“Me volvieron mierda la vida”

“Me volvieron mierda la vida”

29 de Enero del 2013

Las balas, el dolor y la muerte no han resquebrajado su espíritu, lacerado en cambio por la injusticia. Ludys del Carmen Palencia Cabrales ha sobrevivido a cinco atentados, estuvo dos meses en coma y volvió del limbo para seguir sufriendo. Aunque ha enviudado en dos ocasiones, su corazón roto sigue sintiendo amor. Una de sus hijas estuvo a punto de ser violada y otra intentó suicidarse en dos oportunidades. Dos petardos han estallado al pie del zaguán de su casa. Un par de veces ha tenido marcharse con ayuda de la Cruz Roja. Pero lo que más le atormenta es que todo haya empezado cuando la desterraron, cuando siendo campesina no la dejaron vivir en paz.

El reclamo que empezó siendo suyo y que luego se convirtió en una lucha de multitudes por la secular reivindicación de la tierra, le ha traído desgracias y lágrimas. Cuando se le pregunta ¿hasta cuándo?, baja la mirada y con tono sereno responde: “Me he vuelto resistente y digo: ‘yo no me voy, acá seguiré’”.

Carmen Palencia nació en Valencia (Córdoba) hace 48 años. El poblado, como la región, siempre fue cobijado por la violencia. En su niñez, dice ella, a pesar de todo, no hubo acciones graves por parte del brazo guerrillero que arreciaba cerca. “Cuando era niña lo que recuerdo es que quemaron la Registraduría de Valencia y a raíz de eso me tocó registrarme nuevamente, porque se perdió todo”.

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Su crianza se la debe a su abuela, a quien recuerda como una mujer entregada a las obras sociales. Además estudió su primaria en un colegio de monjas, quienes también le inculcaron un activismo humanista. “Mi abuela, con otras señoras de clase media y las monjas de mi colegio, hacían parte de un comité para reunir fondos para auxilios médicos a personas que no tenían forma económica de recibir atención. Hacíamos rifas, tamales, vendían novillas… todo lo que pudiéramos”.

Cursó el bachillerato en Barranquilla, pero solo hasta grado décimo. A los 18 años se casó, a falta de un año para graduarse. Volvió a su natal Valencia y con su esposo compraron una finca, en compañía de un socio. Vivieron de la agricultura y del comercio. Eran mediados de los años ochenta y Palencia tenía la vida de cualquier otra cordobesa: una casa, un esposo, hijos y una tierra que les regalaba cosechas de plátano para vender. La guerrilla de las Farc regía con sus condiciones a gran parte de la Costa Caribe. “Mi esposo pagaba ‘vacuna’ permanente. Incluso las Farc estuvo a punto de matarlo dos veces porque se resistió a pagarles. Al final la guerrilla no pudo matarlo; mire como son las cosas de la vida y de la guerra: lo mataron los paramilitares porque de esa forma castigaban a los que le daban esas extorsiones a las Farc”.  A su esposo, Alaido García Giraldo, lo asesinaron un 11 de enero de 1989.

Valencia jamás había sido tan azotada como en la época en que Carmen perdió a su marido. “Una vez se metieron duro al pueblo. Yo ya no vivía allá, pero en un noviembre tuve que ir a retirar un seguro educativo. Iba con mi hija menor. Justo cuando llegué empezó una balacera. Me refugié en la casa de mi suegra porque estaba cerca, y cuando entré había mucha gente en el patio. Las casas allá tienen un ‘solar’ amplio con hartos árboles grandes, y nos sirvió de refugio, pero desde ahí se veían las balas en el cielo. Eso gritaban, arengaban, y era un combate entre policía y paramilitares… fue cosa de locos. Una noche terrible”.

Cuando los paramilitares asesinaron a su esposo, Carmen Palencia y sus hijos debieron salir huyendo del pueblo, porque iban también por ellos. “Tenía unos 25 años. Me escapé hacia Turbo (Antioquia) y allá compré una parcelita de tierra que me costó un millón de pesos. En el pueblo me tocó alquilar un apartamento para que mis hijos pudieran ir al colegio. Iba con tres hijos muy chiquitos. En el apartamentico vivíamos, y en la parcela cultivaba plátano para exportación”.

Carmen Palencia

“Independientemente de lo que los demás puedan pensar de mí, porque yo no parezca muy querida o muy formal a veces, no soy una mujer de rencores”, Carmen Palencia.

El lugar al que llegaba no era impermeable a la guerra, pero logró vivir tranquila unos cinco años. Mientras intentaba reiniciar su historia, sin que eso significara olvidar la dolorosa pérdida que la llevó al exilio de su propia tierra, desempolvó la filantrópica tradición familiar del activismo social. Carmen Palencia conocía de antes a miembros del ala política del Ejército Popular de Liberación  (EPL). Al saber de su actividad por Turbo, decidió emprender actividad política con ellos. “Muchos de los del ala política del EPL que conocí venían de Valencia, y nos vinculamos a partir de las juntas de acción comunal”, explicó.

“Creamos empresas con campesinos, buscamos recuperar tierras que nadie estaba utilizando para dárselas a personas que las trabajaran “, explica Carmen sobre su vinculación con el EPL.

-¿Alguna vez participó en la lucha armada?

-No, -responde- jamás empuñé un arma. Nunca las he apoyado. El día que las palabras o las ideas no me sirvan para lograr un objetivo, ese día estaré acabada.

Carmen Palencia asegura que inclusive su rechazo a las armas abonó el camino para una nueva tragedia. “Yo fui una de las que alenté a los armados del EPL para que se desmovilizaran. Por pedirles que se desarmaran recibí numerosas críticas y desprecios”.

Hacia 1994 el paramilitarismo reclamaba hegemonía en el Urabá. “Llegó el momento en que en el 95 empezó a fraguarse una impúdica alianza entre el EPL y los paramilitares para poder derrotar a las Farc. Yo me quise distanciar desde entonces del EPL. Les dije que no iba aceptar ninguna alianza. Por mi rechazo intentaron matarme”.

Las violaban, las marcaban y las mataban. Así trataban los Paramilitares a las mujeres en Magdalena.

Para ese momento Carmen participaba en un programa de capacitaciones en la Universidad Pedagógica que le ayudaba a terminar  su bachillerato. De día trabajaba en el hospital de Apartadó y en la noche estudiaba. “Una noche, que nunca se me va a olvidar ni aunque quisiera, unos hombres llegaron a la clase a matarme a mí y a otro compañero que también se había opuesto a la alianza del EPL con los paramilitares. Entraron y empezaron a disparar. A mí me dieron cinco balazos por el abdomen. Quedé dos meses y medio en coma. A mi amigo lo mataron”.

“Me volvieron mierda la vida”

Carmen Palencia cree en Dios, pero no es una mujer de ritos permanentes, misa diaria o camándula en mano. “Dios me dio una segunda oportunidad y me permitió despertar. Imagínese ¿cómo sobrevive usted a cinco balazos? Independientemente de lo que los demás puedan pensar de mí, porque yo no parezca muy querida o muy formal a veces, no soy una mujer de rencores”.

-¿Ha sabido quiénes mataron a sus esposos o quiénes la han intentado matar a usted?

– Sí lo he llegado a saber. Pero nunca he pedido venganza. He perdonado pero ni se los he dicho, porque tampoco se los voy a decir. Yo veré qué hago con mi perdón.

Carmen Palencia es un caparazón de titanio con un interior de algodón. Al comienzo parece una mujer dura, y cómo no serlo con la historia que carga encima. Al saludar aprieta con fuerza la mano y mira fijamente a la cara. Solo agacha la cabeza cuando recuerda a quienes ya no están con ella.

Carmen Palencia

El Estado, según denuncia, le ha llegado a decir que aunque tenga un esquema fuerte de seguridad éste puede ser vulnerable. Le han sugerido salir del país. Ella se niega rotundamente. 

“Yo soy malgeniada. Nunca me he dejado someter. Estamos en un país en el que a muchos los han educado para agachar la cabeza. A mí no, a mí me enseñaron a respetar al otro y hacerme respetar a mí misma. Eso lo he enseñado a mis hijos. Ellos me conocen, puedo llegar a ser muy terca, muy obstinada… muy jodida”. Por esa terquedad, -dice cada vez con más suavidad en su voz- por estar empeñada en pelear por mis derechos, he dejado a mis hijos, y los he convertido en víctimas. Me duele eso”.

Miedos ha sentido, pero el más intenso lo vivió cuando vio el riesgo que corría su familia. “Una persona una vez me dijo: estuve en una reunión y escuché que decían que si esta mujer no se quita, habrá que darle por donde más le duele. Son amenazas que tiene que creer. Esa vez saqué a mis hijos de allá, rapidito. Esa fue la primera vez que se me volvió mierda la vida. Eso fue al poco tiempo de que mataran a mi esposo; de ahí para acá todo ha sido un martirio”.

También recuerda una vez, antes del atentado que por poco la mata, que en Apartadó tres hombres llegaron a donde vivía, como verdugos, con una oz.  “Por fortuna mis hijos estaban de vacaciones con mi mamá. Estaba sola. Me di cuenta de que me buscaban y me volé por la parte de atrás de la casa. Salté como cinco paredes, y del desespero ni sentí que los vidrios y alambres de los muros me cortaron las manos. Me pude salvar y tuve que irme un tiempo para Venezuela”.

“Esto me ha costado de todo”

Carmen volvió a ilusionarse. Se casó de nuevo, esta vez con un hombre que había sido reinsertado del EPL. Su nuevo esposo trabajaba con el DAS. “Él pidió un traslado a Barranquilla, pero yo me quedé en Urabá. Fue una relación corta. A Barranquilla fueron y lo mataron, y lo único que me quedó claro es que el hecho casual no fue”. En 1997 la tragedia la dejó viuda de nuevo.

En su vida nunca ha habido tranquilidad. Cuenta que las numerosas amenazas que ha recibido tienen una particularidad: nunca vienen en sobres, o en llamadas, sino con emisarios. “Me mandan decir cosas. Por ejemplo viene alguien y me dice: me enteré que le van a hacer esto o que dijeron aquello. Uno tiene que creerlas porque tiene que creerlas”.

Y aunque varios años de su vida tuvo que quedarse quieta, en su corazón había deudas de dignidad que no podía dejar en la impunidad. En 2005, cuando se gestaba el proceso de paz para la desmovilización de los paramilitares, entendió que podría reclamar sus derechos como víctima. “Pero contrario de lo que esperábamos, la ley en su forma pedía la restitución de tierras, pero pasaba el tiempo y nadie lo hacía”.

De forma independiente Palencia ya estaba peleando por la restitución de tierras desde 2007. Al ver que incluso la ley estaba de lado de ellos, pero seguía en el papel, decidió actuar. “En Medellín coloqué una acción de cumplimiento al Ministerio del Interior para que creara las oficinas de restitución de tierras. Eso fue en 2009, cuando vivía en Turbo. Entonces el juez que recibió la demanda en Medellín la remitió para mi pueblo, que porque yo era de ella. Pues el juez de Turbo aceptó la acción y le ordenó al ministro Fabio Valencia Cossio que creara las oficinas y nombrara funcionarios. Diez días le dio de plazo”, recuerda.

No obstante la primera victoria, asegura que quedó como la “mala del paseo, la más mala además”. “Iniciaron campañas de desprestigio en mi contra, contra mi organización y otras en la región. Querían criminalizarnos pero gracias a Dios no pudieron”.

El logro de 2009 dio razón  y fuerza a su fundación, Tierra y Vida, que llevaba dos años nadando contra la corriente. Su trabajo desde entonces, a pesar de innumerables palos que ponen a sus ruedas, ha dado resultado, dice Palencia con orgullo. “Ya llevamos unas seis mil hectáreas restituidas; como más de doscientas familias beneficiadas, y actualmente tenemos en proceso unas 60 mil hectáreas solo en Antioquia, porque tenemos presencia en 14 departamentos y en total apoyamos unas 9 mil familias”.

Ganadería en Cordoba Colombia

Con la fundación Tierra y Vida, el equipo de Carmen Palencia ha logrado guiar la restitución de seis mil hectáreas de tierras, beneficiando a más de doscientas familias. 

“Ya empieza poco a poco a amanecer de esta oscura noche”, declara al secarse las lágrimas que asoman al recordar cuánto le a costado esta batalla. “Cuando han matado a mis amigos he llorado como usted no se imagina. Llegaba a mi casa, me acostaba y lloraba, lloraba, y lloraba más. Todo el día y toda la noche”.  Trece de sus compañeros han sido asesinados, a cuatro más les han hecho atentados y 64 de sus conocidos han sufrido agresiones.

“Yo no inventé esta vaina para irme del país”, responde sobre si las presiones la han motivado al exilio. “Yo inventé esta vaina para restablecer mis derechos, los que me fueron violados durante 25 años. Yo no tendría legitimidad para reclamar si no fuera víctima de tantos delitos”.

Los galardones llegan por añadidura. Carmen Palencia fue reconocida con el Premio Nacional de Paz de 2012. “Lo que nos permiten estos premios es visibilizar nuestro trabajo, reconocer el esfuerzo de nuestra organización y abrir los ojos al país de que existen muchas víctimas del despojo en Colombia. Son dos cosas muy valiosas”.

Aunque se abstuvo de opinar sobre el avance del actual proceso de paz, dejó en evidencia que le parece una oportunidad valiosa y espera que tenga resultados, sin olvidar a las víctimas del despojo. Eso sí, quiere reconocer los esfuerzos del gobierno de Juan Manuel Santos a favor de los desterrados. Dice Carmen Palencia que el camino es muy largo, pero se ha avanzado, y sin tantos obstáculos en la actualidad. Quizá por su edad no alcance a llegar a la meta, y así es como ella lo reconoce, pero tiene metas a mediano plazo, todas alrededor de un propósito. “Estoy peleando por lo mío, por lo de mis hijos. Así como yo doy esta batalla, creo que debería haber mucha gente que tenga el mismo valor para darla”.