Técnico del pueblo

Legado no dejó Queiroz. Al contrario, un vestuario fracturado, con déficit en puntos, desconfianza y enojo de los aficionados con los jugadores referentes por las humillantes caídas, y críticas para los dirigentes por el capricho engorroso de contratarlo.

Dejó sensaciones frustrantes, por su escaso afecto al trabajo y su victimismo, buscando culpables y disculpas por todas partes. En definitiva, no se entendió con los futbolistas quienes dudaron de su ideología, tan distante de nuestras raíces.

Desde su llegada con arrullo a los medios, prometió influencia en todas las selecciones, con la necesidad inmediata de ampliar los objetivos, hasta la consecución de títulos, los que nunca estuvieron a su alcance. 

De legado hablan muchos, en menosprecio a la razón y al juicio crítico.

Hoy se perfila un entrenador colombiano como sustituto, ENTRENADOR DEL PUEBLO, lo que no obedece al convencimiento de los dirigentes sino al clamor de los hinchas, tan libres de expresar sus preferencias, y a la falta de dinero para pagar jugosos sueldos, porque los recursos se han invertido en prioridades diferentes al futbol.

Nunca a un entrenador lo nombró el pueblo. Y menos los medios, tan proclives estos a hipotecar sus conceptos por defender un gusto, sin analizar proyectos. Es labor de los dirigentes serios, elegir un entrenador por capacidad y conocimientos y no títere de sus caprichos e intereses.

El mundo de la selección es fascinante, por todos sus efectos. Terapia, tantas veces lo he dicho, para los tiempos difíciles. Pero desbordante en pasiones, con aprobados y descalificaciones a priori, con codazos y deslealtades, como se demuestra con frecuencia.

No es xenofobia. Lo aseguro. Pero del exterior llegan técnicos cargados de labias almibaradas, embaucadoras, con posturas falsas, que poco aportan. Bien ido Queiroz. No le deseo como dice la canción: “Que lo coja un carro que lo parta un rayo o que lo mate el tren”. No señores, no es para tanto y tan cruel y trágico no soy, solo que no vuelva.

 

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