El experimento de Petro en las entrañas del Bronx

Mar, 25/09/2012 - 08:20
Fotos: Linda Sarmiento
 

Edgardo tiene una cortada de tres centímetros de largo y unos cuatro milímetros de profundidad en la base de la muñeca
Fotos: Linda Sarmiento
  Edgardo tiene una cortada de tres centímetros de largo y unos cuatro milímetros de profundidad en la base de la muñeca. Dice que hace unos días se cayó y apoyó la muñeca sobre una botella rota. El vidrio, cuenta, le atravesó el hueso hasta el otro lado, amparado en el camino de sangre que le da la vuelta a su muñeca como una pulsera de Kabbalah. –Yo estoy aquí desde esta mañana para que me hagan la curación de la mano, pero he dejado pasar a la gente antes que yo. Yo no me voy a desangrar, ¿sí me entiende? No tiene más de 50 años y su piel, tostada por el sol, es casi colorada. Cuando habla solo se le ven los ojos, que son entre verde, azul y gris. Aunque su rostro delata los años de vivir en la calle, tiene una cara guapa, acaso dulce, y no inspira miedo. Tiene todos los dientes, su pelo es casi rubio y lo peina hacia atrás revelando una frente amplia. –¿Pero no le duele esa cortada? –le pregunto. –Pues claro, ¿no ve que la botella me atravesó la muñeca? –¡Qué va! –dice un joven de unos 17 años que se ha acercado a investigar quién soy yo y qué hago ahí–, ¡si le hubiera atravesado la muñeca no podría mover los tendones, no podría mover la mano y los dedos! Los centros propuestos por el alcalde Petro existen en otros países como Alemania, España, Suiza y Canadá. Este joven llegó hasta el CAMAD para que le quitaran una muela, pero le han dicho que no tienen los implementos necesarios para ayudarlo. –Esta gente no puede hacer ni mierda, ¿no ve que me dijeron que no me pueden ayudar? Yo no sé a qué han venido por acá si no hacen es ni mierda. Lo acompaña otro jovencito aún menor que él con la cara negra de mugre y los ojos hinchados. Habla con dificultad y me muestra unos dedos de niño chiquito con ambos pulgares cortados en la última falange. Cortadas profundas, sucias y secas. No es capaz de explicarme qué le pasó con detalle "Un alambre de púas, alambre de púas...". Después de un débil invierno, el pasado martes por la tarde Bogotá ardía. Los indigentes, aquellos claramente adictos y los que no, sudan por debajo de sus chaquetas que jamás abandonan pues en la noche hará frío otra vez y no tendrán dónde dormir. En el Bronx, en la calle 9 con carrera 16 aproximadamente, la gente de la calle está sentada en el andén con la espalda apoyada sobre una pared sucia que a diario es testigo de la más cruda miseria. Están esperando ser atendidos en el primer Centro de Atención Móvil a Drogodependientes (CAMAD) que montó el alcalde Petro para asistir médicamente a la gente de la calle. Esta pequeña casa rodante que hace las veces de CAMAD está ubicada en una de las entradas al infierno que denominan el Bronx. Solo hubo acceso a la prensa el día lunes que se inauguró la iniciativa del Alcalde. Desde entonces no se pueden tomar fotos. Esta es la ley que rige el Bronx, no es la ley de la Policía. Tienen mucho que esconder y no es secreto para nadie. Se trata de la olla más grande y peligrosa que hay en la ciudad, dirigida por un personaje a quien apodan ‘Don Hernán’. En esta cuadra hay montones de basura que continuamente arruman en montañas para dejar al menos un pequeño espacio para poder transitar por esta calle en donde se venden drogas en varios locales que son atendidos como en la taquilla de un cine. Resulta inexplicable que a pocos metros del lugar se encuentre la sede de la Policía Metropolitana de Bogotá y, a algunas cuadras, el Batallón Guardia Presidencial del Ejército. En el Bronx, las leyes de la Policía no funcionan. Allí se vende todo tipo de drogas.  Para la Alcaldía de Bogotá es importante que se entienda que la población que será atendida en los CAMAD está conformada por personas en situación de riesgo o exclusión social debido a la drogadicción, gente vinculada a actividades fuera de la ley asociadas con el consumo, como el expendio de drogas. Ayudan a quienes padecen enfermedades mentales asociadas al consumo de sustancias psicoactivas y a personas con enfermedades derivadas de la adicción. Únicamente se suministrarán drogas por prescripción médica y que sean permitidas por la ley, con el objetivo de disminuir los niveles de ansiedad del adicto, evitando así que vuelva a la calle para buscar marihuana, cocaína, heroína o bazuco. Los adictos son esquivos, es imposible entablar una conversación con ellos pues están tan drogados que pierden la capacidad de comunicarse. Los que se acercan, intrigados por la grabadora que llevo en la mano, dicen incoherencias y asustan. Edgardo se acerca gritando:  “¡Tolerancia! ¡Tolerancia!”. Ha llamado mi atención. –Hombre, buenas, ¿me contesta unas preguntas? –¿How much the money? ¿Cuánto tú me puedes regalar? Yo soy un habitante de la calle, vivo en el Bronx hace 17 años. –¿Qué le pasó en la muñeca, una pelea? –No hay peleas, aquí en el Bronx no hay pelea, no la acepta nadie. Si dos pelean, les echan un baldado de agua, y, vulgarmente hablando, se maman una garrotera USA, a lo americano. –¿Usted habla inglés? –¡Yes, sir! –So, if I ask you a question in English, you’ll understand?Don´t worry, take it easy. One moment. –La verdad es que habla tres palabras y las ha usado todas. Entonces se acerca otro hombre que debe de tener casi 70 años, solitario como una boya en el mar. Lleva puesta una chaqueta Adidas azul y tiene solamente un diente en la mandíbula inferior. Sus ojos alguna vez fueron claros como los de Edgardo, pero ya no es posible definirlos. Camina encorvado, en su cara se dibuja una barba dispersa y descuidada. –Yo me llamo Angelo Garavini Della Fonte –dice con un acento europeo. –Mira, Edgardo, tú no hablas inglés, tú lo que sabes es cuatro palabras. Yo hablo cuatro idiomas, hombre. Yo hablo italiano, francés, inglés y español. –¡Molto placere! –Grita Edgardo –. Prontamente, ¡bambino! –Este hombre es un pobre diablo–dice Angelo de Edgardo. –¿El diablo? Toda la culpa es del diablo –responde Edgardo sin despegarse de mí–. ¡Este hombre tiene más arrugas! ¡Es más embustero que yo! El italiano Angelo ha acudido al CAMAD  para recibir medicamentos para su úlcera.  Angelo nació en Florencia, Italia. Dice ser parte de una familia del campo donde cultivan uvas y estar casado con una palestina que conoció en Italia. Ambos trabajaban en un barco de pasajeros en el cual le dieron la vuelta al mundo hasta llegar a Colombia, donde Angelo compró una finca en el sur de Bolívar, muy cerca a Barrancabermeja. Nunca sacó papeles colombianos, por lo que no le dan comida cuando llega a los comedores de que dispone la ciudad para los indigentes. Como no come, tiene una úlcera en el estómago y ha llegado al CAMAD buscando una dosis de Omeprazol. Cuenta que una vez llegaron a su finca los paramilitares comandados por Mancuso y el mismo Mancuso le dijo que les colaborara con la finca, prestándola para cultivos de coca, y a cambio le darían 20 millones de pesos en cada uno de los tres cultivos anuales. Pasado un año, asegura Angelo, no recibió ni un peso y Mancuso le dijo que no había plata. Angelo le dijo que tampoco había finca y Mancuso le pegó un tiro con una nueve milímetros en el pecho, otro en la rodilla y lo dejó por muerto. Del primer balazo le quedó, en el costado derecho del pecho, un hueco en el que cabe mi dedo pulgar. Su mujer y sus dos hijos lo recogieron y huyeron de la finca habiéndolo perdido casi todo. Angelo sobrevivió porque la bala le golpeó una costilla y rebotó hacia arriba saliendo por su clavícula. Debieron reconstruirle la rodilla. Juntaron dinero suficiente para sacar a su mujer y sus hijos del país, quienes se fueron a vivir con la mamá de Angelo en Hialeah, Miami, y él se quedó en la calle como un desplazado más. Asegura que en la embajada italiana le están guardando el pasaporte y que no se ha ido del país porque tiene un proceso en contra de Mancuso del cuál espera que le devuelvan al menos la mitad del valor de la finca y otra suma de dinero, por auxilio de vivienda, que en total será de alrededor de 40 millones de pesos. Deberá demostrarle a la justicia colombiana que la finca fue, de hecho, de su propiedad, y una vez que lo haga se rencontrará con su familia en la Florida. Angelo, que lleva 24 años en Colombia y 12 años en la calle, asegura que no es adicto, lo que confirma con su nivel de conversación y el hecho de que hemos conversado en inglés e italiano. No dice mentiras sobre los conocimientos que posee. Parece tener la cabeza en perfecto estado, es coherente y muy interesante. Es un hombre con educación y muy preparado.  No es un drogadicto, solo depende del cigarrillo, que fuma hasta quemar incluso el filtro. Dice que se la pasa en el Bronx porque es donde consigue comida más barata. Por 200 pesos compra un roscón y por 4000 alquila un colchón que define como asqueroso, donde apoya su propio colchón de agua que carga en su maleta adondequiera que va. Algunas noches duerme en la sala de emergencias del Hospital Centro Oriente, en la Perseverancia. Allí lo conocen y lo dejan descansar; de lo contrario, duerme en la calle. En equipo del CAMAD está conformado por un médico, un odontólogo, un psiquiatra, un psicólogo y varios enfermeros.  Seguiremos conversando durante casi una hora, hasta cuando comenzamos a oír a alguien usando un silbato. Angelo se muestra incómodo, algo está pasando. Entonces se acercan dos jóvenes que no tienen más de 20 años, van bien vestidos, no parecen de la calle pero se mueven como peces en el agua dentro de ese ambiente tan siniestro. Preguntan qué hago allí y cometo el error de confesar que soy periodista. Inmediatamente, las tres o cuatro personas que me rodean se apartan casi medio metro de mí, alarmados, y uno de ellos me advierte: –Lárguese de aquí ya mismo, métase al carro de una vez y lárguese si no quiere que la piquen. No estoy segura si se refieren a que me clavaran un cuchillo. Uno de ellos me explica que la picada es literal. Dice que en el Bronx matan y pican en pedazos a sus enemigos y le dan los pedazos de comer a los perros. Aseguran, además, que las montañas de basura que se apilan en las calles esconden restos y huesos humanos que los perros no pudieron consumir. Este es el horror de un lugar que supura suciedad, muerte y desolación que Petro espera transformar con el experimento del CAMAD.
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