran alternativas viables.

Charles-Ferguson
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No es necesario especular acerca de cómo habríamos afrontado el crac del 29 si sucediera hoy, pues los equipos que conformaron las administraciones de George Bush y Barack Obama para solucionar la crisis financiera de 2007-2008 se integraron principalmente por egresados de la Ivy League e incluso algunos banqueros privados. Al respecto, les recomiendo ver Trabajo confidencial, una película dirigida por Charles Ferguson que recibió el Premio Óscar Mejor Documental en 2011.

La democracia requiere que todas las personas interesadas puedan formar parte de la toma de decisiones públicas y la definición del bien común. No obstante, la creciente confianza en el liderazgo de personas que acreditan ciertos tipos de conocimiento técnico (como las estadísticas, la econometría y la planificación) es una tendencia que suele justificarse en la racionalidad y objetividad que tendrían que garantizar sus estudios. Esta legitimación esconde el origen común de los tecnócratas en sociedades altamente desiguales, como la colombiana. El acceso a la educación superior continúa siendo un privilegio, pues antes del desarrollo de la primera infancia se definen los requisitos para presentarse a una universidad acreditada. La familia en la que se nace y crece, sobre todo sus recursos económicos, determinan el rumbo que tomará la vida de cualquier niño o niña.

Pero ojo, porque en la otra orilla se encuentran los populistas que, conociendo las necesidades de la mayor parte de la ciudadanía, instrumentalizan sus deseos para satisfacer su narcisismo. Hacen promesas electorales incumplibles y, en el ejercicio del cargo, sumen a sus votantes en la pobreza y ponen en riesgo la institucionalidad.

El bien común se encuentra en el medio. Un buen líder debe ser decidido y actuar con estrategia, pero siempre en el marco de la legalidad. Igualmente, debe reconocer que el conocimiento proviene tanto de la experiencia, que hace pragmática a la política, como de la ciencia, que racionaliza la acción en un mundo complejo. Un representante democrático no es un gerente, pues las ciudades no son sociedades mercantiles y los ciudadanos no somos accionistas, sino personas con necesidades e intereses. En el límite, el liderazgo implica tener una visión realista de país, ciudad, municipio o departamento, y sentirse corresponsable de su futuro.

Apénd. Las brujas advierten de la mala intención que se esconde tras la posibilidad de que un sector de la política logre aplazar las elecciones territoriales de octubre. Tal decisión sería una insurrección antidemocrática; el ejercicio del poder para deslegitimar la institucionalidad que se juró defender y mantener.

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Nicolás Otero Álvarez
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