Adiós a Mónica Agudelo

Mar, 31/01/2012 - 11:57
BOGOTÁ, ENERO 30 de 2012
Palabras por Monín
Si eso fuera p

BOGOTÁ, ENERO 30 de 2012

Palabras por Monín

Si eso fuera posible, créanme, cambiaría de lugar con ella, estaría dispuesto a dar mi vida entera por no estar parado aquí, por no tener que decir hoy estas palabras. Daría lo que fuera por no haber tenido que pronunciarlas jamás.

Pero también es verdad que daría mi vida por decirlas, porque las digo solamente por una razón, porque he tenido la inmensa suerte y el infinito privilegio de ser el hermano de Mónica Agudelo y es ese regalo de la vida el que me ha traído hasta aquí.

Todos los presentes saben de sobra que cualquier cosa que yo pueda decir de ella no es una exageración de parte mía.

Mónica se ganó desde muy pequeña todos los dones y cada una de las virtudes humanas que una persona puede y debe alcanzar a su paso por esta vida. Eso la hacía alguien realmente especial, un ser de calidad extraordinaria.

Sé muy bien que cada una de las personas que conoció, sin excepción, recibieron gracias a ese contacto amoroso con ella ese algo que solo ella era capaz de transmitir y que daba sin aparente dificultad y, sobre todo, con extrema generosidad y era el que transformaba a cada persona que estaba frente a ella en la mejor versión de sí misma. Por eso todos nos sentíamos tan a gusto con ella, de ahí su magnetismo, ese encanto personal al que nadie se podía resistir. Pues a pesar del peso de su inteligencia, todo en ella brotaba del corazón. Y vaya corazón que tenía. Mónica tuvo la gracia de mejorar la vida de los demás y de hacernos mejores. Su sola presencia bastaba para hacer mejor el mundo que le toco vivir. Y eso, esa negativa decidida a colaborar de cualquier forma con el mal, era parte fundamental de la alta y exigente ética personal que se impuso para llevar su vida de principio a fin.

Su aguda inteligencia, su negro sentido del humor, el espectáculo de su talento y su impresionante capacidad de ser humana ante cualquiera y en cualquier situación, las puso siempre al servicio de su invencible vocación amorosa. Era como una reina Midas, pero una que cuanto tocaba lo convertía en sonrisa, en amor.

Sin sorpresas para nadie, su vida toda resultó siendo un logro grande en todos los aspectos porque fue una mujer que vivió siempre como quiso, porque disfrutó intensamente de la vida, porque jamás hizo el mal, porque amó con un sentido innato de la libertad y porque siempre tuvo el convencimiento absoluto de que el regalo de la vida es para aprovecharlo, que pasar por aquí sólo se justifica si es para ser feliz y para hacer feliz. Pese a que tenía desde niña una honda conciencia de su fragilidad como humana y de su propia caducidad.

Monín fue amada por todo aquél que se la encontró. Por ser la mejor siempre fue la preferida de todos. En la familia así ocurrió, ella es la hija, la hermana, la tía, la prima, la sobrina preferida por todos, es nuestro más grande amor y nuestro más sereno orgullo.

Mónica supo construir una vida plena, una vida sin nada que lamentar, una que sólo seguía las altas pautas de su propia personalidad. Mónica era un corazón despierto, una luz que amaba.

Y nació convencida de manera irrefutable en la superioridad de las mujeres, de ahí que su manera de defenderlas del mundo y de estar siempre de su lado fuera apenas una consecuencia natural de esa primera e íntima certeza.

Pero Monín no sólo fue un ser humano estupendo en todos los órdenes sino una mujer que nació y vivió para escribir. Escribió como lo hizo porque leyó todo lo que estuvo a su alcance. Contó muchas historias porque empezó a inventárselas desde el instante mismo en que aprendió a hablar.

Y porque creía ciegamente en la escritura. Entendió y padeció desde muy pronto el que la escritura fuera la constante y necesaria compañera para cruzar su vida, para soportarla.

Mónica escribía como una forma de vivir, nunca la rebajó, jamás persiguió con ella nada distinto a los placeres y las torturas que procura el escribir. Y cómo escribió. Escribió durante años y años. Tuvo presente la escritura las veinticuatro horas del día. Nunca fue una escritora de escritorio, una profesional por horas…. Y escribió, literalmente, centenares de miles páginas. Y muchísimas de ellas maravillosas.

Su impulso y su secreto para ser la escritora que fue estaban enraizados en su convencimiento de que la escritura sirve para comprender al hombre, para comprenderse a sí misma y para comunicar con el otro. Amaba las palabras, el poder que tienen de construir mundos, y a la vez estaba profundamente interesada en entender todo lo humano.

Y también amó la imagen. El signo de estos tiempos. Fue una ardiente lectora, pero también una devoradora de películas y una televidente tenaz.

Escribió decenas de historias para la televisión. Le encantaba la televisión, el potencial que tiene de llegarle a millones a pesar de ser un medio industrial. Fue feliz escribiendo para televisión. Y tuvo millones de televidentes en muchos países donde sus historias triunfaron a lo largo de muchos años.

Por su calidad sin discusión, se ganó todos los premios, batió todos los ratings, recibió todos elogios, fue ensalzada por todos los críticos, fue admirada por todos sus colegas. Y todo ese reconocimiento lo recibió con alegría pero sin envanecerse, sin tomárselo demasiado en serio.

Ella no escribía por fama u otras quimeras, escribía porque lo necesitaba para vivir, para respirar, para esperar el próximo mañana. Incluso, hablamos de la escritura y de la historia que estábamos haciendo hasta el último momento, hasta el último aliento. Se preocupaba mucho por sus historias porque nunca fue una satisfecha, porque siempre quiso hacerlo mejor. Y era tanto así, que muchas veces cuando yo u otros le elogiábamos sus páginas impecables, la veía dudar sinceramente

Como lo dije, todo en ella provenía del corazón, a pesar de su racionalismo total oía los consejos del corazón.

Todos saben que en sus historias se destacan sus magníficos diálogos y sus personajes distintos y profundos. Los pudo escribir porque ella oía con interés real al otro, fuera quien fuera, y porque ella misma era una conversadora impresionante, una que podía pasar días y días conversando sin parar de todos los temas. Todo el que tuvo esa suerte recordará que era un verdadero lujo hablar con ella, un hechizo del que nadie escapaba indemne.

Y a pesar de todo prefería a la soledad. Le fascinaba estar sola. Se habitaba bien a sí misma. No soportaba los lazos. Por eso fue tan feliz en sus años de Santa Marta, en su casa, en su terraza. Allí su corazón se volvió samario. Amó su gente, sus músicas, su mar, su cielo, su Sierra y, sobre todo, su comida. Pasaba meses enteros encerrada, sola con sus libros, con sus discos, con sus películas, cómoda con ella misma, fumando frente al paisaje y luchando a muerte con sus libretos. Sus encierros eran el precio que a ella le cobraba la exigente diosa de la escritura. Pero aun así no se aislaba de la gente, porque ella vivía para y por el amor de los demás. Así que llamaba por teléfono y adoraba hacerlo. Muchos pasamos horas así con ella. Incluso cocinaba y comía sin dejar que uno colgara. Y si uno hacía las cuentas le salía más barato comprar un pasaje de avión e irse a visitarla. Ese aparato le gustaba, le permitía mantener vivo ese don que irradiaba de hacer especial a todos y de mantener el contacto. A pesar de que éramos un número muy grande los que la amábamos y los que la buscábamos. Literalmente no la cabía un amor más a su corazón.

Su bondad y su dulzura eran impresionantes, su manera de no juzgar, de aceptar ciento por ciento y para siempre a los que amaba. Su generosidad no tenía límites. Supo siempre que rico sólo es el que da. Lo daba todo y se devolvía a dar un poco más.

Su personalidad y sus talentos se desarrollaron en un ambiente favorable, sí, era una consentida de la suerte, sólo que ella eso lo supo aprovechar. Era una mujer de familia. Amaba a su familia. Todos los que estamos aquí lo sabemos. Nos amó a todos, nos mejoró a todos. Amó con toda su alma a nuestros padres. Fue infinitamente mejor que la mejor hermana que es posible tener para Pilar y para mí. Tuvo con Pili y conmigo una relación de amor indescriptible. Adoró a su sobrina, amó a Gala cuanto pudo y le dejó ese amor como un ejemplo altísimo. Para ella se inventó la palabra sobrihija. Pero la vida le dio al final el mejor regalo que su corazón podía tener, los últimos nueve años de su vida tuvo junto a ella a Sofía, su sobrina nieta, la última y más brillante joya de su inmenso corazón.

Amó a todos sus amores. Amó a los hombres que pasaron por su vida. Amó a sus amigas. Amó a sus amigos. A sus grandes amigas y a sus grandes amigos. Amó a todas las personas que trabajaron para ella. Amó la vida que tuvo. Amó su oficio. Amó a todos sus colegas, a los otros libretistas, a los directores, a las actrices y a los actores, amó a sus maestros, amó a Bernardo, amó a sus productores y a la gente que trabaja en el medio. Siempre leal, sólo se sintió en su casa, entre su gente, en RCN.

Monín es toda una lección de amor. Una confianza absoluta en el amor…El amor es la única antorcha que nos sirve para cruzar la oscuridad. El amor es más fuerte que la muerte. Los muertos jamás se van del todo de nuestro lado sino que se mudan a vivir adentro nuestro y cuando los necesitamos podemos a bajar a nuestro corazón a hablar con ellos. La falta de Monín será terrible, pero no admite nuestra queja. Haber podido estar con ella, haber podido tenerla exige de nosotros un agradecimiento total.

A veces deseo que el cielo exista. Y si es así que tenga televisión. Pues ya habrán hablado con ella. Tengo una historia que contarles, les habrá dicho. Y, entonces, aunque no nos llegue esa noticia, podemos tener la seguridad de que desde ayer ha mejorado la calidad de la programación de entretenimiento de los cielos.

Para finalizar estas palabras, leeré un breve y bello poema, al que le he hecho una adaptación circunstancial y aunque recoja un inevitable ánimo sombrío, puesto que Wystan Hugh Auden, el gran poeta inglés, lo escribió en una ocasión luctuosa, diferente a la mía, a raíz de la pérdida de su amado, pero que en su esencia me sirve para expresar el dolor que también siento.

DETENGAN LOS RELOJES

Detengan los relojes y desconecten el teléfono,

Denle un hueso jugoso al perro para que no ladre,

Hagan callar los pianos, toquen los tambores con sordina,

Saquen el ataúd y llamen a las plañideras.

Que los aviones den vueltas en señal de luto

Y escriban en el cielo “Ella ha muerto”,

Pónganles crespones en el cuello a las palomas callejeras

Y que agentes de tráfico lleven guantes negros de algodón.

Ella era mi norte y mi sur, mi este y oeste,

Mi semana de trabajo y descanso dominical,

Mi día y mi noche, mi charla y música.

Pensé que el amor era eterno: estaba equivocado.

Ya no hacen falta las estrellas, quítenlas todas,

Guarden la luna y desmonten el sol,

Tiren el mar por un desagüe y talen los bosques,

Porque ahora ya nada puede tener utilidad.

He aprendido a no decir adiós sino hasta pronto. Así que hasta pronto dulcísima Monín, adorada hermana nuestra.

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