Omar Figueroa Turcios: campeón de caricatura

Omar Figueroa Turcios: campeón de caricatura

3 de febrero del 2012

En la casa de Los Figueroa Turcios, en Corozal (Sucre), siempre hubo tienda, de tal suerte que a Omar, uno de los pequeños hijos de la familia, le fue fácil conectarse con  ‘Los Paquitos’ que colgaban en las cabuyas en medio de la abigarrada colección de artículos que vendían al por mayor y al detal.

‘Los  Paquitos’ –así le decían a las tiras cómicas en la época– colgaban de las cabuyas peleándole el espacio colorido  de  las abarcas tres ‘puntá’,  aperos para las bestias y racimos de bananos y popochos.  Se trataba de una tienda popular pueblerina, de esas en vía de extinción, hoy en mano de antioqueño y santandereano, que cambiaron el mostrador de madera por vitrinas encadenadas y rejas protectoras que impiden el contacto directo con el tendero. Los niños compraban media libra de azúcar y una papeleta de Café Almendra Tropical de 35 centavos y pedían la ‘ñapa’ de un guineo (así le dicen al banano asentado). Cuando les escondían los guineos primero  preguntaban si había guineos y si la respuesta era positiva decían: “Véndame media libra de queso y me da la ñapa de una guineo”. Allí estaba la trampa, primero la ‘ñapa’ y después el producto.

En medio de esa  imaginación pueblerina, el  niño Omar Figueroa  Turcios, bordón en una familia de ocho hermanos –cuatro hombres y cuatro mujeres– aquel ambiente mágico lo fue marcando para lo que sería su oficio: caricaturista.

Su padre, Olimpo, reconocido poeta corozalero, lo alcahueteaba en sus inicios en el arte del lápiz y el papel. “Heredé esto de mi papá. Él tenía

mucha chispa para el humor, hacía versos en los papeles en que envolvía el azúcar”, dice Omar, quien estuvo en Corozal para despedirse un poco de aquella tienda mágica en que dio sus primeros trazos de pintor de realidades. Se paró otra vez en una de aquellas esquinas solariegas y caminó por las calles corozaleras. Se despidió de sus amigos y de Narciza, su mamá, a quien ha homenajeado en vida, con el seudónimo que utiliza en algunas de sus caricaturas: ‘Turcios’, que es el apellido de ella.

En algunos medios firma las caricaturas con el apellido de su madre y no de su padre, a quien le hace otro tipo de homenaje, siendo bueno. “Es un homenaje constante a ella en vida  –aclara con  orgullo– Ahora que me voy a España, tendrá otro lugar donde visitar”.

Omar recuerda, un poco nostálgico: “Mi padre me descolgaba los Paquitos de la cabuya de la tienda y yo hacía cualquier  garabato, entonces él mostraba aquello como un trofeo”. Su padre murió en 1987, sin poder disfrutar de sus éxitos.

“Yo calcaba con gas los dibujos. Ese era el truco mío cuando el Paquito era muy difícil”, sostiene Figueroa Turcios, más nostálgico aún, porque estaba en las vísperas de su viaje a España, donde se radicó con sus lápices y sus acuarelas y con su  esposa, la también  caricaturista, Adriana  Mosquera Soto, ‘la Nani’.

Por la caricatura de Bruce Lee, Turcios obtuvo el tercer lugar en el campeonato internacional de caricatura de China.

II DEL VIAJE A CURRAMBA

Otro aspecto resaltante en la vida de Turcios o de Ofit, el famoso caricaturista de El Tiempo y El Espectador, fue su viaje a Barranquilla. La familia, compuesta por Filocares (que en italiano quiere decir hijo querido), Nira, Francisco, Mabel, Celmira, Luvinia y Oscar, buscaba en la capital costeña nuevos horizontes. Omar había estudiado primaria en Corozal, en medio del desorden de ir de un colegio a otro (De la Normal a  El Instituto Corozal).

La llegada a  Barranquilla le impresionó desfavorablemente, como a cualquier niño de provincia que está acostumbrado a jugar fútbol sin zapatos. La ciudad tiene su mal, tiene su misterio para el provinciano, diría Adolfo Pacheco.

“A los 11 años me llevaron para Barranquilla. Me dio muy duro, me decían corroncho”, recuerda.

No se interesaba en el estudio. No era bueno en ninguna materia, nada le llamaba la atención. Sin embargo, terminó sus estudios en el colegio San Judas Tadeo con una beca, tras ser el primer alumno de Primero de bachillerato. ¿Qué  tal si le hubiese gustado?

“Si no fuera  caricaturista me hubiera gustado ser guitarrista vallenato”, dice Omar, quien es amigo de Rosendo Romero y otros valores de la música de acordeón, quienes le enseñaron a medio rascar las cuerdas de una guitarra. Pero pudo más el lápiz que la guitarra. Después del bachillerato  lo atrapó definitivamente la caricatura. La Academia de Marcel Lombana de Barranquilla le ayudó a desarrollar lo que le había inculcado su padre en la tienda de Corozal.

III MI PRIMERA CARICATURA

Como costeño que se respete, su primer amor de papel fue El Heraldo. Su primera caricatura, publicada en el Magazín Deportivo del diario barranquillero, que dirigía Fabio Poveda, en 1985, fue portada. Miguel ‘El  Happy’ Lora iba a pelear campeonato mundial y su hermano Francisco, que estaba vinculado a Diario del  Caribe, le propuso que la hiciera. La  mandó con alguien y ese otro día la vio publicada con sorpresa y alegría. Después Poveda le solicitó que pintara a Julio Cesar Uribe, cuando el jugador Inca llegó de la selección a jugar por primera vez con El Junior de Barranquilla.

Después de varias caricaturas para El Heraldo, el Diario del Caribe y se lo llevó. Fabio siguió preguntando por él y siempre que se encontraba con Francisco, quien se lo había recomendado, le mamaba gallo “Vea, tu hermano te está superando”.

Omar confiesa que tres de sus hermanos vinculados a los medios han influenciado tanto como su padre su carrera de caricaturista.

Su ingenio lo ha llevado a publicar sus caricaturas en los principales medios del país.

IV.BOGOTÁ Y LA NANI.

En Bogotá, Turcios no sólo se consagró como uno de los más grandes caricaturistas del país al ser trasladado  por El Tiempo desde Barranquilla (Ha ganado 62 concursos, entre ellos el campeonato mundial de caricatura), sino que halló la mujer perfecta para seguir pintando la vida. Fue una conquista a punta de lápiz, trazos certeros y mucho humor. Adriana Mosquera Soto, con quien tiene un niño de  catorce años (David David), es creadora de la tira cómica ‘Magola’, que se publicó  en forma diaria en un prestigioso diario colombiano. Es, además, ilustradora de varias editoriales educativas y ha expuesto varias veces en Europa.

Casado con una mujer que ataca el machismo con humor, Omar Figueroa dice que aquello no es problema “porque en casa yo soy el que cocina y ella la que hace el aseo”.

V. CARICATURA EN SERIO.

Es tan serio el arte del humor y de la caricatura, que Turcios no vaciló la primera oportunidad que se le presentó para irse a trabajar a España, donde se entrevistó con los directores y editores de los diarios El Mundo y El País de Madrid. Hasta allá voló hace doce años en octubre. Hoy se encuentra instalado en Alcalá de  Henares.

Todo lo ha ganado dibujando: su viaje a Europa en un concurso de caricaturas, su apartamento en Bogotá a punta de caricaturas, su mujer es un producto de la caricatura y ahora en Europa acaba de ganar otro concurso mundial, en donde el  modelo es el jugador brasilero Ronaldhiño.

Admira al maestro Calarcá y a Negus, pero advierte que sus grandes maestros son los libros. Es casi autodidacta. Sabe que la caricatura resalta o exagera algunos detalles de los personajes y que, como el músico, se tiene que estar pendiente de la musa, de ese momento preciso para hacer la gracia: pillarla. En su caso, es hacer el trazo perfecto, como en la caricatura de Hitler, premio mundial en la XIX Bienal del Humor en el Arte, que se celebró en Torinto (Italia), donde le ganó a 1.300 caricaturistas de todo el mundo. También ganó en San Antonio de Baños (Cuba) la Décima Bienal del Humor con un retrato del ex presidente ruso Boris Yeltsin.

En Cuba, precisamente, se llevo uno de los chascos de su carrera. Pintó a Fidel, envió la caricatura a un concurso y jamás se la devolvieron. En ese régimen comunista está prohibido hacer caricaturas que resalten los rasgos del dictador. La original se perdió, pero aun tiene la muestra virtual, porque la Internet ha sido una gran aliada de su obra, lo mismo que la música, especialmente ahora cuando uno de sus sobrinos, Julian Sarmiento, complementa sus trazos con notas musicales.

En su visita a Corozal, antes de viajar a  España, Omar ya no es aquel muchacho de cabellos rizados que le pintaba las caricaturas a  Poveda.

Con su cabeza rapada, a lo Ronaldiño, y sin el tradicional atuendo de los caricaturistas del pasado, Omar se confunde con  los demás muchachos  que parrandean con el acordeón de Felipe Paternian y comen sancocho en una fiesta familiar en Corozal. Ofit  y ‘Turcios’ se quedaron para siempre en Bogotá.

Con dos rasgos de la persona, sea boca, ojos o nariz, aunque sean en un conjunto disperso, Turcios identifica sus personajes. A Ronaldinho lo identifico por el diente sobresaliente y a Obama por su amplia sonrisa y los ojos pequeños.

“Hay tanta calidad de pintura, que lo más importante es ser diferente, dice Omar.

Invitado frecuentemente a los concursos mundiales de caricatura como jurado, Omar dice que prefiere concursar porque eso  le da la oportunidad de viajar, conocer, actualizarse y ganar reconocimiento.

A donde lo invitan pide que le paguen en tiempo. Por ejemplo, que le den una semana, de la cual de pronto saca tres días para visitar a Corozal, donde vuelve a ser el hijo del tendero.

Una de sus últimas tendencias, además del humor, es pintar a los animales. Ya no es  raro ver en sus caricaturas, cómo une en una caricatura al más lerdo con el más veloz, al más alto con el más chico, al más dócil con el más cerrero. Para Turcios (a quien le gusta el vallenato) la cola de una cebra puede convertirse en un pedazo de acordeón o su partes un elefante son dos tapas de limón.

Alfonso Hamburger

Email: [email protected]

Pagina web  www.voxpopulidecorreria.com