El último dolor de Simón Trinidad

El último dolor de Simón Trinidad

11 de enero del 2011

Un par de días antes de que fuera abatido Víctor Julio Suarez Rojas, alias Jorge Briceño Suarez, alias Mono Jojoy, el ejército dio de baja a Lucero Palmera y a su hija, Alix Farela, en las selvas de Putumayo. La noticia de la muerte del primero acalló por completo la de la segunda. Al momento del enfrentamiento con las fuerzas nacionales, Lucero dirigía la emisora Voz de la resistencia del bloque sur, aunque su verdadera importancia es haber sido el último amor de Simón Trinidad, un guerrillero más famoso por el estatus social en el que nació y creció que por su real influencia entre las Farc. De hecho, nunca hizo parte del Secretariado.

La que se cuenta a continuación es una historia de amor. Que haya sucedido entre guerrilleros añade un ingrediente que será importante para el lector según sus motivaciones ideológicas, y sus odios o querencias. Más allá de lo periodístico, algo hay en esta historia que la vuelve atemporal y llama a la reflexión: ¿es en realidad el amor una fuerza tan poderosa que obliga a dejar atrás miedos, convicciones y hasta lealtades familiares?

Ricardo Palmera Pineda y María Victoria Rubio Giraldo no son los protagonistas de esta historia a pesar de que son estos los nombres que conocieron en la pila bautismal los dos personajes de quienes aquí se habla. Colombia sabe de ambos a partir de sus alias en la guerrilla, Simón Trinidad y Lucero Palmera. El primero se hace llamar así desde los 37 años cuando, la madrugada del 5 de diciembre de 1987, se formó como soldado de las Farc por cuenta de sus convicciones ideológicas. Ella, en cambio, llegó allí en 1990 por culpa de él quien, a sus quince años, la enamoró.

Trinidad conoció a La Toya poco tiempo después de que el ejército diera de baja a su primera compañera sentimental. Personas cercanas a quien antes fue Ricardo Palmera, con quienes el guerrillero se encontró luego de esta muerte, cuentan que lo vieron descompuesto, con el rostro arrastrado por la tristeza. Un par de meses después, conoció a quien en adelante se haría llamar Lucero, y llevaría el apellido Palmera como un homenaje al que él había dejado atrás.

Lucero era La Toya Hinojosa para sus compañeras de noveno grado en el colegio Julio César Turbay donde lideraba el equipo de baloncesto. Era hija de Fernando Rubio, el dueño de la hacienda “La Lucha”, asesinado por la guerrilla en 1983 cuando se negó a pagarles la vacuna, eso que en el argot colombiano es lo mismo que una extorsión. Cuando se corrió la bola de que ella había escapado con un guerrillero de su casa -en la Calle Palmarito, donde vivía con su familia en su natal Becerril-, el escándalo no se hizo esperar.

La Toya era entonces una adolescente de fuerte belleza mestiza, labia fácil y carácter impetuoso, como suelen ser las mujeres Hinojosa. Quizás por eso, desde niña usó como primero el que fue el segundo apellido de su padre, un apellido heráldico registrado en el país desde aquella doña Inés que Amparo Grisales protagonizó en nuestra tele y que hoy es frecuente en las familias de perendengue de varios pueblos del Cesar donde los Hinojosa tienen fama de inteligentes y de no tener pelos en la lengua al momento de cantar verdades.

La Toya, dicen, era dicharachera y alegre y –ciertamente- muy hermosa. Eso que en la costa llaman “una penca de hembra”. Dicen también que Trinidad se enamoró de ella tan pronto la vio, y –sin olvidar su educación burguesa- primero pidió permiso para llevársela a vivir con él ahí donde él mandaba -en el Perijá, los montes a espaldas de Becerril- pero, ante los sucesivos noes de su futura suegra, hizo lo de cualquier Romeo a quien no le permiten acercarse a su enamorada: se la llevó.

Su mamá, Bernarda Giralda, lloró con la noticia de que su hija se había escapado con un guerrillero. Luego ella y sus otros hijos también se fueron del pueblo tras recibir amenazas contra sus vidas. A día de hoy, se desconoce su paradero. Se sabe en cambio que Alfredo Rubio, tío de La Toya, fue asesinado por los paramilitares, así como su tía Marylis Hinojosa, una jueza cuya muerte fue aceptada como propia por el exjefe de las AUC alias Tolemaida.

Lucero y Trinidad tuvieron una única hija, Alix Farela, de quien ella se separó a los cuatro meses de haberla parido. Trinidad le había prohibido que quedara embarazada, de modo que cuando sucedió ella lo ocultó por un tiempo. Él mismo habló de esta prohibición a la periodista Patricia Lara en conversaciones sostenidas entre ambos en El Caguán en 2001. Allí contó, sin reparos, que desde el inicio de la relación le hizo saber a Lucero sobre las dificultades en la selva que conllevaba tanto el embarazo como el parto, pero también la crianza. “¿Cómo acallar el llanto de un bebé ante el silencio exigido por la guerra?”, preguntaba en la entrevista.

De todas las anécdotas que corren de Trinidad, ésta es la que mejor siluetea su vis draconiana: desde el mismo momento en que él se enteró que de nuevo sería padre (antes de entrar a la guerrilla tuvo dos hijos con su primera esposa) dispuso que, a los nueve días de nacer, su suegra se encargaría del cuidado de esta hija.

Años después de haber entregado a su bebé, Lucero hizo como si no le importara, como si le resbalara, como si en su vida hubiera sido un asunto baladí y, en una entrevista ante cámaras, llegó al límite de preguntar “¿Qué pesa más: la condición de madre o la de revolucionaria?”, concluyendo que lo importante es lo segundo, a pesar de que, pasado un tiempo, cuando Trinidad le permitió volver a acercarse a Alix Farela, no dudó en llevarla a vivir con ellos a la selva.

En El hombre de hierro, Jorge Enrique Botero consignó esta frase: “Lo conocí (a Trinidad) en su envidiable mundo afectivo, amando sin tregua a su Lucero del alma, la joven que conquistó siendo ya un cuarentón. También lo vi ejerciendo de cariñoso papá con su pequeña hija Alix Farela, entonces de siete años, al tiempo que me confesaba su admiración por José Stalin”.

Lucero y Alix Farela acompañaban a Trinidad el día en que él fue capturado en Quito, mientras buscaba unos contactos con la ONU -y con una tal Ingrid que trabajaba con la Embajada de Francia en la capital ecuatoriana- para un tema relacionado con el canje de prisioneros. Simón, Lucero y la hija de ambos habían llegado a Quito antes de la fecha prevista indagando sobre posibles sitios de reunión y, de paso, para conocer la ciudad. Para su desgracia, INTERPOL seguía de tiempo atrás a la mujer que los hospedó. Vaivenes de la vida: dieron con él buscándola a ella. Una fatalidad que puso a Trinidad ad portas de la extradición luego de ser deportado a Colombia.

Dije que Lucero estaba con él en el momento en que fue capturado. A ella no la deportaron porque no había orden de captura de INTERPOL en su contra, pero también por una hollywoodesca casualidad: en febrero del año anterior, el ejército nacional había capturado en Cúcuta a una guerrillera que se había hecho pasar por Lucero quien, en el momento de la captura de la verdadera Lucero en Ecuador, continuaba presa en Valledupar.

Ni INTERPOL Ecuador, ni los militares colombianos, ni los agentes gringos que participaron en esa captura tuvieron cómo demostrar la existencia de dos Lucero Palmera, de dos mujeres de Simón Trinidad que llevaban el mismo nombre. De modo que liberaron a la verdadera Lucero en Ecuador, quien entonces, clandestinamente, volvió al país, de nuevo se enmontó y se puso al frente de sus tareas y responsabilidades en la emisora Voz de la resistencia del bloque sur, hasta que fue abatida el pasado mes de septiembre junto con otros 26 guerrilleros que hacían parte del Frente 48 de las Farc.

El final de este amor evoca aquel poema de Idea Vilariño:

Ya no seré/ ya no/ no viviremos juntos/ no criaré a tu hijo/ no coceré tu ropa/ no te tendré de noche/ no te besaré al irme./ No llegaré a saber/ por qué ni cómo nunca/ ni si era de verdad/ lo que dijiste que era/ ni quién fuiste/ ni qué fui para ti/ ni cómo hubiera sido vivir juntos/ Querernos/ Esperarnos/ Estar  (…)/ No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca/ no volveré a tocarte/ no te veré morir.

No la vio morir. No las vio morir. La guerra, que es sinónimo de destrucción, llanto, gritos de desesperación, cuerpos mutilados, mujeres que abrazan cadáveres de niños, voces sanguinarias, espeluznamiento, es capaz de producir –en ocasiones- historias como esta de mujeres que hacen a un lado odios, miedos, duelos, lealtades familiares, y marchan en pos no de una ideología sino de un amor ¿equivocado?… Nunca. El amor nunca se equivoca. Quizás el equivocado sea el destino.

(*) Alonso Sánchez Baute es autor de Líbranos del bien, la novela que paralela las vidas de Simón Trinidad y de Jorge Cuarenta al tiempo  que describe el Valledupar de la infancia de quienes luego se convertirían en dos de los personajes más reconocidos de la actual guerra colombiana.