Los japoneses se estrenan en Colombia

Lun, 26/03/2012 - 09:18
Desde mi puesto de buen acomodo oteo con curiosidad el teatro, la escenografía y el público asistente a la obra teatral a punto de comenzar. El Roberto Arias de Cols

Desde mi puesto de buen acomodo oteo con curiosidad el teatro, la escenografía y el público asistente a la obra teatral a punto de comenzar. El Roberto Arias de Colsubsidio henchido a reventar y permitiendo la reunión en donde se funden razas, nacionalidades y toda clase de especímenes ávidos de cultura. El honor corresponde esta vez a la pieza ‘Peer Gynt’ del famoso dramaturgo noruego Henrik Ibsen, de quien veremos también próximamente una versión teutona de su célebre ‘Casa de muñecas’. La peculiaridad: esta versión a la que asistí es interpretada por una troupe japonesa bajo la batuta del conocido Satoshi Miyagi quien ya, anteriormente, nos había deleitado con una bella ‘Medea’.

La escenografía estupenda y no menos sobria: un tablero de juego de mesa doblado, la mitad constituyendo el piso y la parte restante cumpliendo el oficio de telón de fondo. Algunas de sus casillas huecas por donde se deslizan ágilmente los actores-bailarines. La metáfora intuida parece clara: la vida de Peer Gynt -el personaje central de la obra- es una ficha que se desplaza al azar sobre las casillas de juego, y así nos lo anuncia desde el inicio de la partida un intérprete que juega a los dados desplazando sus fichas. Esas casillas sobre las que la obra transcurre, incluyen paradas de: ambiciones no retenidas de riqueza y poder, juergas, deslealtades, inmisericordias con el prójimo, mujeres tratadas con deseo pero sin aprecio, y otras tantas innobles acciones del personaje, para culminar con una casilla final: la del arrepentimiento redentor, en parte incitado por la persecución de la implacable y castigadora Parca. El director nipón ha hecho corresponder los diferentes movimientos sobre el tablero con la obra de Ibsen, pero con una interpretación y adaptación -no forzosamente fiel- muy oriental. He ahí la originalidad, como lo es también el acompañamiento permanente de una orquesta alrededor del tablero-escenario dirigida por una mujer que capitanea instrumentos de percusión orientales y africanos. La orquesta misma es parte inclusiva de la plantilla de intérpretes. Estupenda sonorización, así se añore la bellísima composición original de Grieg. Luego, capítulo aparte es el vestuario que también destaca por su mesura y amplísima variedad que pone visualmente en relieve la muy buena labor interpretativa de estos actores.

Mis recomendaciones, entonces, para asistir a esta lucida presentación que mezcla dramatismo con elementos jocosos y de comedia; no dejará, estoy convencido, indiferentes a iniciados o no en estas gestas teatrales que nos brinda este XIII Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá.

Colofón triste: aún extasiado con esta mezcla teatral nórdica-nipona, llegué al filo de la noche a casa, ya los columnistas habían “colgado” sus artículos domingueros en la prensa y, oh sorpresa, me encuentro con la bochornosa columna del escritor Héctor Abad Faciolince, que tal vez con afán de fútil singularidad y provocación, declara que el teatro es una actividad de usanza del pasado, que lo detesta y que es una de sus fobias, que no frecuenta una de sus salas ni arrastrado; ay, ojalá tenga ocasión de rectificar tamaño desvarío. Para exorcizar este mal momento, recordé que en el pasado me he deleitado con algunos de los libros del escritor de marras.

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