El valiente peregrinaje de Celsa

Dom, 19/02/2012 - 04:00
Celsa Dávila tiene la mirada triste y las manos callosas por labrar la tierra. Las mismas manos que ya no recolectan del campo los alimentos de cada día sino que toca

Celsa Dávila tiene la mirada triste y las manos callosas por labrar la tierra. Las mismas manos que ya no recolectan del campo los alimentos de cada día sino que tocan las puertas de las oficinas del Estado en Bogotá y Chocó. Hace más de 15 años fue obligada a salir de la zona rural de Riosucio: su tierra.

Tiene 40 años de edad, es menuda y no mide más de 1.60 metros. Pero sus sueños tienen más altura y eco que las balas que la persiguieron. La obligaron a caminar con los suyos durante dos semanas a través de la espesa selva chocoana para salvar sus vidas. Lo recuerda y llora. Se seca las lágrimas. Mira hacia el cielo. Toma aire. Y saca fuerzas para contar su tragedia que es la de miles en su tierra. Son más de dos mil los chocoanos los que esperan que el gobierno les ayude a regresar a su tierra de manera segura y volver a cultivar, trabajarla, vivir de ella, que es como viven los negros, dice Celsa.

Es la historia de un éxodo que  no termina y que comenzó en 1997.  Así la cuenta Celsa:

“Vivíamos en Riosucio, en la cuenca de Truandó. Salimos “volando” hacia Pavarandó en Antioquia. Cinco años después estábamos de regreso en Riosucio en el 2002.  Pero la violencia llegó y más fuerte. Masacres, asesinatos. Personas sencillas que caían, sin hacer nada. Sufrimos la humillación de la restricción de alimentos; los grupos armados que no dejaban pasar comida. El hambre la vivíamos en un territorio donde allá sobra. No podíamos ni sacar ni entrar alimentos y mucho menos medicamentos para nuestra propia comunidad.

A la marcha el 11 de febrero en Necoclí asistieron más de 25 mil personas, incluidas el Presidente y su ministro del Interior, Germán Vargas Lleras.

Tengo un recuerdo lindo,  el de mi pueblo cuando todos vivíamos allí tranquilos. La naturaleza estaba de nuestro lado. Vivíamos felices. Sin temor por la vida. De hecho la gente trabajaba bien antes de la violencia. A uno no le hacía falta nada. Las personas se morían de viejo. Todos teníamos y todos trabajábamos. El que era más pobre, tenía su motor para poder pescar y así conseguía su sustento diario. Y se trabajaban las cosechas. Porque es que allá pega de todo. ¡Ahhh, tierra bendita ésa! Uno tira cualquier mata y le pega. Claro, eso ya no lo hemos podido ver. Eso fue hace quince años de estar deambulando sin poder regresar.

Salimos entonces como cuatro mil personas. A Pavarandó llegamos 2.800, sin nada. Con una mano adelante y la otra atrás. Nos sacó el conflicto que se puso duro entre guerrilleros y paramilitares. Y para completar luego se metió el Ejército a bombardear la zona y eso si nos obligó a salir, a dejar la zona. Y el que no murió, pues le tocó correr.

Lo más fuerte de la guerra es ver a tanta gente traumatizada por los bombardeos. Traumas mentales que llevan a la locura a las personas. No comen. Se les baja las defensas y se mueren. Así le pasó a Elías, un campesino amigo de nosotros, que se enloqueció después de un bombardeo. Y así se murió: loco. Sin saber quién era y sin conocer a nadie. Muy bravo esa vida. Sin ni siquiera saber quién es uno.

Pero es que de verdad a todos en el Chocó nos ha tocado la violencia de alguna manera. Mire, yo no me recupero de la bomba que tiraron como a unos veinte metros de la finquita donde nosotros vivíamos. Justo en el patio de mi casa había una marrana. La onda explosiva fue tan brava que el animalito quedó destrozado y murió.

Diferentes organizaciones de Antioquia, Córdoba y Chocó asistieron a la marcha para apoyar la implementación de la Ley de Tierras.

Cuando yo me di cuenta de que mis hijos habían visto eso tan triste, casito me muero. De hecho hoy día tengo un hijo, el menor, que sufre de nervios y tiene problemas del corazón producto de esa explosión. Algún ruido que sea más fuerte de lo normal, lo asusta. Lo deja tembloroso por varios minutos.

Pero déjeme decirle que cuando yo vi eso no podía creerlo. Eran tantos los tiros y los morteros y fue tan tanta gente la que vi corriendo. Los sonidos de  los aviones que pasaban tan bajitos y ese ruido tan fuerte. Nos dejó a más de uno traumatizado. Dejamos todo. Todo es todo. Solo salimos con nuestros hijos.  Nos tocó salir por entre las montañas por donde corríamos. Me tocó ver a mujeres y a niños morirse en el monte por falta de atención médica. Era de a monte a monte que corríamos.

Lo único que me interesa es que podamos volver a la tierra ¿Sabe por qué? Porque el negro chocoano siempre ha estado en sus territorios y siempre ha vivido allí. Y nuestros hijos deben seguir siendo los dueños de esas tierras que siempre nos han pertenecido. Y por eso nosotros seguimos luchando.

Con la Ley de Restitución de Tierras y Reparación de Víctimas podemos lograr eso. Por eso vinimos aquí hasta Necoclí. A decirle al gobierno que lo apoyamos y que si la aplican como es debido, puede funcionar. A nosotros el tema de la reparación económica no es que nos trasnoche. Lo que nos sirve a los que quedamos vivos, es tener una tierra para trabajarla. En estos momentos la gran mayoría de las poblaciones de las comunidades afectadas en el desplazamiento del que fui víctima  están regadas por varios municipios:  Apartadó, Medellín, Necoclí. Y el miedo de todos es grande. El miedo a que uno lo maten es muy bravo.

Después de todo, lo que nosotros queremos, es poder levantarnos una mañana con el sonido de las gallinas y los marranos; sabiendo que ya estamos en Truandó, de donde no debimos salir nunca”.

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