Prisioneros de la geografía

21 Mayo 2022, 08:26 AM
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Creado Por
Juan Restrepo
“La naturaleza humana convierte el mundo en un lugar de conflictos y coacciones. Ahí tenemos a Putin para recordárnoslo mientras viva”.

Uno de los “logros” de Vladimir Putin con la invasión de Ucrania ha sido algo impensable hace apenas tres meses: que Suecia y Finlandia abandonasen su tradicional política de neutralidad y pidiesen la incorporación a la OTAN. Ya hablamos aquí hace algunas semanas, de lo que le costó a Finlandia la vecindad con Stalin al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. 

Y es que con los países pasa lo mismo que con las personas, no hay nada peor que un mal vecino; solo que los humanos tenemos la opción de mudarnos a otro barrio cuando el vecino se dedica a oír vallenato a todo taco; que por cierto, es lo que tengo que sufrir yo con los míos los fines de semana. Las naciones en cambio deben ponerle el pecho a la geografía y lidiar con lo que les tocó. Piensen ustedes si no en la pobre Colombia: a que les habría gustado en este momento mejor ser vecinos de Suiza. Claro.

También he contado aquí alguna vez hablando de Corea, lo que ha supuesto para los dos países que ocupan esa península —que en realidad son uno solo— estar encajonados entre Rusia, China y Japón. La cosa ha tenido que ser difícil. Detengámonos solo en un detalle aparentemente sin importancia: el vestido típico de las mujeres, el kimono japonés y el qipao chino, dos prendas que se ciñen al cuerpo de las señoras con tanta gracia y belleza. Qué diferentes del hanbok de las coreanas que se despliega a partir del busto como aquellas prendas que usaban antes las embarazadas. Ése precisamente es su origen; fruto de las constantes violaciones —al territorio y a las mujeres— por parte de sus vecinos, el hanbok nació para disimular el estado de buena esperanza en que dejaban los invasores a las coreanas.

Porfirio Díaz, que gobernó su país durante 35 años, dijo en cierta ocasión: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. Es todo un clásico cuando se trata de hablar de la venganza de la geografía. La naturaleza humana —ese panteón del miedo, el interés personal y el honor del que habla Tucídides— contribuye a la existencia de un mundo en que los conflictos y las coacciones son constantes. Ahí tenemos a Putin para recordárnoslo mientras viva.

Algo conozco a los suecos; un poco menos a los finlandeses pero también he toreado en esa plaza. Y puedo decir, apreciando mucho valores como la honestidad y el rigor —para citar solo dos de los que hacen gala—, que suelen ser bastante ingenuos, algunos rayando en lo naif. Sí, ya lo sé, las generalizaciones son odiosas y todo lo que ustedes quieran; pero qué le vamos a hacer, no me dirán que la disciplina, respeto y paciencia de los japoneses es equiparable al desprecio por la vida que tienen los colombianos. Pues eso.

Volviendo, pues, a suecos y finlandeses, lo que han tenido con la invasión de Ucrania es un baño de realidad. Y es que el legado de la geografía impone límites a lo asumible en todas partes, porque la realidad que gobierna las relaciones internacionales es más triste y limitada que aquella que dirige los asuntos nacionales. Una cosa es la política de los gobiernos y otra el estado de un mundo en el que no hay una fuerza suprema que castigue a los que se portan mal.

En el caso de mis vecinos amantes del vallenato, tampoco puedo esperar que la policía venga a obligarlos a bajar el volumen a su ramplonería semanal, ese cuerpo anda muy ocupado en estos días comprando aviones de lujo para detenerse en estas minucias. Ya ven cómo, guardadas las proporciones, Ucrania y yo estamos en problemas a causa de nuestra ubicación. Reconozco, eso sí, que lo mío tiene más fácil salida.

Dice Alfred Mahan, un historiador y estratega norteamericano, de los primeros occidentales que se ocuparon de estudiar el continente asiático, que “la geografía es el telón de fondo de la historia de la humanidad”; y que, “a pesar de las distorsiones cartográficas, puede revelar tanto las intenciones a largo plazo de un gobierno como sus más secretos deseos”. Rusia era lo suficientemente obvia en el mapa como para haber estado más atentos a Putin, en lugar de tanto agasajo e incienso como se le quemó en estos pasados veinte años. Recuerdo que hasta Madrid le dio las llaves de oro de la ciudad, y Berlusconi lo tuvo de bunga-bunga en las aguas de Cerdeña.

Sé que hacer estas reflexiones a toro pasado es lo más fácil, pero qué duda cabe que lo ocurrido en Ucrania está dejando un reguero de lecciones que haríamos bien en atender, como están haciendo ahora Suecia y Finlandia. ¿En qué falló Occidente? Y si es así, ¿por qué? ¿Hasta dónde irá Rusia? ¿Se siente China segura con sus actuales fronteras? ¿Cuánto tiempo respetará Pekín el actual estatus de Taiwán? ¿Qué ocurriría con otros países, India y Japón incluidos, ante una hipotética confrontación USA-China por cuenta de Taiwán?

Desde la caída del Muro de Berlín nos habíamos acostumbrado en Occidente a una relativa paz y prosperidad. A partir de ahora, ya veremos.

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