La bella historia de Betty, La fea

La bella historia de Betty, La fea

30 de julio del 2011

Mientras Osama Bin Laden ultimaba los detalles de los atentados contra las Torres Gemelas y George W. Bush ordenaba un bombardeo de “rutina” en la zona de exclusión aérea en Irak, en Colombia las cosas no iban nada bien en el primer semestre de 2001. El 9 de febrero, el presidente Andrés Pastrana había firmado el Acuerdo de los Pozos, con el que desatascó el Proceso de Paz con la guerrilla de las Farc, luego de una crisis de tres meses. Y en esa calma tensa sabía que, además de la grave situación de orden público, para su gobierno podía ser fatal un escándalo de corrupción como el que se gestaba en esos días en Yo soy Betty, La Fea, la telenovela más exitosa de la historia según el libro de los Guinness Records, con emisiones en más de cien países, doblada a cerca de quince idiomas y con más de 22 adaptaciones alrededor del mundo.

Beatriz Pinzón, más conocida como Betty, La Fea, maquillaba el estado financiero de la empresa donde trabajaba, Eco Moda; creó una empresa de papel, Terra Moda, y pensaba si aceptar o no un soborno de ochenta mil dólares para cerrar un negocio ilegal. Por eso, el Presidente de la República decidió levantar el teléfono y llamar al Canal RCN. Lo mismo hicieron el vicepresidente, Gustavo Bell Lemus; el propietario del canal, Carlos Ardila Lülle, y cientos de televidentes que le pedían a Fernando Gaitán, el libretista y creador del personaje, que hiciera lo posible para evitar que Betty cometiera un delito. Incluso, el Fiscal General de la época, Alfonso Gómez Méndez, escribió en el periódico El Tiempo un artículo en el que hacía una grave declaración: “se ha dicho que Betty es la reivindicación de las feas, y la expresión de una colombiana modelo. Nada más alejado de la realidad. La Betty de la novela no sólo no es modelo, sino que debería estar en la Cárcel La Modelo, o en el Buen Pastor, como casi todos los demás protagonistas”. Fraude procesal, estafa, abuso de confianza, contrabando y falsedad en documento eran algunos de los delitos que el Fiscal le “imputó” a Betty La Fea y sus compañeros de telenovela. Otros columnistas como D’Artagnan, Carlos Lemos y Juan Lozano, también escribieron sobre el tema.

El tema se volvió tan delicado que cualquier decisión que Gaitán tomara para el desarrollo de la historia debía ser consultada con diferentes oficinas del Estado: si hablaba de exportaciones, debía llamar al ministro de Comercio Exterior; si hablaba de contrabando, debía hablar con el director de Impuestos y Aduanas, y si Betty hablaba de negocios con otros países, Gaitán debía llamar al ministro de Relaciones Exteriores y diferentes embajadores. “Eso es una muestra de la doble moral del país”, le dijo Gaitán a la prensa, “¡cómo se escandalizan con 80 mil dólares de una empresa privada cuando al país se lo roban a diario, a borbotones, en la más absoluta impunidad!”. “¡Cómo estará de mal el país que tiene que buscar la reivindicación en los personajes de la ficción!”, afirmó la actriz del elenco Celmira Luzardo. “¿Por qué los colombianos somos tan morales en la ficción y tan corruptos en la realidad?”, se preguntó Germán Rey, experto en medios de comunicación.

Según el libro de los Guiness Records, Bety La Fea ha sido la telenovela más exitosa del mundo entero.

De hecho, algunos funcionarios del Gobierno se metieron a la telenovela para ver qué pasaba. Fanny Kertzman, directora la Dian en la época, aceptó una invitación para aparecer en un capítulo sobre contrabando y promover la lucha contra la entrada ilegal de telas al país. Noemí Sanín y María Emma Mejía también fueron invitadas, pero al final Betty las dejó plantadas por temor a involucrarse en sus campañas políticas –Sanín a la Presidencia y Mejía a la Alcaldía de Bogotá–. El presidente Pastrana y su esposa también se quedaron por fuera, porque, al parecer, a Nohra Puyana le pareció de mal gusto la invitación. Sin embargo, el Presidente no se quedó con las ganas y al ver a Betty en una calle de Cartagena la saludó en medio de las cámaras de todos los noticieros de television. El único que no pudo captar el encuentro fue, de forma irónica, Noticias RCN.

¿En qué momento una telenovela se convirtió en un problema de Estado? ¿Quién tenía la culpa? El libretista Dago Garcia ha dicho que “la telenovela es esquizofrénica, en ella puede pasar cualquier cosa. Es alejarse de la realidad”. De ser así, ¿por qué el presidente, su vicepresidente, el Fiscal General, varios funcionarios del Estado y empresarios movieron sus influencias más allá del territorio nacional para inmiscuirse en los asuntos de la ficción televisiva? ¿Acaso Yo soy Betty, La Fea, era una especie de muñeco vudú, donde las cosas que ocurrían iban a tener consecuencias directas en la vida nacional? La respuesta es tan puntual como un dictamen médico: Betty La Fea se le salió de las manos al país y hasta a su protagonista, Ana María Orozco, quien sufrió de gastritis, insomnio y, se dice, de abuso de alcohol. Incluso, durante las grabaciones se divorció de su ex esposo, Julián Arango –quien hacía el papel de Hugo Lombardi, el estilista gay–, una situación que obligó a la producción a hacer sus escenas por separado y que llevó a Ana María a tener una pelea con la prensa, que la calificó de antipática y grosera por no querer hablar sobre su vida privada. Yo soy Betty, La Fea, creó una epidemia de esquizofrenia que contagio desde las cocineras y aseadoras hasta al Presidente de la República.

El día que Armando Mendoza llevó a Betty a una discoteca y le dio su primer beso, siete millones de personas vieron la telenovela. Es decir, un público equivalente a la población de Bogotá de la época, conectado en simultánea al televisor. Si no existiera la línea que separa la ficción y la realidad, si los personajes de las telenovelas fueran ciudadanos comunes y corrientes seguidos todo el tiempo por cámaras, Armando y Betty no habrían podido ir a la discoteca, porque sus propietarios la tendrían cerrada y estarían en sus casas viéndolos por televisión. Los colombianos no quitaron la mirada de Betty La Fea ni siquiera en las goleadas de Argentina a Colombia en la eliminatoria al Mundial de Fútbol Corea-Japón 2002. Tampoco hizo efecto en el rating el suspenso futbolístico de los dos partidos contra Brasil en la misma eliminatoria, con marcadores de 0-0 en Bogotá y 0-1 en Brasil, con un gol que atravesó el arco de Óscar Córdoba en el último respiro del minuto 89.

Desde el primer capítulo, con un rating de 36.2 puntos, Yo soy Betty, La Fea, hizo que la telenovela colombiana conociera números nunca antes vistos: un rating máximo de 54.7, en el capítulo de la discoteca –esta cifra ya fue superada por otra telenovela de Gaitán, A corazón abierto–; ingresos por publicidad de 1.4 millones de dólares al mes, con un valor de 35 millones de pesos el minuto y cerca de 280 millones de pesos al día, sin contar la publicidad disfrazada de marcas que los personajes nombraban, como Pantene, Max Factor, Orbitel, Telecom, Comcel, Mercedes Benz, Skoda y medias veladas Ritchie. Ana Maria Orozco, la actriz que encarnó a Betty, recibió un sueldo mensual de cerca de 25 mil dólares, uno de los más jugosos de la época, y RCN hizo uno de sus mejores negocios: los 338 capítulos fueron vendidos a más de cien países a precios que oscilaban entre 1.200 y 8.000 dólares –su producción costaba entre 40 y 50 mil dólares–, y por primera vez un canal colombiano vendió juguetes –cerca de treinta mil muñecas de Betty fueron distribuidas por todo el país–, álbumes –se vendieron cerca de cien mil ejemplares, de 204 laminas cada uno– y libros con las frases celebres del personaje. En Colombia, Costa Rica, Honduras, Guatemala, Argentina, Venezuela y Panamá se hicieron operativos antipiratería por la proliferación de productos de la telenovela sin la autorización de RCN. La versión estadounidense, Uggly Betty –escrita por la libretista de la serie Friends, Alexa Junge–, produjo también una gran serie de productos, desde libros, revistas, calendarios, tarjetas de felicitaciones, muñecas y una edición especial de Coca-Cola que se vendió en la exclusiva tienda londinense Selfridges. Incluso, la Superintendencia de Industria y Comercio en Colombia rechazó la solicitud de un comerciante que quería registrar el nombre Eco Moda para su empresa.

Pero Yo soy Betty, La Fea, no sólo revolucionó a Colombia. La primera en advertir la avalancha fue la mamá de la protagonista, la ex locutora de radio Carmenza Aristizabal, quien vive en Rusia y encontró una revista que hablaba de la telenovela en caracteres cirílicos. Todo llegaría a tal punto que la congresista estadounidense Hilda Solis felicitó a America Ferrera al recibir el Golden Globe por su actuación en la versión estadounidense, Uggly Betty. Además, la revista Time la incluyó en su lista anual de los cien personajes más influyentes del mundo, por atacar los estereotipos con su personaje. En Perú y Nicaragua se hicieron concursos para encontrar a la doble de Betty la Fea. En Chile, el tema se fue un poco más hondo: algunos avisos clasificados buscaban secretarias que se parecieran al personaje, la telenovela fue parada en verano para que la gente no se la perdiera por culpa de las vacaciones y los actores chilenos se quejaron porque por primera vez en la historia un canal cancelaba y movía del horario a un par de telenovelas nacionales para pasar una producción extranjera. En Costa Rica, la Sala Constitucional rechazó una denuncia de un estudiante de psicología, que argumentaba que la serie debía cancelarse porque se sentía discriminado como feo. En Ecuador se vivió una guerra sangrienta del rating, donde cambiaron horarios y alargaron producciones porque Betty tuvo un rating de más de 40 puntos, cuando lo normal para una producción extranjera era de la mitad. En Brasil, el tema fue más complejo: el canal Globo adquirió los derechos, pero no para emitirla, sino para impedir que lo hiciera su competencia, el Sistema Brasileño de Televisión (SBT). Brasil, una potencia en producción de telenovelas, no adquiría una telenovela extranjera desde la década de 1960. Sin embargo, un canal creó una versión propia, que tuvieron que maquillar con situaciones absurdas –como la aparición de unos herederos desconocidos– para no ser demandados por RCN. En Australia, el primer capítulo de Uggly Betty fue visto por 2.03 millones de personas (el 10% de la población del país), una cifra que la posicionó como uno de los cinco programas con mayor rating en la historia de su televisión. En Alemania, en cambio, no le fue tan bien a la version estadounidense, porque ya contaban con una versión propia, que tuvo tanto éxito que fue comprada por Italia y Francia. En Polonia, Betty se llamaba Ula; en Brazil y España, Bela; en India, Jassi, y el tema no era de belleza ni fealdad, sino de una mujer con fuertes valores morales que entra al mundo banal de la moda; en Turquía se trataba de Gönül, en Rusia de Katya, en Holanda de Lotte, en Grecia de Maria, en Serbia de Nina, en República Checa de Katka, en Bélgica de Sara, en Vietnam de Huyền Diệu –esta es la versión más fiel a la original de Gaitán–, en el Líbano de Letty, en China de Wudi –que traduce de forma literal “sin rival”, y su primer capítulo fue visto por 73 millones de personas–, en Georgia de Tamuna, en Rusia de Alisa, en Malasia de Manjalara, en Venezuela se trataba de Valentina –y era gorda–, en México y Portugal Betty era Alicia, pero en el país europeo la historia tomó un rumbo inesperado: Alicia tenía una hermana gemela perdida muy sexy.

Desde el café, la coca, Shakira y los libros de García Márquez, un producto colombiano no tenía un éxito de tal magnitud en el mundo. Tuvieron que pasar cerca de cuarenta años para que ese medio tan subestimado como la televisión colombiana alcanzara la fama mundial. “La televisión es un medio tan poderoso que puede darse el lujo de ser mala”, escribió el escritor Hector Abad Faciolince en un artículo sobre la telenovela en la revista Número. “Los guionistas, en ese ritmo con hipo de muchas medias horas salpicadas de comerciales, saben que no necesitan esforzarse mucho, los productores no saben que no quieren gastar demasiado: apagar, lo que se dice apagar la televisión, eso no lo van a hacer las mayorías”, concluye Abab Faciolince, sin saber que esa misma idea, la de las mayorías, la tuvo el General Rojas Pinilla al final del verano de 1936 en Berlín. El dictador colombiano, por su experiencia como ingeniero civil, fue enviado a la Alemania nazi para adquirir la maquinaria necesaria para la fabricación de municiones en Bogotá, y allí, el 1 de agosto de 1936, al presenciar el discurso de inauguración de Hitler de los Juegos Olímpicos de Berlin 1936, se dio cuenta de que el futuro estaba en la televisión. Las imágenes aéreas tomadas desde el dirigible Hindenburg –la aeronave más grande que se ha construido en la historia–, la puesta en escena encargada al arquitecto Albert Speer y la fotografía planeada por Leni Riefenstahl, se convirtieron en la primera señal televisiva en salir del Planeta hacia el Espacio. El entonces teniente coronel Rojas quedó fascinado, tanto así que un año después de su Golpe de Estado, el 13 de junio de 1954, celebró el aniversario de su ascenso al poder con la primera transmisión televisiva.

Fernanado Gaitán su creador es en la actualidad el vicepresidente de contenido del Canal RCN.

El primer día de la television colombiana habló Gustavo Rojas Pinilla, y el segundo hizo su primera aparición el actor Carlos Muñoz, quien había hecho obras del teatro universal en la radio nacional. Así nació el Instituto Nacional de Radio y Televisión (Inravisión), una especie de radio en imágenes que se instaló en los sótanos de la Biblioteca Nacional. En algunas ocasiones llegaba la hora de la emisión y no tenían nada preparado. Lo único que podían hacer era que el encargado de la musicalización tocara piano con una peluca para imitar a Beethoven.

Clemencia Rodríguez, en su libro Historia del melodrama televisivo colombiano, dice que era una televisión culta, de teatro filmado –se hicieron muchas obras de Camus, Molière, García Márquez, Terencio, Kafka–, donde las producciones no mostraban las acciones, los actores no estaban en situaciones, sino que todo se hacía en estudio, no había medios para grabar y los actores debían narrar en vez de actuar. La Vorágine, de José Eustasio Rivera, se grabó en estudio, con ramas cortadas de árboles que al cabo de unas horas ya estaban marchitas por la falta de agua y el calor de las luces. El actor Armando Gutiérrez recuerda que, por ejemplo, se hicieron lagos en estudios con ayuda de los bomberos e incendios con pilas pequeñas de heno. Un profesor de actuación japonés, Seki Sano, discípulo del director y actor ruso Stanislavski, había sido contratado para enseñarle a los actores del país a actuar para el nuevo medio, pero el Servicio de Inteligencia Colombiano lo deportó por comunista. Los actores nunca  podían ver su actuación porque el programa era en vivo y, además de actuar, debían pintar los decorados y los créditos de las producciones en carteles. Los ensayos se hacían todos los días en la mañana y la tarde, y en la noche se transmitía en vivo.

Cuando se acabaron las obras de teatro para filmar, los libretistas trabajaron con libretos de radionovelas. Algunas veces debían reescribirlas, insertándoles escenas en las que no pasaba nada para que los actores tuvieran tiempo entre una y otra para cambiarse de ropa o llegar hasta el otro lado del set. Julio César Luna fue uno de los mayores damnificados de esa época. En la telenovela Dos rostros, una vida, interpretó a dos gemelos, uno malo y bueno. Para poder cambiarse en poco tiempo y hacer los dos papeles tenía tres asistentes que lo desnudaban y lo vestían en pocos segundos. Se equivocaron muchas veces y salía vestido de bueno para hacer el papel del malo. Para ayudarle a los actores en estas situaciones, los cortes comerciales eran mucho más largos que en la actualidad, con una duración de hasta de ocho minutos.

Sin embargo, el público rechazó las telenovelas en sus inicios, porque estaba acostumbrado a ver obras cultas, y no melodramas absurdos como Infame mentira, donde un ciego y una paralítica se enamoran por teléfono y los dos esconden su condición por temor a que el otro se entere –al final ella camina y él recupera la vista por un truco psicológico–. Los libretistas intentaron hablar del país y de su historia, con telenovelas como La Alondra, sobre Policarpa Salavarrieta, pero su fracaso fue rotundo. Los directivos de las productoras de la época, Punch y RTI, casi desisten en hacer telenovelas, pero el público las aceptó poco a poco y los anunciantes tuvieron fe. Los campesinos que emigraban a las ciudades se acostubraron con facilidad a las telenovelas porque sus historias ya las habían escuchado en las radionovelas. Además, el país y el continente bailaban al ritmo del bolero y el tango, melodramas musicales que habían preparado a las personas, sin saberlo, para ser los consumidores de las telenovelas que vendrían en el futuro.

Hacer televisión fue una verdadera pesadilla hasta 1967, cuando llegaron los primeros equipos de video que grababan en cinta, una tecnología que permitió salir de los estudios para captar los personajes, los paisajes y crear situaciones. Los actores ya no “decían” qué ocurría en sus historias, ya no declamaban parlamentos, sino que actuaban, vivían la historia al frente de las cámaras. El país, por fin, pasó por la television y se convirtió en ese reflejo del que pocos logran huir, esa realidad aparte que crea ataques de esquizofrenia colectiva: al pueblo de Tabio, Cundinamarca, le quitaron la luz durante tres días para la grabación de Aura o las violetas, inspirada en la obra de Vargas Vila; el libretista Fernando Soto Aparicio viajó al Eje Cafetero para escribir La cosecha; La mala hierba, de Juan Gossaín, fue la primera telenovela en tocar el tema del narcotráfico, y generó tanta polémica que, por decisión de una junta de Inravisión, Gossaín tuvo que volver a escribir el final para que los narcotraficantes recibieran un castigo ejemplar. A la actriz Dora Cadavid –quien hacía parte de El Cuartel de las Feas en Yo soy Betty, La Fea–, por ejemplo, la sacaron de un almacén pegándole con una sombrilla y una cajera de banco no la quiso atender por culpa de sus papeles antagónicos. Armando Gutiérrez recuerda en el libro de Clemencia Rodríguez que “en television se llegó a ese naturalismo en que el televidente debe olvidar que tú eres un actor”. Por eso, a Caracol Televisión llegaban cartas en que los televidentes se quejaban porque Carlos Muñoz usaba camiseta por debajo de la guayabera en Caballo viejo. “Las cosas que pasaban no eran ya contadas por los personajes, sino que ahora sucedían en la pantalla”, afirma Rodríguez. Por eso, la ficción de la telenovela debe tener mucho de realidad. Y eso sí que lo tiene claro Fernando Gaitán.

De las más de mil personas que trabajan en RCN Televisión, sólo Gaitán puede fumar en su oficina. Esa fue su única exigencia para irse a las instalaciones del canal y dejar su apartamento en la calle 85 en Bogotá, donde trabajaba en paz y soledad, combinando paseos largos en bicicleta con jornadas de escritura a ritmo de jazz, dos termos de café y dos paquetes de Marlboro al día. Así, el hecho de que Gaitán fume en su oficina demuestra el gran poder que tiene en RCN.

En la actualidad, Gaitán es el vicepresidente de contenidos de RCN. No tiene tiempo para leer libros y duerme cinco horas al día con la luz y el televisor prendidos. Recién separado de su ex esposa, Esperanza González, durmió en la cama tendida cerca de seis meses. Allí, entre dormido y despierto, ve todas las películas y series que puede. Los Soprano y La ley y el orden son sus favoritas. Otra de sus obsesiones son las bicicletas. Tiene diez en sus casas de Cartagena, Anapoima y Bogotá. De esa forma, contrarresta los peligros del café y el cigarillo, su combustible para escribir. Según el escritor y director de cine Guillermo Arriaga, Gaitán es el mejor escritor de televisión del mundo.

–¿Qué pasó aquí? –dice cuando se sienta en la mesa de juntas de su oficina y ve que su televisor sintoniza el Canal Caracol. Alguien lo puso por accidente. Gaitán toma el control y pone el Chavo del Ocho, en RCN. Un mosco atraviesa con descaro la nube de humo de su cigarrillo. El sonido de un grillo desvía cada tanto su atención: es su Blackberry, que reposa al lado de un iPhone. Con estos dos aparatos, el mosco que vuela en su oficina, el humo de un cigarillo interminable y una asistente que entra y sale cada tres minutos, intenta responder cuál fue el truco para crear Yo soy Betty, La Fea. Dice que, quizá, sea algo que aprendió de su primera pasión, el periodismo. Gaitán es un lector voraz de crónicas, en especial de Alfredo Molano y Alfredo Iriarte. Empezó a los 22 años como redactor judicial de El Tiempo, sin haber pasado por ninguna universidad. Continuó en la revista Al día y Semana, hasta que llegó al mundo de los libretos. Por eso, para escribir A corazón abierto, el remake de la serie estadounidense Grey’s Anatomy, hizo lo mismo que haría un periodista: entrevistó a cerca de cuarenta médicos, leyó estudios de la Secretaría de Salud Distrital de Bogotá sobre las enfermedades más comunes y aprendió del comportamiento de los médicos en el país. Así pudo crear un relato verosímil que le permitiera a la gente ver un drama médico y humano con el que se identificaran. El elenco de artistas lo escoge en secciones lectura de libretos con actores.

Sin embargo, existe un factor de éxito que no menciona, quizá porque le parece obvio: tanto Guajira como Café con aroma de mujer, Yo soy Betty, La Fea, y Hasta que la plata nos separe, tienen una característica común: son universos laborales, el mundo del carbón, del café, de la moda y la venta de automóviles. En algún momento quiere hacer algo sobre el mundo del petróleo, de la televisión y el cine. A Gaitán le gusta encerrar a sus personajes en mundos para acrecentar el drama, mostrar con facilidad las diferencias sociales y tener la tensión bajo control. Y para eso, debe acercarse a la realidad para robar situaciones cotidianas, o como dicen los periodistas, “hacer reportería”. Laura, por favor, una serie de los años noventa, está inspirada en la temprana adolescencia de su hija Luisa Gaitán. Un sinnúmero de situaciones de Hasta que la plata nos separe las tomó de experiencias de la familia de su ex esposa, comerciantes del mundo automotriz. De igual manera pasó con Yo soy Betty, La Fea, que partió de su observación de las secretarias del canal y de visitas que hizo a fábricas de textiles. Su obsesión son los universos laborales. Gaitán encierra a los personajes en espacios para tener control supremo sobre la tensión, el drama y las diferencias sociales.

Los personajes de Gaitán no son de papel. Son tridimensionales. Sus personajes antagónicos, por ejemplo, los matiza con la ayuda del humor. Para lograr este detalle en Yo soy Betty, La Fea, fue primordial la participación del director Mario Riberos, de series como Vuelo secreto, con quien trabajó de la mano en la telenovela. Gaitán y Riberos tienen claro este punto: no pueden hablar “del malo del paseo”, sino de “opositores de historia”, personajes que bloquean las acciones de otros.

—Yo, por sólo el hecho de existir, soy el opositor de alguien, de alguien que podría estar en mi puesto, de los productores, del actor que cree que debe actuar de otra forma, de los libretistas. Por eso no hablamos de “el malo del paseo”, porque alguien, por muy malo que sea, siempre quiere a algo, a la mamá, a los hijos, a los perros, a alguien –dice Gaitán, y olvida otro gran punto a favor suyo: el humor. Sus antagonistas son personajes graciosos, y con eso, con el humor, despacha con facilidad una de las mayores críticas en contra de las telenovelas: la lentitud. Sí, las telenovelas son lentas, pero eso hace parte del género. Deben ser lentas porque la telenovela se mete en la cotidianidad de sus personajes. Si hay risas, no importa que la historia vaya muy despacio.

Con el humor, Gaitán despacha con facilidad una de las mayores críticas en contra de las telenovelas: la lentitud. Y en él, el humor es innato. Su hija Luisa Gaitán recuerda que después de un día de diligencias para que la policía le regresara su carro en Cartagena por haber cometido una infracción, un policía volvió a detenerlos minutos después de rescatarlo porque habían hecho otra infracción de la que no se percataron. “Se lo regalo, lléveselo a su esposa”, dijo Gaitán bajándose del carro. El policía no tuvo otra opción que dejarlos ir.

Así, se podría afirmar que el éxito de Gaitán radica en que es “observador, meticuloso, se roba de lo cotidiano circunstancias comunes que nadie se da cuenta que pasan y que a veces son tristes, a veces graciosas, pero así es la vida”, dice su hija Luisa. Las historias y personajes viven el día a día con el televidente, que se identifica con ellos y se vuelve su amigo. Y así, en ese juego de realidades que se repiten sin cesar en la television colombiana, hasta el presidente y el Fiscal tienen derecho a confundirse y pensar que también gobiernan el territorio de la ficción.