Por: Armando Marti
Hay frases que parecen luminosas hasta que las observamos con detenimiento. “Conviértete en tu mejor versión” es una de ellas. Suena estimulante, moderna y difícil de cuestionar. ¿Quién podría oponerse al crecimiento personal? Sin embargo, detrás de esta premisa aparentemente bondadosa se esconde una exigencia silenciosa: la persona que eres todavía no es suficiente.
Mejorar puede ser saludable cuando nace del autoconocimiento. El problema comienza cuando otros determinan qué significa ser mejor. Entonces dejamos de crecer desde nuestra verdad para adaptarnos a un modelo fabricado por la cultura, la publicidad y el mercado del bienestar.
Debemos ser más productivos, competitivos, jóvenes, atractivos, exitosos y emocionalmente invulnerables. Como semejante criatura no existe, siempre habrá algo que corregir, comprar o demostrar.
La ilusión de elegir libremente
El sistema necesita hacernos creer que todo lo hacemos por voluntad propia y que aceptamos cada propuesta desde un “sí consciente”. Sin embargo, vivimos hipnotizados y abrumados por cientos de productos, ofertas, cursos, dietas, métodos y promesas de transformación.
La productividad se presenta como realización; el éxito, como felicidad; la competitividad, como fortaleza, y el agotamiento, como prueba de compromiso.
La presión es tan intensa que nuestra mente confundida dice sí cuando quiere decir no, y no cuando desea decir sí. Aceptamos trabajos que nos enferman, relaciones que no queremos, estilos de vida que no disfrutamos y metas que nunca elegimos realmente. Después llamamos libertad a esa obediencia.
No todo consentimiento es consciente. Muchas decisiones nacen del miedo al rechazo, la necesidad de aprobación o la angustia de quedarnos atrás. Elegir entre opciones diseñadas por otros no siempre significa ser libres. A veces solo significa que nos permitieron escoger el disfraz.
El reino de los “expertólogos”
Casi todos se convirtieron en expertos, consejeros, mentores, guías o iluminados. Algunos ofrecen respuestas para preguntas que jamás se han formulado en su propia vida. Otros enseñan a sanar heridas que todavía no se atreven a mirar.
La apariencia de sabiduría puede ser una manera de evadir el autoconocimiento. Es más fácil aconsejar a los demás que permanecer en silencio frente a nuestras contradicciones; más cómodo construir una identidad de maestro que reconocer la fragilidad del aprendiz.
Tememos ser descubiertos en nuestras imperfecciones y recibir alguno de los estigmas que la sociedad reserva para quienes dejan de responder a sus expectativas: insuficiente, viejo, improductivo, no funcional o una carga para la familia.
Entonces aprendemos a representar un personaje. Mostramos una vida editada, un cuerpo corregido, una felicidad ensayada y una espiritualidad sin fisuras. Dejamos de vivir para administrar una imagen.
La guerra civil interior
A veces, por aparentar ser perfectos y conseguir que nos califiquen como exitosos, perdemos la brújula de nuestra autenticidad. Nos convertimos en un personaje que, con una suave sonrisa, aparenta vivir en paz mientras soporta por dentro una verdadera guerra civil.
Pero el cerebro humano sabe cuándo algo no es verdad. El cuerpo también reconoce la distancia entre lo que sentimos y lo que mostramos. Tarde o temprano, ese intento egocéntrico de perfección nos reclama mediante el malestar, la ansiedad, el dolor, el agotamiento o el vacío existencial.
Podemos sostener la representación durante algún tiempo, pero no indefinidamente. Finalmente, algo en nosotros estalla y exige que reconozcamos la naturaleza exacta de nuestros defectos de carácter.
Este reconocimiento no busca castigarnos. Consiste en mirar con honestidad nuestras falencias, sin juzgarnos, para dejar de utilizar la perfección como escondite. El cambio verdadero comienza cuando ya no necesitamos mentirnos.
Cuando nada parece suficiente
Primero nos convencen de que nada es suficiente. Después nos venden el camino hacia una meta que cambia cada vez que estamos cerca de alcanzarla.
Si adelgazo, debo tonificarme. Si prospero, necesito ganar más. Si descanso, estoy desperdiciando el tiempo. Si envejezco, debo ocultarlo. Si mi relación atraviesa una crisis, debo “elegirme” y comenzar de nuevo, como si reconstruirme significara necesariamente derruir años de capital emocional, vínculos, recuerdos y esfuerzos invertidos en formar una familia.
Existen relaciones destructivas de las que es necesario salir. Pero también hay crisis que pueden comprenderse, acompañarse y transformarse. No toda dificultad exige abandonar; algunas reclaman responsabilidad, paciencia y diálogo.
Cuando no entendemos nuestros patrones, comenzamos de nuevo llevando el mismo equipaje. Cambiamos el escenario y los personajes, pero repetimos la historia.
El amor que no necesitamos ganar
Antes de perseguir nuestra mejor versión, conviene preguntarnos: ¿mejor para quién?, ¿para qué?, ¿según cuáles valores? ¿Quiero vivir con mayor libertad o despertar admiración? ¿Esta transformación nace del amor o del miedo a parecer insuficiente?
Dios no espera nuestra perfección para amarnos. Nos entrega su amor sin condiciones porque somos su creación. El verdadero amor no se gana: se ofrece y se recibe sin otra intención que servir, acompañar y apoyar al otro.
Creer que debemos ganarnos ese amor por la ilusión de obtener un premio o por temor al castigo no es amor. Es obediencia condicionada por el miedo.
El autoconocimiento no nos convierte en seres impecables. Nos ayuda a reconocer nuestras falencias, reparar el daño, pedir ayuda y dejar de representar personajes para merecer aceptación.
Tal vez nuestra mejor versión nunca haya existido. Quizás fue solamente un espejismo que nos mantuvo corriendo detrás de alguien que no somos.
La libertad interior comienza cuando dejamos de perseguir esa imagen y nos presentamos ante la vida sin disfraces. Allí comprendemos que no necesitamos ser perfectos para ser dignos ni demostrar nuestro valor para recibir amor.
Al final, nuestra mejor versión no es otra persona: somos nosotros mismos cuando dejamos de huir, nos reconciliamos con nuestras imperfecciones y descubrimos nuestra verdadera esencia.
