Disparar, ese es el trabajo de Enrique Prada. Jamás ha matado a nadie. Todo lo contrario, su trabajo captura momentos de vida. Es fotógrafo.
Lleva 40 años tomando fotos en el estadio El Campín, su primer hogar. Sin envidia, lo comparte con Santa Fé y Millonarios.
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Hace rato perdió la cuenta del número de fotos que ha tomado en estadio pero tiene claro cuál fue la primera que tomó. Fue en 1975.
Un tarde, mientras trabajaba como habitualmente lo hacía en el Parque Santander, se le acercó un hombre y le preguntó si era fotógrafo, su respuesta afirmativa motivó al hombre a hacerle una petición: “Me dijo que necesitaba una foto del partido de Millonarios, ese fin de semana jugaban de local contra el Cali, yo le dije que no podía porque no tenía boleta y no sabía si me dejaban entrar a la cancha, él me dijo que me daba lo de la boleta”. Ese mismo hombre le dio dinero para el bus y para que comiera algo.
“Imagínese la responsabilidad que tenía encima, ya me habían dado plata y yo había dado mi palabra”, recuerda Pradita mientras toma su cabeza desesperado reviviendo ese momento. “El tipo me dio la dirección a donde debía llevarle la foto y se fue”.
Llegó el fin de semana - “Era un 8 o 10 de diciembre, pasé al estadio y compré la boleta, ingresé al estadio con nervios y entré a la cancha, yo supongo que me dejaron entrar porque tenía una credencial que me daba la alcaldía de fotógrafo, pero era para trabajar en el parque, no en el estadio”, su sonrisa pícara no se hizo esperar, en ese momento recordó que había logrado salirse con la suya.
Llegó el momento decisivo. Salió el equipo e hizo lo que le habían pedido. “Tomé la foto y me fui a la tribuna a ver el partido, no tenía nada más que hacer al lado de los demás fotógrafos”, en ese momento la cámara de Prada era una Kodak pequeña y los demás “tenían unas camarotas enormes y unos lentes muy largos, yo me veía mal a su lado por eso me salí”.
Esa misma semana fue a imprimir y enmarcar la foto, cuando fue a entregarla, se enteró que el hombre que se la había pedido era un médico cirujano de la Universidad Javeriana. “Entré al consultorio, vi el diploma y lo quité, lo puse en el suelo y en ese espacio colgué la foto de millos, como ya estaba paga salí y me fui”.
Pasaron meses y su vida transcurrió normalmente en el Parque Santander, hasta que un día de marzo o abril, no lo recuerda bien, volvió el médico al parque y le pidió que cuanto antes se acercara al consultorio.
“Pensé que la foto se había dañado o que no le había gustado pero cuando llegué a su consultorio me llevé por sorpresa que la foto estaba bien y lo que quería el doctor era darme una lista de nombres con teléfonos y direcciones de 100 personas que querían esa foto, imagine mi felicidad, nunca en mi vida he vuelto a sacar 100 copias de una sola foto, en ese momento comprendí que el fútbol es pasión y comercio”.
En un café en el centro de Bogotá, Enrique Prada, fotógrafo empírico y amante del fútbol, cardenal de nacimiento pero sin equipo por profesión, cuenta cómo han transcurrido los 40 años de trabajo en El Campín, el lugar que “lo llena de tranquilidad”.
Un café oscuro es lo único que se necesita para que este hombre de contextura gruesa cuente la historia de su vida. Historia que inició cuando solo era un joven de algo más de 20 años que trabajaba la fotografía en el Parque Santander, cobrando 100 o 200 pesos por retratar a la persona mientras alimentaba una paloma.
“En ese momento la ganancia era buena, el salario mínimo estaba como en mil pesos y en un buen día de trabajo aplicado, era lo que yo me hacía”, dice Pradita mientras toma su café y se fuma un Mustang Azul, sentado en la mesa que da a la puerta del café.
Él cree que su llegada al estadio fue cosa del destino, su familia ya había pasado por allí, su padre fue celador del lugar, o eso dicen algunos de sus amigos cercanos, y Pradita. ya como fotógrafo, tuvo la oportunidad de entrar más que como un hincha.
Luego de ello, decidió dedicarse a la reportería deportiva y para ello contó con el apoyo o el “padrinaje” de León Londoño y otros periodistas del medio que conocían su trabajo.
Pero esto cambió en la década del 70, cuando Luis Bedoya empezó a dirigir la Dimayor y puso como regla que todos los fotógrafos y periodistas debían estar inscritos a un medio de comunicación deportivo. “Imagínese eso, de miles que entrabamos al estadio gracias a un padrinaje solo quedamos cientos, y eso es mucho”.
Este hombre de 62 años, que como dicen sus amigos “no ha cambiado nada, la única diferencia es que su cabello ahora es blanco”, aplica la filosofía de muchos comentaristas y deportistas ‘Dios y fútbol’, "después de eso no hay nada más", puede seguir ingresando al estadio gracias a la fama que ha hecho todos estos años.
“Yo puedo seguir entrando porque los medios de comunicación y muchos periodistas deportivos me quieren y saben que les estoy haciendo un historial fotográfico y por eso Pradita es el consentido y algunos medios me inscriben a la Dimayor y así puedo entrar por prensa”.
“Imagínese la responsabilidad que tenía encima, ya me habían dado plata y yo había dado mi palabra”, recuerda Pradita mientras toma su cabeza desesperado reviviendo ese momento. “El tipo me dio la dirección a donde debía llevarle la foto y se fue”.
Llegó el fin de semana - “Era un 8 o 10 de diciembre, pasé al estadio y compré la boleta, ingresé al estadio con nervios y entré a la cancha, yo supongo que me dejaron entrar porque tenía una credencial que me daba la alcaldía de fotógrafo, pero era para trabajar en el parque, no en el estadio”, su sonrisa pícara no se hizo esperar, en ese momento recordó que había logrado salirse con la suya.
Llegó el momento decisivo. Salió el equipo e hizo lo que le habían pedido. “Tomé la foto y me fui a la tribuna a ver el partido, no tenía nada más que hacer al lado de los demás fotógrafos”, en ese momento la cámara de Prada era una Kodak pequeña y los demás “tenían unas camarotas enormes y unos lentes muy largos, yo me veía mal a su lado por eso me salí”.
Esa misma semana fue a imprimir y enmarcar la foto, cuando fue a entregarla, se enteró que el hombre que se la había pedido era un médico cirujano de la Universidad Javeriana. “Entré al consultorio, vi el diploma y lo quité, lo puse en el suelo y en ese espacio colgué la foto de millos, como ya estaba paga salí y me fui”.
Pasaron meses y su vida transcurrió normalmente en el Parque Santander, hasta que un día de marzo o abril, no lo recuerda bien, volvió el médico al parque y le pidió que cuanto antes se acercara al consultorio.
“Pensé que la foto se había dañado o que no le había gustado pero cuando llegué a su consultorio me llevé por sorpresa que la foto estaba bien y lo que quería el doctor era darme una lista de nombres con teléfonos y direcciones de 100 personas que querían esa foto, imagine mi felicidad, nunca en mi vida he vuelto a sacar 100 copias de una sola foto, en ese momento comprendí que el fútbol es pasión y comercio”.
En un café en el centro de Bogotá, Enrique Prada, fotógrafo empírico y amante del fútbol, cardenal de nacimiento pero sin equipo por profesión, cuenta cómo han transcurrido los 40 años de trabajo en El Campín, el lugar que “lo llena de tranquilidad”.
Un café oscuro es lo único que se necesita para que este hombre de contextura gruesa cuente la historia de su vida. Historia que inició cuando solo era un joven de algo más de 20 años que trabajaba la fotografía en el Parque Santander, cobrando 100 o 200 pesos por retratar a la persona mientras alimentaba una paloma.
“En ese momento la ganancia era buena, el salario mínimo estaba como en mil pesos y en un buen día de trabajo aplicado, era lo que yo me hacía”, dice Pradita mientras toma su café y se fuma un Mustang Azul, sentado en la mesa que da a la puerta del café.
Él cree que su llegada al estadio fue cosa del destino, su familia ya había pasado por allí, su padre fue celador del lugar, o eso dicen algunos de sus amigos cercanos, y Pradita. ya como fotógrafo, tuvo la oportunidad de entrar más que como un hincha.
Luego de ello, decidió dedicarse a la reportería deportiva y para ello contó con el apoyo o el “padrinaje” de León Londoño y otros periodistas del medio que conocían su trabajo.
Pero esto cambió en la década del 70, cuando Luis Bedoya empezó a dirigir la Dimayor y puso como regla que todos los fotógrafos y periodistas debían estar inscritos a un medio de comunicación deportivo. “Imagínese eso, de miles que entrabamos al estadio gracias a un padrinaje solo quedamos cientos, y eso es mucho”.
Este hombre de 62 años, que como dicen sus amigos “no ha cambiado nada, la única diferencia es que su cabello ahora es blanco”, aplica la filosofía de muchos comentaristas y deportistas ‘Dios y fútbol’, "después de eso no hay nada más", puede seguir ingresando al estadio gracias a la fama que ha hecho todos estos años.
“Yo puedo seguir entrando porque los medios de comunicación y muchos periodistas deportivos me quieren y saben que les estoy haciendo un historial fotográfico y por eso Pradita es el consentido y algunos medios me inscriben a la Dimayor y así puedo entrar por prensa”.
