El sacerdote que vio a su iglesia derrumbarse sobre sus feligreses

Mié, 02/05/2012 - 07:16
Ese día, el sacerdote Antún Ramos Cuesta sintió el tronar de las explosiones y las metrallas. Vio el techo de su iglesia desplomándose contra el altar, los bancos d

Ese día, el sacerdote Antún Ramos Cuesta sintió el tronar de las explosiones y las metrallas. Vio el techo de su iglesia desplomándose contra el altar, los bancos de madera y decenas de personas allí refugiadas. El templo quedó convertido en un esqueleto de hierro rodeado de escombros. Ocurrió el 2 de mayo de 2002.

Diez años después, regresó allí para recordar y acompañar a los pobladores cuyas heridas aún no sanan. La incursión guerrillera y paramilitar en Bojayá dejó un saldo fue de 79 muertos y decenas de heridos después de cinco días de balacera.

Ramos encontró la misma desazón y las mismas necesidades de aquel entonces. Los más de 4.000 pobladores tienen un hospital en ruinas, pocas horas de electricidad al día, un acueducto y un alcantarillado que funciona a medias y 240 casas a medio construir que el Estado entregó a las víctimas para mitigar su pena.

El sacerdote Antún Ramos hoy despacha en una iglesia en la capital de Chocó.

Ramos recuerda que hace diez años un grupo paramilitar llegó a Bellavista, casco urbano de Bojayá, para combatir contra un frente guerrillero que pretendía apropiarse del territorio. Eran las 6:00 de la mañana del 1 de mayo. Durante todo el día hubo combates y al día siguiente el sacerdote decidió llevar, como pudo, a más de 180 personas a la Iglesia San Pablo Apóstol. Creía que era el lugar donde la población podía estar a salvo. Estaba equivocado.

Después de los tiroteos los guerrilleros lanzaron cuatro cilindros bomba, dos de los cuales estallaron. Uno cayó en el interior de la iglesia y otro en una casa vecina. Los gritos, la sangre, los muertos y los heridos formaban una escena aterradora. Herido en una de sus piernas, Ramos trataba de responderles a los pobladores, quienes le preguntaban qué hacían. Él era su guía espiritual.

Con el apoyo de 20 personas, Ramos comenzó a llevar gente herida a la casa de ‘Las Hermanas’, situada a 30 metros. Era una residencia de religiosas que tenían la doble misión de difundir la palabra de Dios en ese corregimiento y curar a los enfermos. Lograron transportar 70 heridos. Cien personas más quedaron entre las ruinas tratando de evadir la guerra que seguía entre paramilitares y guerrilleros.

Horas más tarde, el padre pensó que era necesario sacar a la gente de la población. Caminó hacia la parte alta de Bellavista y organizó la salida. La única ruta de escape era el río, históricamente único medio de transporte de la zona. Logró llegar a la orilla y embarcó en tres grandes lanchas ‘plataneras’ (canoas que transportan el plátano que se comercializa en la capital de Chocó) a más de 600 personas.

Los habitantes de Bojayá se quejan del incumplimiento a las promesas que les ha hecho el Estado. 

Pero había un problema: los paramilitares siempre estuvieron detrás de ellos para que los guerrilleros no pudieran alcanzarlos. La gente, asustada, le gritaba “Padre, de aquí nos movemos, pero usted va adelante”. Ramos entró en la trocha y se inventó arengas para que los combatientes no les dispararan.

Su pierna seguía sangrando. Pero con la fortaleza, que aprendió de los curas del Seminario Intermisional de Bogotá dos años antes, logró salir de Bellavista y salvar a buena parte de la comunidad. Su arribo a Bojayá, años atrás fue fortuita. Llegó allí a los 27 años, porque por ser una zona altamente endémica, los religiosos acostumbran enviar jóvenes recién salidos del seminario a poblaciones tropicales apartadas.

Cuatro días después llegó el Ejército, pero muy pocos regresaron a Bojayá. El desplazamiento reinó en la zona y más de 1.500 personas partieron hacia Quibdó. El padre Ramos también se fue. Regresó el 1 de septiembre. Duró un año tratando de curar las heridas, también integró comités que, junto al gobierno, quisieron reconstruir el pueblo.

Un año después salió de allí para siempre. Con el patrocinio de la iglesia, partió hacia Roma para estudiar Comunicación y Radio en la Pontificia Universidad Gregoriana. Permaneció allí por tres años y regresó Quibdó para ponerse al frente de una de las parroquias de esa capital, donde al menos 6.000 feligreses lo siguen.

La primera semana de mayo volvió a Bojayá para conmemorar la fatídica fecha de la incursión guerrillera y paramilitar. El lugar ha cambiado poco: siguen las necesidades, reina pobreza y hay desesperanza.

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