Así están las fincas de Tirofijo y Jojoy

Mar, 14/02/2012 - 00:30
Por más que busquen borrar su historia, es imposible olvidar que en El Borugo, finca de La Macarena (Meta), existió guerrilla. Y que Jorge Briceño o el ‘Mono Jojoy

Por más que busquen borrar su historia, es imposible olvidar que en El Borugo, finca de La Macarena (Meta), existió guerrilla. Y que Jorge Briceño o el ‘Mono Jojoy’, uno de los principales líderes de las Farc, construyó allí, en su emporio, una las primeras cárceles de alambre para ‘enjaular’ secuestrados. Allí estuvo el subintendente John Frank Pinchao, quien hizo parte de los policías plagiados durante la toma subversiva en Mitú, en noviembre de 2008.

El extenso terreno era uno de los bienes más preciados del líder guerrillero, según expresan los pobladores de La Macarena que residen a escasos cinco minutos del sitio. Jamás imaginaron, dicen algunos campesinos, que bajo gran cantidad de árboles y casi a orillas de la carretera que entra al pueblo, hubieran permanecido decenas de policías que las Militares buscaban en el sur del país.

El kiosco de la finca El Borugo lo conserva el ejército y lo utilizaba Jojoy para recibir las quejas de la comunidad.

La propiedad de Jojoy controlada por el Bloque Oriental tiene hoy otro dueño: La Fuerza de Tarea Omega del Ejército, que busca desterrar a las Farc de esta zona del Meta y cuyos militares se tomaron antes de la muerte del comandante guerrillero. “Llegaba Jojoy con sus camionetas, atendía las quejas de la gente, dormía y se marchaba”, dice Naciancena Jiménez, residente de La Macarena (Meta), quien a sus 70 años lo cuenta sin temor.

La fuerza pública no quiere recordar lo sucedido en El Borugo. No permiten el ingreso a particulares y tratan de borrar todo cuanto les huela a guerrilla. Solo se conservan árboles antiguos, celestinos a la compra de hoja coca que Jojoy negociaba con los campesinos de Caquetá y Meta, además de los arreglos económicos por secuestrados cuyas vidas costaron dinero.

También permanece intacto el caño de agua verde que cruza la finca, donde los secuestrados –después de salir de las cárceles– tomaban el baño durante escasos minutos.

En el Caño de Agua Verde, que hoy cuida La Fuerza de Tarea Omega del Ejército, Jojoy dejaba salir a bañar a los secuestrados.

Los encierros de alambre de púas los carcomió el tiempo y las manos de militares que entraron destruyendo el entonces reino de Jojoy y construyendo uno propio. Una estatua con el rostro del cabecilla que durante la zona del despeje en San Vicente del Caguán sembraron en el Borugo fue desplomada por los uniformados.

En la finca El Borugo Jojoy hizo tender el alambrado donde tuvieron por meses detenidos a los secuestrados.

La Macarena está controlada por la Fuerza de Tarea Omega. Y se siente seguridad si se llega en avión desde Villavicencio. Cosa contraria sucede si se sale de la zona por el Caquetá en carretera, un trayecto en el que una camioneta de servicio público tarda hasta ocho horas en llegar a San Vicente del Caguán.

El camino es angosto, destapado, en medio de selva y casi que obligatoriamente se tropieza con guerrilla. No siempre de camuflado, sí escondida entre las casas construidas en tabla ubicadas a orilla de la vía. Viven pendientes de quien se atraviese en su camino.

El recorrido es tenebroso para un desconocido. No se divisa Ejército y se corre el riesgo de que subversivos del Bloque Oriental, que aún delinque en la región, detengan el carro de servicio público e interroguen a los pasajeros. “Si la suerte le acompaña, no pasa nada. Y sino pues se lo llevan –la guerrilla– mientras investigan qué hacía en la zona”, cuenta Marcos Javier Quiroga, conductor de un carro de servicio público.

Uno de los primeros pueblos en aparecer es Morrocoy (Meta), escampadero de Manuel Marulanda Vélez, ‘Tirofijo’, durante los tres años de la Zona de Distensión. Allí se resiste a desaparecer su hato ganadero, una finca con un enorme corral donde fácilmente caben hasta mil cabezas de ganado, todas en su momento de propiedad de ‘Don Manuel’, como lo llamaban.

Morrocoy, la finca de Marulanda se utilizaba para engordar el ganado que la guerrilla consumía.

El corral está intacto, aunque las tejas las devastó el viento y la madera se la traga el comején. De las vacas que había nadie da razón. Quienes viven a su alrededor se resisten a suministrar sus identidades. “No queremos saber nada de eso…No interesa”, dice una dama de unos 45 años mientras observa el corral.

–¿De quién es la finca hoy? –se le pregunta.

Ella mueve su cabeza en señal de negación y continúa con sus labores. “Es mejor continuar”, recomienda Marcos Javier Quiroga, conductor del coche de servicio público. Las reses de campesinos de la zona son intrusas y aprovechan para pastar en un bien que está abandonado.

Media hora delante de Morrocoy está La Y (Caquetá), un caserío de 60 casas sobre la carretera donde sus pobladores se identifican con las Farc. Y no porque les apasione. Les toca. Deben tragarse los sapos y estar de su lado porque los rigen las leyes creadas por la guerrilla.

La población de La Y estuvo controlada por el Bloque Oriental. En casa como estas vivían informantes.

Allí pernotan civiles armados al servicio de la guerrilla que desaparecen cuando los ‘chulos’, como llaman al Ejército, aparecen sorpresivamente. “Nadie ha visto nada”, es la frase de moda en la región. Todos la repiten cuando cualquiera de los dos bandos (guerrilla y ejército) pregunta por el otro.

Cuando un subversivo termina muerto por las tropas militares, los habitantes del caserío guardan luto y adornan las puertas de sus casas con cintas moradas. Al menos sucedió con ‘Yeimi’, jefe de finanzas del Bloque Oriental dada de baja en septiembre de 2011 por la fuerza pública. Le hicieron homenaje y la acompañaron hasta su sepultura. “Lastima, era una buena hembra”, se escuchó decir en un improvisado restaurante de La Y, mientras hablaban de la ‘finada’ el día del sepelio.

A cinco minutos del caserío están los talleres de mecánica de las Farc. Estructuras en cemento convertidas en ruinas expuestas al aire libre, ubicadas al lado de la carretera destapada y encerradas por alambre de púa. ¿Quiénes son sus dueños? “Jum...De nadie”, responde Maricela (nombre cambiado por petición de la mujer), pobladora del caserío que prefiere no hablar más por temor.

Ruinas de uno de los talleres que utilizaba la guerrilla para la reparación de sus vehículos y organización del armamento.

Hasta los talleres no ingresan personas particulares por seguridad. Los perros y gallinas cacaraquean sobre los bloques que soportaron durante el despeje decenas de camionetas y bulldózer al servicio de la guerrilla.

De Casa Roja, hacienda de Jorge Briceño instalada sobre La Y donde el cabecilla pasaba la mayor parte de su tiempo durante la zona del despeje, no queda sino el recuerdo. Fue bombardeada por el Ejército tras el rompimiento de los diálogos de paz entre el ex presidente Andrés Pastrana y las Farc.

Solo quedan algunos túneles y huecos bajo la tierra que abrió el Ejército en busca de armamento o caletas de guerrilleros. La estructura en cemento, adornada con tejas rojas y construida con un diseño único, convirtió a la finca en una excentricidad más de Jojoy, que hoy solo está en el recuerdo de quienes la observaron.

A cinco kilómetros, sobre la misma carretera destapada que de La Y conduce hacia San Vicente del Caguán, están algunas fincas de Marulanda y otra más de Jorge Briceño. La última construida en dos pisos con ladrillo fino, tableta, ventanales y balcón, una estructura extraña hace diez años en una zona tan alejada como el Caquetá.

 “No entramos. Nos da miedo, uno no sabe, de pronto las casas están minadas”, dice Mario Jimeno, un niño de ocho años que recita textualmente lo que su madre le insiste diariamente.

Los tanques de combustible para los carros y las lanchas eran protegidos en construcciones como estas.

En realidad, desde que se sale de La Macarena (Meta), hasta San Vicente del Caguán, se recorren fincas, en su mayoría en pie, que se convirtieron en trofeos para las Farc, pero que hoy solo son un viejo recuerdo imposible de olvidar.

La fuerza pública prefiere no ahondar en el tema. No quiere que las fincas de las Farc se conviertan en un mito que todo el país pretenda conocer. El general Fabricio Cabrera, comandante de la Décima Segunda Brigada del Ejército, quien tiene a su cargo el casi desaparecido emporio de las Farc, es prudente en sus comentarios.

Mientras la madre superiora Reina Amparo Restrepo, ganadora del Premio Nacional de Paz porque logró que los niños del Caquetá leyeran cuentos infantiles, mientras la guerrilla y los militares se disputaban su territorio, cree que la zona de distensión no debió existir jamás “porque la estigmatización de que todos los caqueteños pertenecemos a la guerrilla no se ha podido quitar”.

Lea también la historia Los cementerios de las Farc.

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