Todo arrancó en 2011 cuando João Pereira de Souza evitó que muriera un pingüino de Magallanes que estaba cubierto de alquitrán y moribundo en un playa cercana a su casa en el sureste de Brasil. João limpió al pingüino, le dio de comer sardinas, y cuando estuvo fuerte y sano, volvió a llevar el ave de regreso a la playa, esperando que se fuera lejos, o al menos eso esperaba.
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Dindim, nombre con el que bautizó al pingüino, no volvió a separarse de su salvador. La pequeña ave se negó a volver a su hábitat natural, las islas Malvinas, situadas a 8.000 kilómetros de distancia entre las fronteras de Chile y Argentina, pese a que João Pereira de Souza lo intentó en más de una ocasión.
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Un día, este jubilado se subió a bordo de un barco y se sumergió mar adentro con el pingüino, lejos de la tierra firme y allí, en mitad del océano lo soltó de nuevo. Sin embargo, cuando volvió a su casa se sorprendió al ver que estaba esperándole.
Es conocido que los pingüinos de Magallanes migran miles de kilómetros entre las zonas de cría en la Patagonia y las zonas de alimentación más al norte, pero Dindim parece que le ha cogido cariño al caluroso clima y las cálidas temperaturas de Rio de Janeiro donde vive con Souza en la playa.
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