El hombre de la buena estrella

Dom, 29/04/2012 - 15:00
Este diciembre, cuando esté entregando las primeras casas gratis a los más pobres de los pobres, habrán pasado diez años del día en que Germán Vargas Lleras estuv

Este diciembre, cuando esté entregando las primeras casas gratis a los más pobres de los pobres, habrán pasado diez años del día en que Germán Vargas Lleras estuvo a punto de perder su vida. Mucho ha pasado desde aquel 12 de diciembre de 2002, cuando un paquete cualquiera, de los muchos que recibía, llegó a su casa en Bogotá. La rutina de seguridad del entonces senador obligó a su mensajero Rodrigo Rodríguez a, de acuerdo a las instrucciones, trasladar la correspondencia del día, intacta y sin abrir, a su oficina en el Congreso  de la República. Ese día no fue distinto.

Rodrigo iba en el bus que lo llevaba hasta el Capitolio, cuando un sorpresivo frenazo en seco del conductor le quitó el paquete de las manos lanzándolo al piso del vehículo. Algo que pareció trivial resultó ser señal de la buena estrella que ha acompañado a Vargas Lleras en  momentos críticos de su vida.

El senador, ocupado en su oficina, esperó hasta el final de la tarde para empezar su rutina con la correspondencia diaria. Mientras se fumaba uno de los veinte cigarrillos que prende al día, abrió los documentos que venían envueltos en un plástico transparente. Rompió la bolsa y halló en su interior una agenda de color negro. En cuanto empezó a manipularla, ésta explotó.

Germán Vargas completó tres períodos en el senado antes de aspirar a la Presidencia de la República.

Lleno de sangre en la cara, el pecho y su mano izquierda herida, Vargas Lleras no pudo reaccionar. Sin embargo estaba vivo. La caída del paquete en el bus había desactivado la mitad de la carga explosiva  con lo cual el artefacto perdió el 50% de su  poder destructor.  Aturdido, ni él ni ninguno de sus acompañantes en la oficina entendían qué había ocurrido. Sus escoltas lo rodearon y velozmente lo sacaron del edificio del Congreso para trasladarlo a algún centro hospitalario. Uno de ellos, Ómar Orjuela, recuerda que cuando lo ayudó a subirse a la camioneta blindada, advirtió que los tres dedos de la mano izquierda colgaban a punto de desprenderse.

Vargas Lleras intentaba con dificultad prender las luces de la camioneta para ver lo que le ocurría, mientras Orjuela distraía a su jefe para que no se diera cuenta de su mano destruida. El senador no quería esperar y con su conocida tenacidad se las arregló para encender la luz. Se encontró frente a su mano ensangrentada. Pero no lloró. Nunca ha llorado. Quizás la última vez que lo hizo fue cuando perdió repentinamente a su mamá, Clemencia Lleras de la Fuente. Germán,  el mayor, tenía solo trece años, le seguían José Antonio y Enrique, y la inesperada y prematura pérdida volvería inseparables a los hermanos Vargas Lleras. Germán transformó  el dolor en temple al lado de su abuelo Carlos Lleras Restrepo, para quien su hija, Clemencia, era la más cercana de sus hijos.

El segundo atentado contra Vargas Lleras fue un carro bomba que las milicias urbanas colocaron en las afueras del edificio de  Caracol Radio.

Desde ese 12 de Diciembre, Vargas quedó condenado a vivir con una mano mutilada. Asimiló la pérdida y en algún momento pensó en colocarse una prótesis pero desistió. Cambió hábitos y gustos como el de jugar golf y practicar deportes acuáticos.  Aprendió  a sostener el micrófono con sólo su pulgar e índice completos, mientras con la mano derecha se dirige al público.

Nada de esto importa frente al hecho de haber logrado sobrevivir. Como ocurrió años atrás, cuando el 18 Agosto de 1989 vio caer asesinado al lado suyo a su mentor y líder político, Luis Carlos Galán. Allí estaba, junto a él en la tarima donde lo abalearon. Vargas tenía 32 años y ya había hecho al lado de Galán una primera incursión electoral  para llegar al Concejo de Bogotá, cuando pudo ver de frente los riesgos del camino que empezaba. No desistió. La política era su destino.

Germán Vargas Lleras estaba en la tarima junto a Luis Carlos Galán el día que lo asesinaron.

En octubre del 2005 llegó el segundo atentado. Vargas había sido un crítico del proceso de paz del gobierno Pastrana y había desenmascarado, con documento gráficos, los abusos de la guerrilla en la zona de despeje, lo que lo volvió un claro objetivo militar de las Farc. Esta vez fue un carro bomba que las milicias urbanas colocaron en las afueras del edificio de  Caracol Radio, donde Vargas participaba en un programa de opinión. Salió ileso, pero varios de los hombres de su cordón de seguridad resultaron heridos de seriedad. Una vez más se salvó de milagro.

Desde entonces  no ha dejado de decirse a sí mismo: “A Germán Vargas Lleras nada lo detiene”, con un sentido de predestinación que lo vuelve incansable y que lo tiene volando alto en el gabinete de Juan Manuel Santos. Tan alto que será el encargado de liderar el ambicioso programa presidencial de vivienda dirigido a los más los más pobres de los pobres, que con el billonario presupuesto que le fue asignado puede colocarlo en la carrera presidencial del 2014.

El Presidente Santos le encomendó el nuevo programa de Vivienda para los mas pobres de los pobres.  

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