La fatiga de ser perfecto

Mié, 28/01/2026 - 10:38
El valor humano lo gana es un derecho natural. No tienes que rendir para existir. No tienes que triunfar para ser digno.
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Cortesía Georgi Kalaydzhiev


Hay frases que parecen inofensivas… hasta que empiezan a doler. “Sé tú mejor versión”. En una taza de café suena inspiradora. En redes sociales parece motivación pura. Pero repetida cada día dentro de la mente de alguien ansioso se convierte en otra cosa: una orden.

Y cuando un ideal se transforma en mandato, el crecimiento deja de ser libertad y empieza a convertirse en carga. Porque lo que parecía una invitación a superarse terminó siendo una exigencia permanente: nunca parar, nunca fallar, nunca cansarse, nunca ser suficiente. Ahí comienza la fatiga del alma.

Hoy no estamos desesperados por falta de oportunidades. Estamos agotados por la obligación de ser extraordinarios. Ya no basta con vivir: ahora hay que optimizarse. El cuerpo, la relación, el trabajo, la actitud, la espiritualidad. Todo debe verse impecable, como si la existencia fuera una vitrina.

Pero, la vida no es todo el tiempo un show ni una exhibición. La vida también es silencio, torpeza, duelo, confusión, días donde apenas levantarse ya es una victoria. La vida es más real que la fantasía del brillo.

Sin embargo, el discurso moderno del desarrollo personal insiste en lo contrario. Promete libertad, pero instala culpa. Si no eres feliz, es tu mentalidad. Si no prosperas, no vibras alto. Si te duele algo, no trabajaste lo suficiente en ti.

Todo termina siendo responsabilidad individual, como si la tristeza fuera un error técnico y el cansancio una falla moral. Nos enseñaron a tratarnos como proyectos. Y un proyecto nunca descansa. Siempre se corrige. Siempre se mejora. Siempre está incompleto.

Así convertimos la existencia en una auditoría permanente. Las redes sociales han llevado esta presión al extremo. Abres el teléfono cinco minutos y aparecen cursos, talleres, retos, métodos milagrosos, promesas de desbloquear tu potencial oculto. Todos con el mismo mensaje disfrazado de entusiasmo: todavía no eres suficiente.

La industria del mejoramiento personal se volvió un supermercado del alma. Siempre te falta algo. Siempre necesitas otro método. Otro remedio. Otra promesa. La estrategia es simple: crear la herida para luego venderte el remedio. Primero te convencen de que eres disfuncional y después te ofrecen salvarte. Y el miedo, claro, siempre compra “seguridad”.

Pero, aquí vale una aclaración honesta. A muchos terapeutas, conscientes de su vocación, sí les importa tu bienestar y tu paz interior. Acompañan procesos reales, escuchan, sostienen, cuidan. Trabajan por sentido, no por negocio. Sin embargo, a otros —tristemente— les interesa tu inseguridad. Porque mientras dudes de ti, seguirás pagando. Te hablan de alma, pero te miden en ventas.

Eso no es humanizante. Es comercio emocional. Y cuando el bienestar se vuelve mercancía, la persona deja de ser persona y pasa a ser consumidor. El daño es silencioso. Después de tantas promesas, mucha gente no se siente más libre; se siente más defectuosa. Si no alcanzas la plenitud prometida, concluyes que el problema eres tú.

Ahí nace la culpa crónica. Ahí se pierde la esperanza. En consulta escucho la misma frase una y otra vez: “siento que no es suficiente”. Lo dicen personas responsables, valientes, trabajadores incansables. Gente que ha sobrevivido a pérdidas reales. Y aun así se miran como si estuvieran en deuda con la vida.

Porque están intentando merecer su valor. Y el valor humano no se gana: es un derecho natural. No tienes que rendir para existir. No tienes que triunfar para ser digno. No tienes que mejorarte para merecer amor.

La obsesión por “ser mejor” casi siempre esconde una herida antigua: no sentirte suficiente tal como eres. Entonces la mejora deja de ser evolución y se convierte en supervivencia. Ya no creces por sentido, creces por miedo. No te esfuerzas para florecer, sino para que no te abandonen.

Eso no es disciplina. Es miedo disfrazado de superación. Desde la logoterapia la mirada es más simple y humana: el problema no es que no seas tu mejor versión; el problema es que olvidaste el sentido de tu vida. Cuando hay sentido, no compites ni te comparas. Construyes. Caminas. Haces lo que te corresponde y descansas.

El sentido no se compra. Se descubre viviendo. Tal vez la pregunta correcta no sea “¿cómo puedo ser mejor?”, sino “¿cómo puedo ser más auténtico?”. Porque mejorar sin aceptarte es violencia. Aceptarte, en cambio, abre un cambio más compasivo.

No viniste a esta vida a convertirte en una versión premium. Viniste a ser humano. Con luces y sombras, con días torpes y días luminosos. Quizá el acto más revolucionario hoy no sea superarte. Sea detenerte. Respirar. Dejar de evaluarte como si fueras un producto.

Mirarte al espejo y decir: No soy una versión. No soy un producto.

Soy una persona. Y eso basta. Cuando dejas de exigirte como máquina, creces de verdad. No por presión. No por culpa. No por marketing. Sino por sentido.

Y el sentido —por fortuna— pesa mucho menos que el miedo.

 

Creado Por
Armando Martí
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