Ricardo silva: un hombre mitad cómodo y mitad incómodo

Ricardo silva: un hombre mitad cómodo y mitad incómodo

24 de Enero del 2013

Foto portada: Julieta Solincee

Lo último que me mostró fue una réplica pequeña del Tango España, el balón oficial del mundial de fútbol de España 1982, que adorna su escritorio junto con una fotografía de su novia. Fue el primer mundial que recuerda y tiene conciencia de haberlo vivido por la desdicha de la derrota de Alemania, su equipo favorito. El infortunio es la esencia de su deporte preferido, en el que la tristeza y la alegría se entretejen y forman un cuerpo bicéfalo difícil de separar.

Pero los malos recuerdos se desvanecieron hace unos días, cuando Millonarios obtuvo su décimo cuarta estrella tras veinticuatro años de espera y desesperanza. Y ese fue el primer tema del que hablamos tres horas antes, en una cita para desayunar y conversar que se extendió casi hasta mediodía, cuando las llamadas reiteradas de la editorial Alfaguara solicitaban su presencia para solucionar detalles de última hora sobre la segunda edición de su más reciente libro: ‘Érase un vez en Colombia’.

Millonarios 1988

Ricardo Silva es hincha de Millonarios desde niño. Recuerda de memorias las hazañas del equipo en los años ochenta.

Entre el balón y los libros

Ricardo Silva Romero vive en Chicó Norte, en una pequeña construcción que contrasta con los edificios altos, casi repetitivos de esta zona de la ciudad, y proporciona una sensación de refugio. Su apartamento tiene ventanales grandes con persianas que los cubren hasta la mitad, de ahí que el lugar se mantenga en una tenue oscuridad, similar a la de una sala de cine antes de la proyección. Cuando llegué, sobre las ocho de la mañana, Silva tenía listo el desayuno: una botella de jugo de naranja, pan y café negro que compró unos minutos antes en una cadena de tiendas cercana. Sus maneras son amables, me invita a seguir al comedor contiguo a dos estantes repletos de libros dispuestos en un juicioso orden: al fondo dos sofás, uno blanco y otro marrón, una mecedora para leer.Al fondo alcanzo a ver un telón para proyección recogido y un televisor de pantalla plana. Una alfombra de tonos ocre y rojos dan una sensación cálida al lugar.

Frente al comedor hay un grabado de Luis Caballero que llama mi atención, se percata de esto y me cuenta:“ese cuadro me lo regaló Beatriz Caballero de matrimonio en 1999”. Hablar de su boda o sucesos íntimos y delicados no es una forma recomendable de romper el hielo, por eso iniciamos hablando de un tema inevitable y casi que obligatorio: el titulo de Millonarios. Una discreta sonrisa automática acompaña los comentarios sobre el equipo, cuyo título de 1988, que ya no es más el último, recuerda como si hubiese sido ayer. Le pregunto si fue al estadio, me dice que no, que hizo todo por asistir.

—Pero no hubiera pagado toda esa plata por una entrada. La pasión tiene límites.

—Entonces, ¿cuándo fue la última vez que asistió al estadio?

—Pues fue este año, pero no a fútbol sino al concierto maravilloso de Paul McCartney.

No lo vio de cerca en primera fila sino un tanto alejado, en las graderías de occidental.

Come sin afán, pero sin pausas prolongadas tampoco, mantiene un ritmo constante en sus frases, las mismas que el periodista Eduardo Arias, su amigo, considera que son siempre relevantes, “habla para decir cosas notables”. Está entusiasmado con el tema y me cuenta que desde 1982 llena todos los álbumes de los mundiales, “para el de Sudáfrica 2010 compré dos cajas de láminas, y las que sobraban las cambiaba en Semana o con mis amigos”. Además, conoce datos curiosos o insólitos sobre la historia de los campeonatos que a muchos les parecerían irrelevantes o propios de un maniaco, pero en su caso son la constatación de su vínculo con el fútbol y muestra de su prodigiosa memoria.

Vamos por la mitad del café negro, le comento que hace unos días vi la película “El milagro de Berna”, que cuenta la historia de un chico aficionado a  la pelota en la Alemania de la posguerra, cuya única alegría después de 1945 fue el título del mundial de 1954, venciendo a la entonces poderosa selección de Hungría. Termina su pan y señala:

—Sobre el fútbol no hay más de ocho o diez películas que lo muestren bien por dentro… quizás porque la mayoría lo cuentan desde arriba, desde la óptica del espectador, de la televisión, no del jugador.

—Diferente del boxeo.

—Claro, ese sí ha sido retratado en obras maestras de los libros y de las películas. Pero podríamos sentarnos a hablar solo de eso.

Dilemas gimnasianos

Su afición al fútbol viene de un padre amante de Millonarios y del colegio, en el que no hacía otra cosa que patear al balón. En los diferentes descansos de una jornada escolar, que comenzaba a las ocho de la mañana y se extendía hasta las cuatro de tarde, lo pasaba con sus compañeros en partidos y torneitos improvisados. “Fui arquero unos tres meses cuando tenía siete años, de resto me pasé la Primaria en la punta izquierda y el bachillerato en el medio campo”, aclara con puntualidad. Por esos años tomaba clases de música con José Leal, “tenía cierto talento, pero no era brillante, aunque podría haberlo sido”, pero llegó el momento en que sus profesores del colegio, cansados de su intermitencia, le dijeron que se dedicará a jugar o a estudiar.

—No tenía ninguna duda sobre lo que quería, ni mucho menos dilemas éticos por preferir el fútbol al conocimiento común y corriente. Pero no creo que los profesores se hayan sentido defraudados.

En el Gimnasio Moderno estudió desde 1981 y siempre estuvo con los mismos compañeros, entre ellos Carlos Manuel Vesga, vinculado al cine desde joven y después a la televisión, Julián Saad, los hermanos Jácome, Daniel y Bernardo. Nunca conoció a otro grupo de compañeros.

—El otro curso era un universo diferente, desconocido.

Ricardo Silva

El fundador de El Aguilucho, la revista del Gimnasio Moderno, fue Eduardo Caballero Calderón. Silva dirigió la publicación en 1993, cuando estaba en grado once. A la derecha, su primera novela.

Desde La Gran Vía

Por aquellos años vivía en el edificio La Gran Vía, sobre la calle 100 y frente al  puente curvo que va a dar a la carrera Séptima. Su padre lo llevaba junto con su hermano mayor, Eduardo, hasta el colegio o cerca de él. Se pone de pie y señala hacía la calle, “todos estos edificios del Chicó no existían, eran potreros por los que caminábamos con Eduardo”. Fue él quien lo acercó a las primeras creaciones literarias en el colegio con el poeta Porfirio Iriarte, más conocido con el seudónimo de Ángel Marcel, quien dictaba el Taller de Letras. Para Ricardo Silva Romero ha habido una especie de cadena de personas que lo han llevado por la literatura, “mis papás me leían, mi hermano me invitó a escribir, Pompilio me enseño a escribir lo interpretable”.

En las clases con Iriarte conoció a dos de sus grandes amigos, “sus hermanos”: Germán Pardo García-Peña y Daniel Samper Ospina. Con Germán, que murió en agosto de 2003, inventaron proyectos e ingeniaron planes que giraban en torno a su afición mutua: el cine, como la revista virtual 8 y ½, titulada así en honor a la película de Federico Fellini, que armaron con un grupo de amigos. Agrega que “8 y ½ y su página Web personal son prueba de que todo lo pensábamos juntos, Germán es un amigo absolutamente presente en mi vida”. Con Daniel Samper Ospina, un año mayor que él, las cosas son claras: “es mi amigo del alma, con el que nunca he dejado de trabajar como en el Taller de Letras”. Por su parte, Samper Ospina no tiene sino palabras de elogio:

—Desde que lo conocí él sabía lo que quería ser: escritor. Además de algo más importante y difícil de lograr, que es ser una gran persona.

¿Y de nuestra clase política?

Terminó  su café, está animado, le digo que su columna de El Tiempo representa lo que muchos pensamos y sentimos al país.

—Me gusta escribir la columna, hay semanas en que sufro, pero otras me la tomo como un placer.

Para Ricardo Silva Romero los políticos de hoy son poco articulados, formados, desde los días del gavirismo, en una primermundismo que no se compadece del tercer mundo. Viven aislados planeando estrategias para un país que no existe. Y le abrieron el paso a una nueva derecha, muy pragmática, pero con los vicios de la primera. Aclara: “su retórica es limitada, por ejemplo, los políticos colombianos de antes eran cuidadosos en su forma de hablar, escribían, documentaban sus ideas”.

—Oír a Pastrana, por ejemplo, es una vergüenza. No sabe expresarse. Oír a Lucho Garzón tratando de ser articulado es una parodia. Y Santos es igual: no conecta dos ideas con claridad.

Admite que nunca ha entendido del todo a los conservadores por la filiación histórica de su familia materna al partido Liberal. Su abuelo, Alfonso Romero Aguirre, hizo parte del partido y estuvo en todos los cargos que uno imagine de los 30  a los 50 años. De niño la figura del otrora líder conservador Laureano Gómez, se asemejaba a la de un vampiro, perfecta para espantar a los niños.

—Con mi amistad entrañable con Juan Esteban  [Constaín], que es el último de mis amigos de la infancia y es conservador pero en verdad es liberal, he conseguido desmontarme ciertos estereotipos. Creo que mis verdaderos amigos son aquellos que saben quién soy, que, justamente, no me tienen estereotipado.

Para él, los políticos de hoy son el mismo elenco, tal como escribió en una columna reciente, “por ejemplo, Noemí Sanín, que ha sido ministra de Comunicaciones, Embajadora, candidata a la presidencia, pero no ha hecho nada, no ha transformado la realidad, que es la misma. Pero a la hora de confrontarlos sacan un listado con diez logros o acciones efectivas que le han servido al país. Esos políticos ya se fueron así, ya se quedaron viviendo en esa realidad, ya no se empeñaron en transformarla”.

Ese es el trabajo de un columnista de opinión en Colombia: dar cuenta de nuestra realidad. Hay algunos que se sienten asqueados; otros, impedidos; otros más, cómodos. Por eso le pregunto si no extraña su columna en Semana sobre cine, una invitación o comentario al oído, como escribió en un libro suyo:

—No tengo la sensación de tener cuentas pendientes con ese trabajo. Creo que lo hice mientras podía hacerlo bien.

Ricardo Silva

Silva pertenece a la generación de los años setenta.
Foto: Julieta Solincee 

Oración por mí generación

Ricardo Silva Romero es enfático, su expresión es de convencimiento y claridad; su tono de su voz, marcado. Se diría que vocaliza cada palabra para que el mensaje sea preciso. Hace pausas cortas para tomar el jugo de naranja. Considera que nuestros expresidentes no son tontos; al contrario, son hábiles. “Pastrana es un tipo muy astuto y su agenda con políticos y diplomáticos de alto nivel es asombrosa, incluso le sirvió en su mandato para convencer a muchos de los diálogos de paz y para reparar la imagen del país”. De Ernesto Samper dice que “fue el último de una tradición de Liberales formados, articulados, sensibles, pero fue un final triste, lleno de escándalos. Y es una lástima”. Álvaro Uribe fue y es para Silva el mismo actor de la derecha brutal, terrateniente, “un tipo brillante, muy parecido a la dirigencia del país, para quien la ley no sirve, o no les importa. Y sin ley esto es el acabose, el retorno a un punto de partida, del que no hemos salido”. Por eso considera a Antanas Mockus como un tipo diferente, “porque transformó la realidad de una ciudad a través de las ideas, de la cultura, de la reflexión sobre la convivencia, y eso sí que le cambió la cara a la ciudad”.

Y de eso se trata su posición ante los políticos colombianos: incapaces de transformar la realidad del país, su único poder es poner puestos y llamar a su círculo cercano “para el siguiente coctel”. Una burocracia de la que no se salva la izquierda, hoy en el ojo del huracán por el lío de las basuras.

—El país ha cambiado a espaldas del país de esos políticos: En los noventa se producían una o dos películas colombianas al año. Hoy se hacen treinta y hasta más. Un síntoma de que este lugar no es el lugar inviable y que se regodea en su fracaso que fue durante tantos años.

—Una especie de nuevas formas de contar a Colombia…

—Sí. Mi generación ha sido la del no se puede, la de las cosas no van a cambiar, pero creo que estamos a tiempo de ponerle la cara a lo que está pasando.

Esa constatación lo llevó a escribir para un encuentro en el Gimnasio Moderno su “Oración por mi generación”, en la que explica cómo quienes nacieron en la década de los setenta han soportado la ambivalencia de la violencia y un país inviable. Pero resalta los logros de una generación con la que se siente cómodo, como lector y narrador. Tanto así, que más que simples compañeros de época o miembros de un grupo, “son amigos de ir al cine, invitar a cumpleaños, o confesar las angustias”. Esa relación diáfana con escritores como Melba Escobar, Carolina Cuervo, Antonio García, Andrés Burgos, y los ya citados Daniel Samper Ospina y Juan Esteban Constaín, viene de años atrás, y suele enviarles los borradores de sus novelas y relatos para una primera lectura, un consejo atento o una crítica dura pero sincera. Para sus dos recientes novelas (que para él es un libro, para mí son dos, y para algunos otros tres libros en uno) envió los borradores a sus amigos cercanos y fueron quienes reconocieron de inmediato estar leyendo una obra de alto vuelo.

El espantapajaros, Ricardo Silva

Una comedia trágica

El origen de este experimento literario sucedió en los debates presidenciales de 2010 cuando Antanas Mockus comentó que le parecía extraño, al tiempo que necesario, una novela que hablase sobre las masacres de grupos ilegales armados. “Por aquellos días estaba armando la trama de mi novela ‘El Espantapájaros’, que se desarrolla en medio de una masacre imaginada. […] fue como una señal de que iba por buen camino”. Y en efecto llegó a buen puerto, pues en estos días ha tenido una maratónica agenda de firmas en librerías y conversatorios que lo tienen soportando una fuerte gripa.

— ¿Cómo se siente frente al reconocimiento por su nueva novela, y su obra en general?

—Me sorprende felizmente pero no me angustia, no me arrincona. Para mí todo reconocimiento es ganancia, y lo agradezco mucho, quizás porque siempre me he sentido muy querido por la gente que tengo cerca, mi familia. Que a alguien más le guste lo que yo hago me asombra y me anima mucho. Lo recibo bien. De igual a igual.

— También debe importarle el reconocimiento de sus amigos, que son como la familia que uno escoge para la vida, le dije.

—Sí, sí, me gusta su frase. Y sí, creo que mis verdaderos amigos reconocen mi trabajo de manera sincera y genuina.

Agradece los gestos de admiración, aunque no lo trasnocha dejar de recibirlos. “Mi espacio íntimo está lleno, mitad cómodo, mitad incómodo para que me sea necesario seguir escribiendo”. Le agrada trabajar en su apartamento, y aunque no tiene un ritual o arma un drama a la hora de escribir, la disciplina y el silencio son clave en la atmósfera en que vive. El teléfono ya ha sonado un par de veces, algo molesto va y lo trae al comedor, me invita a conocer su estudio, en el que un afiche de portada de la revista Rolling Stone con Paul Simon sobresale, “tengo un montón de libros sobre dos personajes que admiro: Woody Allen y Paul Simon”, de hecho, su biografía sobre el director neoyorquino fue un resumen de todo lo que conocía, había leído y sobretodo, visto de él. “Woody Allen no es tan simple como sus personajes, pero tampoco tan complejo, creo que soy un buen público para él”.

En ese instante recibo una llamada de mi esposa que enciende el tono con la canción “A hard day´s night”. “Se nos hizo tarde, ya nos están llamando… pero está muy bueno su tono de llamadas”. Me muestra la foto de su novia que está sobre un teclado que prueba que lo de la música le quedó ahí.

— ¿Ha pensado en tener hijos?

—No me molestaría nada: me sentiría completamente cómodo.

En Twitter @ferchorozzo