Con Santos a 17.000 pies de altura

Publicado por: admin el Mar, 26/10/2010 - 23:59
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Son las dos de la tarde y como dato curioso hace sol en Bogotá. El Presidente no ha llegado a CATAM, el aeropuerto de la Fuerza Aérea, para tomar el avión que lo llevará a la Base militar de Laran
Son las dos de la tarde y como dato curioso hace sol en Bogotá. El Presidente no ha llegado a CATAM, el aeropuerto de la Fuerza Aérea, para tomar el avión que lo llevará a la Base militar de Larandia, en Caquetá, pero los periodistas que lo acompañarán en el viaje llevan varios minutos de espera luego de haber pasado tres puntos de control. Mientras tanto Lucas, un perro labrador negro, huele todo el equipaje, incluso los equipos de televisión, en busca de explosivos para poder comenzar el embarque. Un cuarto de hora después un suboficial de la Fuerza Aérea da la orden para abordar, señal de que Santos está camino al aeropuerto. Al final de todo, y contrario a los pronósticos en la sala de espera, el vuelo sí saldrá a la hora pactada, 2:30 de la tarde. Todo esto gracias a la tregua de varios días que ha dado la lluvia en la capital del país. Este viernes Juan Manuel Santos no viajará en el FAC 0001, ese moderno Boeing 737-700 que desde 2005 hace las veces de avión presidencial en reemplazo del vetusto Fokker F28,casa en el aire durante 34 años de nueve presidentes de Colombia y de Juan Pablo II cuando visitó el país en 1986. Esta vez, el presidente y su comitiva viajarán en Hércules C-130, y el cambio de nave se debe, además del tamaño de la comitiva que lo acompaña, a las dimensiones de la pista más cercana al centro de operaciones de la Fuerza de tarea conjunta Omega en el Caquetá, donde se reunirá con la cúpula militar para ultimar los detalles de la operación que terminará con la vida del Mono Jojoy, solo que en ese momento nadie lo sabe aun; y mucho menos que se llamará Sodoma. En este viernes soleado todos creen que Santos viaja a pasar revista a los hombres apostados en Larandia, y a subirle la moral a los soldados que tantos golpes de la guerrilla han sufrido en las últimas semanas. El Hércules en el que viajará dista mucho de la comodidad de las salas VIP del avión presidencial, de sus comidas gourmet y de sus sillones con pantallas de televisión, pero es una especie de fortaleza con alas de treinta metros de largo, cuarenta de envergadura y una capacidad de carga de veinte toneladas que le permite llevar casi cien soldados y hasta tres vehículos Hummer. El interior es como un modelo armable que permite jugar con el espacio, quitando y poniendo asientos según la necesidad. Para el viaje de hoy tiene cuatro hileras de sillas enfrentadas entre sí de manera vertical. Los cojines son verdes, poco cómodos, y el espaldar es una gran malla robusta y roja con letreros indicando a quién pertenece el puesto. Los periodistas suben por la puerta trasera y mientras hallan su lugar, su equipaje es acomodado en la cola del avión y cubierto por una malla igual a los espaldares de las sillas, pero de color amarillo. Mientras los pasajeros de ocasión hallan la forma de que sus rodillas no se choquen con el que está sentado al frente, llega la cúpula militar, encabezada por el Almirante Edgar Cely, comandante de las Fuerzas Militares. Detrás de él, el Jefe del Estado Mayor Conjunto, general Gustavo Matamoros Camacho e inmediatamente después Óscar Naranjo, el hombre fuerte de la Policía Nacional. Los tres lanzan desde la distancia un breve saludo a los pasajeros, dejando en claro que son hombres de uniforme, de batalla, no diplomáticos. Casi sin dejarse notar, minutos después sube un enjambre de escoltas, doce exactamente, que conforman el anillo de seguridad del Juan Manuel Santos. Revisan el lugar con discreta minuciosidad y dan luz verde para que el Presidente aborde la nave. Antes que él, Rodrigo Rivera, ministro de defensa, saluda enérgicamente a los periodistas y llama a algunos por su nombre, dejando entrever cierta familiaridad que no alcanza a ser intimidad. Nadie pregunta, pero todos esperan al Presidente. Enfundado en una camisa Polo azul y un chaleco verde del mismo color de los cojines de los asientos, sube por la puerta delantera y todos se ponen de pie. Fiel a su costumbre, intenta saludar de mano a todos los pasajeros del avión –unos cincuenta entre periodistas, funcionarios de presidencia y militares-, pero la estrechez de los corredores se lo impide. Sin perder la compostura, se excusa y retrocede para ocupar su lugar en la parte delantera del Hércules, junto a los pilotos. El protocolo de despegue de un Hércules de la Fuerza Aérea Colombiana dista mucho de ser el mismo de un jet comercial. Antes de subir no exigen quitar los cinturones para pasar por el detector de metales, ni prohíben objetos cortopunzantes ni tarros con líquidos superiores a los 100 c.c. No hay video con normas de seguridad, nadie pide apagar los celulares o cualquier tipo de aparato electrónico y el uso del cinturón de seguridad es opcional. Las puertas se cierran y poco a poco las cuatro hélices empiezan a cobrar vida, convirtiendo el tímido ronroneo inicial en ruido ensordecedor que se hace soportable gracias a la presencia de dos jóvenes azafatas de impecable vestido azul que reparten protectores de oídos al comienzo del viaje de 55 minutos hasta Larandia y comida a la mitad del mismo, que consiste en sánduche de jamón y queso, platanitos en paquete, frutas picadas y una cajita de jugo. El Hércules es pesado, pero vuela. Podrá ser poco cómodo y emitir ruidos con eco, como de dinosaurio, cada vez que cambia de dirección o incrementa su potencia, pero mientras vuele en él Santos y la cúpula militar, será sin duda el lugar más seguro de Colombia. El ruido obliga a gritar si se quiere hablar con la persona más cercana, y desde adentro no se puede ver el paisaje porque las ventanas son altas; tampoco se puede ver el cielo porque son pequeñas, así que la única opción es cerrar los ojos -así el ruido no deje dormir- para no pasar una hora mirando la cara de quien va al frente. Cely, Matamoros y Naranjo, en cambio, expertos en las lides de volar en aviones incómodos, se divierten jugando como niños con un Ipad nuevo, ese curioso y aun exótico juguete recientemente creado por la gente de Apple. Mientras que atrás cada uno se las arregla para matar el tiempo, el presidente y Rodrigo Rivera dan el último repaso a la agenda de dos días que los llevará de Larandia a San Vicente del Caguán, donde Juan Manuel Santos llevará a cabo una nueva edición de los Acuerdos para la prosperidad. El vuelo se hace corto y transcurre sin contratiempos. El avión aterriza con una delicadeza impropia de sus 35 toneladas de peso (vacío), y como si se tratara de magia, lo que hace una hora era la sabana de Bogotá se ha convertido ahora en un espeso bosque tropical en Caquetá. Los periodistas se bajan por la misma puerta que subieron, la trasera, mientras que por la delantera, dos hileras de personalidades locales entre los que se encuentran quince militares, dos civiles y una mujer vestida de blanco lino hacen la calle de honor. El último en bajar es Santos, quien no ha perdido la compostura ni la sonrisa pese a los 36ºC del lugar. Apenas sortea los pocos escalones de la escalerilla del Hércules, la banda de guerra dispuesta para la ocasión entona desde el final de la pista las primeras notas del himno nacional. Santos caminó erguido, como el cadete de la Escuela Naval que alguna vez fue, con toda la solemnidad del caso, al tiempo que realiza en tierra lo que no puedo hacer en el aire: saludar de mano a aquellos que lo esperaban. Tras una breve charla, sube al Hummer que encabeza la caravana de catorce autos y que incluye una ambulancia y un bus para periodistas. Minutos después de andar por una carretera con casas fiscales a lado y lado, el presidente llega al campo de ceremonias donde lo espera la tropa, encabezada por el General Javier Alberto Flores, actual comandante de la Omega. Una multitud rodea a Santos: escoltas, oficiales del ejército, periodistas, soldados curiosos que no quieren ni una foto ni un autógrafo, simplemente verlo. Son casi las cuatro de la tarde y la agenda se cumple al pie de la letra: 45 minutos de discurso, media hora de saludos personalizados a algunos soldados destacados y las seis de la tarde, cuando el sol está a punto de esconderse, Santos con sus consejeros, además de, Rivera, Cely, Naranjo, Matamoros y Flores, se encierra en un pequeño salón inexpugnable que ha sido aislado por los escoltas del presidente, que se refieren a él como “el jefe”, o “el man”. Afuera, todos especulan sobre qué se habla dentro de la construcción de no más de sesenta metros cuadrados, pero nadie sospecha que en su interior, y durante tres horas ininterrumpidas, se está forjando el ataque al campamento del Mono Jojoy. Quienes se quedan afuera matan el tiempo comprando gaseosas a mil doscientos y papas de paquete a ochocientos en la tienda, y se sientan sobre el pasto más cercano al lugar de la reunión a descansar, o a preparar los informes que van a enviar a su medios. El calor ha amainado, pero la humedad hace que la ropa se pegue a la piel y que algunas grabadoras dejen de funcionar momentáneamente. Cae el sol y los camarógrafos de los noticieros empiezan a probar sus luces. “1,2,3, probando, sonido”, dicen su asistentes, haciendo las veces de Santos desde al atril presidencial, hecho en madera y con el escudo de Colombia en la parte frontal. Para hablar desde allí es necesario haber ganado las elecciones con más de nueve millones de votos, o ser asistente de cámara. Tras varios intentos fallidos y problemas con los cables, los equipos quedan a punto para que los reporteros narren lo ocurrido en Larandia. Cuando el reloj marca las ocho y media, Santos sale para la rueda de prensa de rigor, contesta prudente, sin revelar nada, e intenta dar un parte de tranquilidad. A falta de información concreta, el presidente deja muy en claro que su visita no obedece a un jalón de orejas, sino a “una inyección de estímulo”. A pocos metros de allí, como testigo mudo de todo lo que ocurre, un letrero iluminado dice en grandes letras de molde: “Un día más de la Omega es un día menos para las Farc. Unión y lealtad”. Mañana será otro jornada, también de vuelo en Hércules: media hora para llegar a San Vicente del Caguán. El vuelo está pactado para las diez de la mañana, y ese día Santos lo comienza a las seis con un trote de una hora en Larandia, mientras los periodistas son despertados por la banda de guerra del batallón con música de papayera, e invitados a desayunar al casino de oficiales con caldo de costilla y huevos revueltos. El Hércules está listo para despegar a la hora señalada y esta vez el calor hace que las azafatas, nuevamente de intachable uniforme de color azul, no repartan comida, sino toallitas húmedas con Menticol para aplacar el sudor. Tras un viaje de media hora hasta el Caguán, el Presidente pasa las siguientes cuatro horas liderando los Acuerdos para la prosperidad que va en vivo y en directo para todo el país, mientras que a quince minutos en helicóptero de allí se libra un combate contra el frente Yarí de las Farc. La orden es volar de vuelta a Bogotá antes de que oscurezca, y así se hace. El Hércules C-130 está listo para hacer su tercer vuelo en 24 horas, pero esta vez Santos no irá en él: su regreso a la capital se producirá en el Jet de la FAC con matrícula 1041, que sigue sin ser el avión presidencial, pero es mucho más cómodo que la nave militar en la que ha estado viajando. Dos días después, el Presidente irá rumbo a Nueva York para asistir a la Conferencia anual de la ONU. Desde allá confirmará el resultado de la operación Sodoma planeada en el Caguán: el Mono Jojoy es hombre muerto.