Cuando el revólver apuntó a su pecho, el pasado sábado, Miguel Ángel Caro se asustó más por sus dos empleadas que por él mismo. Tampoco le importó en su momento el botín que los ladrones se llevaron: más de 800 millones de pesos en esmeraldas. "Eran las mejores piezas que tenía y lo peor de todo es que casi toda la mercancía la debo", dijo cuatro días después del asalto, caminando por el mismo lugar donde ocurrió.
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Miguel Ángel lleva más de 30 años metido en el negocio de las piedras. Con ellas ha ganado plata y también en algunas oportunidades, por diferentes circunstancias, la ha perdido. Pero el golpe que recibió el pasado fin de semana ha sido el más grande que ha sufrido. - Pero ni modos - dice él con resignación - lo que hay es que seguir trabajando, porque yo soy un hombre de trabajo.
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"Mire, yo he vendido empanadas, arepas, pescado, líchigo y no me da pena decirlo porque lo que yo sé hacer es eso: trabajar", Miguel Ángel, aunque no lo confiesa, lo dice con rabia. Pero su rabia no es por las joyas que le robaron cuatro ladrones a mano armada. Su rabia, y la expresa con su mirada y gestos de desconsuelo, es porque esos hombres se metieron con su trabajo.
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Sentado en uno de sus locales de joyería, ubicado a menos de 100 metros de donde lo robaron, Miguel Ángel cuenta que aunque es nacido en Bogotá a comienzos de los 70, desde muy pequeño se enamoró de las esmeraldas de Boyacá, de donde es oriunda su familia. "Tenía como cinco años cuando las vi por primera vez. Su belleza y su brillo me encantaron".
Miguel Ángel trabaja con esmeraldas desde que tenía 13 años, cunando se fue a 'guaquear' en la montañas de Muzo (Boyacá).
A los trece años, en 1985, y después de rogarle a un allegado que lo llevara a 'guaquiar' (buscar esmeraldas en las laderas de las minas), llegó a Muzo, (Boyacá), el lugar esmeraldífero por excelencia. Guaquió durante seis años. "Como en todos los negocios hubo meses buenos y otros malos".
En 1991, con parte del dinero que ganó con las piedras, que le vendía a esmeralderos en el mismo pueblo o en Bogotá, montó junto a su mamá y sus hermanos un negocio de empanadas. Vivía en el barrio San Francisco, al sur de la cuidad, y viajaba en bus hasta el centro de la capital para hacer conocer su producto. Con vergüenza salía a la calle a repartir muestras gratis.
"Siempre me ha ido bien en los negocios. Empezamos de la nada, sin clientes y nadie nos conocía pero con un arduo trabajo, logramos vender más de 3000 empanadas diarias. Invadimos el centro con nuestras empanadas", cuenta. El próspero negocio se cayó cuando por irse a buscar futuro con las piedras verdes lo dejó en manos de unos tíos que lo llevaron a la quiebra.
Los demás negocios con los que probó suerte, aunque no le iba mal, al poco tiempo los abandonaba porque lo suyo eran las esmeraldas. Piedras con las que hizo el capital y el reconocimiento que actualmente tiene.
Con las ganancias que le dejaban sus diferentes negocios se iba para la zonas esmeralderas de Boyacá y compraba piedras en bruto para él mismo tallarlas y venderlas como joyas. Poco a poco aprendió a trabajarlas y a hacer plata con ellas.
El resto de la vida de Miguel Ángel se puede resumir que se la ha pasado trabajando con las piedras, principalmente en el centro de Bogotá, donde por tradición hay un buen mercado para esa mercancía. Le compró un local a un amigo, que aún debe, en el Esmerald Trade Center, el centro comercial de esmeraldas ubicado en la esquina de la Avenida Jiménez con carrera quinta, pleno corazón de la ciudad, uno de los sectores de la ciudad donde más se mueve dinero.
La joyería de Miguel Ángel, llamada MAC Esmeraldas Colombianas, es reconocida porque, según él, maneja unas de las mejores joyas del sector. Él se esmera por conseguir las piedras con la más alta calidad para ofrecer un excelente producto y así obviamente ganar un poco más de dinero. "Todos por acá me conocen. Saben quien soy y el tipo de joyas que trabajo".
Edificio Emerald Trade Center, donde Miguel Ángel tiene una de sus joyerías.
Ese mismo reconocimiento, dice, fue lo que propició el millonario asalto del que fue víctima. "Me tenían estudiado. Me hicieron inteligencia. Los que me robaron, o me mandaron a robar, es gente del mismo gremio que conocían mis movimientos", asegura reconociendo que el asalto también ocurrió por error suyo. Por confianza o exceso de seguridad.
La entrevista con el comerciante se vio interrumpida por un negocio que Miguel Ángel cerró personalmente en otro de sus locales, en el que habló para KienyKe.com, una sucursal de la joyería MAC ubicada en un pasaje comercial, a un costado del parque Santander.
Francisco, un abogado charlador, compró por seis millones de pesos un anillo de oro blanco adornado con una esmeralda y rodeado de diamantes, joya que se salvó de perderse en el robo, suerte con la que no corrió el anillo que el jurista había visto un día antes del atraco y por el que realmente había vuelto al local.
"Me robaron unos 850 millones de pesos", dice Miguel Ángel, asegurando que aunque va a tardar un buen tiempo en recurarse económicamente del golpe, trabajando duro va a recuperar lo que se perdió. Para él es muy importante la palabra trabajo y recalca una y otra vez que "la base de todo en la vida es trabajar correctamente, hacer las cosas bien".
Miguel Ángel también sabe que las joyas que se le perdieron, algunas de ellas certificadas y marcadas, no son fáciles de vender lote en el mercado negro, como posiblemente quisieran hacer los ladrones para salir del botín lo más rápido posible.
Estas son parte de las joyas que los ladrones se llevaron el pasado fin de semana en el atraco a Miguel Ángel Caro.
El comerciante dice que un reducidor les va a dar, por mucho, unos 200 millones de pesos por todas joyas, exponiéndose a que el negocio se les caiga y los atrapen mucho más rápido; por eso él, a modo personal, ofrece una recompensa de hasta 100 millones de pesos en efectivo a quien le de información para lograr la recuperación de sus joyas, para eso está manejando un celular en el que lo pueden ubicar si alguien le puede ayudar a recuperar la mercancía: 3142898035.
De la forma en la que lo robaron, Miguel Ángel prefiere no hablar mucho, cuando se le pregunta por ese momento su mirada busca un punto distante y solo apunta a decir que "lo material se recupera, gracias a Dios no les pasó nada a las personas que iban conmigo, ni a mí".
Lo cierto es que el atraco ocurrió cuando Miguel Ángel y dos de sus empleadas pretendían trasladar sus mejores artículos de una joyería a la otra, separadas por unos 120 metros de distancia. Eso lo hacían todos los sábados pasadas las cinco de la tarde, porque en el Emerald Trade Center, donde tiene su principal negocio, cierran a esa hora y no abren ni domingo ni festivos, y ese era el fin de semana de día de madres, una buena fecha para el comercio.
Después de salir del Emerald, él, un amigo suyo y sus dos empleadas (una de ellas llevaba el maletín con las joyas) avanzaron unos 62 pasos cuando, como se ve en el video que ya es de público conocimiento, dos hombres que estaban esperándolos pacientemente, con armas de fuego les arrebataron las joyas y huyeron en motocicletas que estratégicamente los esperaron mientras se cometía el robo.
Miguel termina la entrevista diciendo que aunque espera que sus joyas aparezcan, seguirá trabajando con esas piedras verdes que lo enamoraron desde que era un niño que ni siquiera sabía hablar.
Miguel Ángel trabaja con esmeraldas desde que tenía 13 años, cunando se fue a 'guaquear' en la montañas de Muzo (Boyacá).
A los trece años, en 1985, y después de rogarle a un allegado que lo llevara a 'guaquiar' (buscar esmeraldas en las laderas de las minas), llegó a Muzo, (Boyacá), el lugar esmeraldífero por excelencia. Guaquió durante seis años. "Como en todos los negocios hubo meses buenos y otros malos".
En 1991, con parte del dinero que ganó con las piedras, que le vendía a esmeralderos en el mismo pueblo o en Bogotá, montó junto a su mamá y sus hermanos un negocio de empanadas. Vivía en el barrio San Francisco, al sur de la cuidad, y viajaba en bus hasta el centro de la capital para hacer conocer su producto. Con vergüenza salía a la calle a repartir muestras gratis.
"Siempre me ha ido bien en los negocios. Empezamos de la nada, sin clientes y nadie nos conocía pero con un arduo trabajo, logramos vender más de 3000 empanadas diarias. Invadimos el centro con nuestras empanadas", cuenta. El próspero negocio se cayó cuando por irse a buscar futuro con las piedras verdes lo dejó en manos de unos tíos que lo llevaron a la quiebra.
Los demás negocios con los que probó suerte, aunque no le iba mal, al poco tiempo los abandonaba porque lo suyo eran las esmeraldas. Piedras con las que hizo el capital y el reconocimiento que actualmente tiene.
Con las ganancias que le dejaban sus diferentes negocios se iba para la zonas esmeralderas de Boyacá y compraba piedras en bruto para él mismo tallarlas y venderlas como joyas. Poco a poco aprendió a trabajarlas y a hacer plata con ellas.
El resto de la vida de Miguel Ángel se puede resumir que se la ha pasado trabajando con las piedras, principalmente en el centro de Bogotá, donde por tradición hay un buen mercado para esa mercancía. Le compró un local a un amigo, que aún debe, en el Esmerald Trade Center, el centro comercial de esmeraldas ubicado en la esquina de la Avenida Jiménez con carrera quinta, pleno corazón de la ciudad, uno de los sectores de la ciudad donde más se mueve dinero.
La joyería de Miguel Ángel, llamada MAC Esmeraldas Colombianas, es reconocida porque, según él, maneja unas de las mejores joyas del sector. Él se esmera por conseguir las piedras con la más alta calidad para ofrecer un excelente producto y así obviamente ganar un poco más de dinero. "Todos por acá me conocen. Saben quien soy y el tipo de joyas que trabajo".
Edificio Emerald Trade Center, donde Miguel Ángel tiene una de sus joyerías.
Ese mismo reconocimiento, dice, fue lo que propició el millonario asalto del que fue víctima. "Me tenían estudiado. Me hicieron inteligencia. Los que me robaron, o me mandaron a robar, es gente del mismo gremio que conocían mis movimientos", asegura reconociendo que el asalto también ocurrió por error suyo. Por confianza o exceso de seguridad.
La entrevista con el comerciante se vio interrumpida por un negocio que Miguel Ángel cerró personalmente en otro de sus locales, en el que habló para KienyKe.com, una sucursal de la joyería MAC ubicada en un pasaje comercial, a un costado del parque Santander.
Francisco, un abogado charlador, compró por seis millones de pesos un anillo de oro blanco adornado con una esmeralda y rodeado de diamantes, joya que se salvó de perderse en el robo, suerte con la que no corrió el anillo que el jurista había visto un día antes del atraco y por el que realmente había vuelto al local.
"Me robaron unos 850 millones de pesos", dice Miguel Ángel, asegurando que aunque va a tardar un buen tiempo en recurarse económicamente del golpe, trabajando duro va a recuperar lo que se perdió. Para él es muy importante la palabra trabajo y recalca una y otra vez que "la base de todo en la vida es trabajar correctamente, hacer las cosas bien".
Miguel Ángel también sabe que las joyas que se le perdieron, algunas de ellas certificadas y marcadas, no son fáciles de vender lote en el mercado negro, como posiblemente quisieran hacer los ladrones para salir del botín lo más rápido posible.
Estas son parte de las joyas que los ladrones se llevaron el pasado fin de semana en el atraco a Miguel Ángel Caro.
El comerciante dice que un reducidor les va a dar, por mucho, unos 200 millones de pesos por todas joyas, exponiéndose a que el negocio se les caiga y los atrapen mucho más rápido; por eso él, a modo personal, ofrece una recompensa de hasta 100 millones de pesos en efectivo a quien le de información para lograr la recuperación de sus joyas, para eso está manejando un celular en el que lo pueden ubicar si alguien le puede ayudar a recuperar la mercancía: 3142898035.
De la forma en la que lo robaron, Miguel Ángel prefiere no hablar mucho, cuando se le pregunta por ese momento su mirada busca un punto distante y solo apunta a decir que "lo material se recupera, gracias a Dios no les pasó nada a las personas que iban conmigo, ni a mí".
Lo cierto es que el atraco ocurrió cuando Miguel Ángel y dos de sus empleadas pretendían trasladar sus mejores artículos de una joyería a la otra, separadas por unos 120 metros de distancia. Eso lo hacían todos los sábados pasadas las cinco de la tarde, porque en el Emerald Trade Center, donde tiene su principal negocio, cierran a esa hora y no abren ni domingo ni festivos, y ese era el fin de semana de día de madres, una buena fecha para el comercio.
Después de salir del Emerald, él, un amigo suyo y sus dos empleadas (una de ellas llevaba el maletín con las joyas) avanzaron unos 62 pasos cuando, como se ve en el video que ya es de público conocimiento, dos hombres que estaban esperándolos pacientemente, con armas de fuego les arrebataron las joyas y huyeron en motocicletas que estratégicamente los esperaron mientras se cometía el robo.
Miguel termina la entrevista diciendo que aunque espera que sus joyas aparezcan, seguirá trabajando con esas piedras verdes que lo enamoraron desde que era un niño que ni siquiera sabía hablar.
