Luz Adriana Pinilla: del dolor a la libertad

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Luz Adriana Pinilla: del dolor a la libertad

28 de abril del 2018

La mañana de ese sábado Adriana llegó a la rivera del río. Iba a bañarse como de costumbre. Era una de las pocas cosas que le permitía escapar del martirio que era su hogar. Con apenas 11 años ya estaba casada con un hombre que le triplicaba la edad y constantemente la maltrataba y humillaba.

Entonces los vio atravesar el río. Algo había en su uniforme verde olivo que le parecía atractivo. Caminaban con confianza, sin miedo, sin temor. ¿Quiénes eran esas figuras sonrientes, llenas de fuerza y vigor? Tras observarlos por unos minutos logró identificar sus insignias: eran de la guerrilla.

Con la poca inocencia que le quedaba, pensando que se trataba de un juego, se acercó a ellos, y con una sonrisa tímida les pidió unirse. Uno de los guerrilleros pidió sus datos y le dijo que pronto tendría noticia de ellos.

Adriana Pinilla tiene 36 años, nació en Natagaima, Tolima. Se crió con su bisabuela hasta los 9 años, edad en que su madre la recogió. Con ella vivió días llenos de maltrato y dolor. Era golpeada, amarrada y encadenada con frecuencia. “Cuando tenía 11 tomé la decisión de irme porque me dejó por fuera toda una noche. Ese día cinco personas abusaron de mí”.

Desesperada, buscó cualquier excusa para escapar. Sin pensarlo, decidió huir con un hombre mayor que le prometió seguridad y amor. Nada podría ser peor, se dijo en su interior repetidas veces. Grave error. Durante los meses siguientes se multiplicaron los golpes, los ataques, los insultos. Poco a poco en su cuerpo quedaron grabadas las marcas del abuso, mientras servía a esa persona que resultó ser un monstruo.

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Un día, aprovechando que su esposo no estaba en casa, se fue a dar un paseo al río. “Allá estaban los de la guerrilla. Vi unas caras como de las personas que aparecen en revistas y en televisión. Eran altos, acuerpados y las mujeres muy bonitas. Para mí fue como una fantasía de niña. Quería ser así”.

Cuando les dijo que quería unírseles, no pensó que fuera en serio. Volvió a su casa creyendo que nunca vería de nuevo a esas personas. Pero dos semanas después golpearon a su puerta. “Me dijeron que de ahora en adelante era parte de la guerrilla”.

Escuche aquí la entrevista de Marianne Ponsford a Luz Adriana Pinilla

Ese mismo día dejó todo atrás. En sus manos solo llevaba un equipo básico que le entregaron que incluía un par de botas de caucho, un toldillo, camiseta manga larga, talco y un pantalón con camuflado. A partir de ese momento entró a engrosar las filas de la guerrilla.

“Pasé muchos años allí. Como quince años. Era muy duro ver otros niños con los que uno prácticamente se crió que eran heridos o se morían en combate. El trato era muy difícil y no se sabía cuándo alguien regresaba con vida o no. Si alguien desobedecía una orden, le hacían consejo de guerra y lo fusilaban”.

En su estancia en la selva quedó embarazada tres veces. El primero fue raptado por una familia que se lo llevó a Puerto Carreño. La segunda se la quitaron de inmediato y hasta el momento no la conoce. La tercera vez nació Johnatan. En esta ocasión no estaba dispuesta a alejarse de su pequeño.

“Mientras estaba embarazada hicieron de todo para que abortara. Me ponían a partir leña, hacer trincheras, montar campamentos, en fin, cosas de fuerza para que lo perdiera. Pero yo me cogía el vientre y le decía: ‘¡Usted no se me puede salir! Usted tiene que nacer bien’. Y no sé cómo, pero no se me vino, nació bien”.

Pero un niño en la guerra es un estorbo hasta que puede cargar un fusil. Con solo ocho días de haber parido fue separada de su hijo. El pequeño quedó bajo el cuidado de otra mujer que vivía en una finca cercana, y pocas veces podía ir a visitarlo. Cuando Adriana era desplazada a otro campamento, Johnatan también era pasado a otra casa, con una nueva familia.

Nueve años transcurrieron y las cosas seguían igual. Salvo unas breves y esporádicas visitas (cada cuatro o seis meses), Adriana pasaba su vida en el monte mientras Johnatan era criado por extraños.
Quince años llevaba en la guerrilla cuando por fin tuvo posibilidad de escapar. Un día tuvo un fuerte dolor en las muelas, al punto de ser llevada a un centro médico de un pueblo cercano al campamento. Allí la visitó su hijo, que sin vacilación le dijo: “O te escapas conmigo o me muero”.

Adriana no lo pensó dos veces y con ayuda de un médico logró salir de allí en un camión que llevaba dentro todo tipo de frutas. Duró un mes escondida en Arauca, tiempo en el que su pequeño sufrió desnutrición. No sabía si llevarlo a un hospital por miedo a ser capturada.

Un día, oyendo radio, escuchó un llamado en la emisora de la Policía Nacional que invitaba a los guerrilleros a desmovilizarse. Sin dudarlo dos veces, llamó, sin contar que en cuestión de minutos habían varios uniformados frente al lugar donde estaba viviendo.

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“Tenía miedo y no les abrí. En el monte me habían dicho que si la Policía se enteraba que era guerrillera me mataban o torturaban. En la radio dijeron que la persona que llamó no tuviera miedo, que iba a tener trabajo, a estudiar y un montón de cosas que al principio yo no creía. Volví a llamar, pero yo dije que iba hasta allá, y allá llegué”.

Al llegar le brindaron atención médica a su hijo y recibieron alimentación. Recibió ayuda psicológica y una pequeña suma de dinero para iniciar su nueva vida. Una vida que dependía de ella y sus decisiones. Una vida que ella construiría sin intervención de un falso salvador que se convierta en verdugo.

Regresó a Tolima, compró un colchón y alquiló una habitación. Iniciar una nueva vida no fue nada sencillo. Sin recursos, con el rechazo de su familia y sin nadie a quien acudir, Adriana centró sus fuerzas en sacar adelante a su hijo. Gracias a esa determinación pudo terminar su bachillerato, realizó un curso de panadería y repostería en el SENA e inició estudios de procesamiento de alimentos, aunque no pudo terminar por un accidente.

“Quiero seguir estudiando. Estoy muy contenta y quiero salir adelante, continuar con mi hijo, que es una bendición, todo hermoso. Me ayuda, trabaja y estudia. Se la pasa diciéndome que no me rinda, que siga trabajando y estudiando”.

Ha trabajado en almacenes de cadena y como empleada en diferentes casas. Busca cualquier forma por sobrevivir, algo que sería imposible si no tuviera a su lado a su hijo: “Ahorita tiene 21 años. Es lo máximo. Lo mejor que tengo es él. Me sacó de la guerrilla y me da fuerzas por seguir batallando. Además estoy en una fundación. Gracias a los psicólogos y a mis compañeros aprendí a perdonar y pedir perdón, que tal vez fue lo más difícil que tuve que hacer en mi vida. Hoy vivo tranquila, sin rencor a mi mamá ni nadie que me hizo daño”.

El camino de Adriana no fue sencillo y a pesar de que todavía pasa algunas necesidades, asegura que nunca se sintió más feliz: “Me siento contenta de mí misma, de haber sacado fuerzas de donde no tenía. Sufría de depresión postraumática y vivía con miedo a todo. Pero aprendí a dominar todo eso”.