Una leyenda: el Palo de los ahorcados en Bogotá

Una leyenda: el Palo de los ahorcados en Bogotá

23 de agosto del 2015

La cruz de madera es tan pesada que más de 50 hombres unen fuerzas para transportarla hasta la cima del monte.

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Miles de feligreses, conmemorando el Viernes Santo, acompañan anualmente la cruz en medio de cánticos, oraciones y peticiones. La llevan para enterrarla en una de las montañas más altas de Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá, en el sector Potosí, que ese día simboliza al Gólgota, la colina donde fue crucificado Jesús.

La cruz se queda enterrada allí durante todo el año, en la víspera del día de la procesión la bajan otra vez.

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El recorrido de la cruz termina en El Palo del ahorcado, un solitario eucalipto de más de 100 años del que se desprenden mitos, historias, leyendas y hasta noticias criminales de las que muchos hablan.

Una de las leyendas, la que le daría nombre al viejo árbol, se remonta a mediados del siglo pasado. Es la historia de Pablo Mayorga, su esposa María, su amante Ernestina y el mismo Demonio.

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Pablo, después de estar casado con María y de tener un hogar bendecido por la iglesia católica, fue infiel con Ernestina, la madrina de uno de sus descendientes. La engañada abandonó el hogar con los hijos a cuestas.

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Pablo y Ernestina, en medio de su amor mal visto por los lugareños, tuvieron otros cinco hijos. Años después, Mayorga fue hallado muerto en una zanja del sector. Su cuerpo estaba cubierto por llagas extrañas. El pueblo le adjudicó el crimen a Satanás por el pecaminoso adulterio.

Ernestina, cuenta la leyenda, agobiada por lo ocurrido y temerosa del Demonio, fue hasta el solitario árbol, colgó un lazo que ató a su cuello y se ahorcó. Desde ese día los campesinos llamaron al eucalipto y a la zona que lo circunda ‘el Palo del ahorcado’, también desde ese día el miedo reinó en el área.

El árbol está hoy dentro de un terreno privado. Los vecinos atribuyen la propiedad del lote a Rafael Forero Fetecua, un excongresista que fue condenado por la justicia por el delito de falsedad en documento público y ocultamiento, retención y posesión ilícita de cédulas. En su apartamento, antes de las elecciones de 1994, en las que él aspiraba al Senado, encontraron más de 2.700 cédulas.

El terreno donde está el árbol se encuentra en medio de un litigio judicial. Sus propietarios permitieron la explotación de la montaña, convirtiéndola en una cantera para extraer piedra. Por causas de salud y protección al medio ambiente la comunidad puso el grito en el cielo. Lograron detener las excavaciones.

Cuando la población de Potosí creció considerablemente, hacia los años 70 del siglo XX, el árbol solitario que está en la cima de la montaña y que se erige como el vigilante natural de la localidad y sus alrededores, ya tenía su trágico nombre. Aunque pareciera una zona predilecta para los suicidas, los más recientes moradores de Potosí solamente han visto un ahorcado en aquel lugar y no fue en el árbol. Fue en la cruz que los creyentes enterraron en Semana Santa. Ocurrió hace diez años, aproximadamente.

El muerto fue un hombre de unos 25 años, habitante del sector del Tanque. Agobiado por deudas y porque la joven mujer con la que vivía le fue infiel, decidió quitarse la vida. Al parecer para él fue más fácil colgar el lazo del brazo de la cruz y no de uno del árbol. Llevó una butaca. Se subió en ella. Amarró el lazo al cuello y con los pies botó el taburete a tierra. El joven permaneció colgado y a la vista de todos los habitantes desde las cinco de la mañana hasta pasado el mediodía, los criminalistas, acompañados del llanto de su infiel esposa, bajaron el cuerpo inerte.

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Algunos moradores, dice el profesor Mauricio Sanabria, hablan de haber visto brujas volando en su escoba alrededor del árbol. Otras personas hablan de avistamientos de ovnis. Otras más hablan de luces candentes que regularmente se ven saliendo del tronco del eucalipto y otras aseguran que bajo este centenario árbol hay una millonaria guaca. Dicen que desde la cantera han intentado, sin éxito, escarbar el fondo del árbol para apoderarse del tesoro.

A espaldas de este arbusto hace unos siete años mataron a cuatro ladrones de ganado que estaban despresando las reses que habían robado de una finca del sector de Quiba. Los ladrones, al igual que las vacas, fueron despresados por los ofendidos afectados.

Antes, cuando el terreno no era explotado por privados, según los vecinos de la zona, era regular que los tradicionales paseos de olla familiares se realizarán junto al árbol.

Los vientos se sienten con fuerza en este punto de Bogotá; vientos que los lugareños y uno que otro visitante aprovechan para volar coloridas cometas los meses de agosto. Aún los propietarios permiten que esa diversión se lleve a cabo en el terreno.

Pero el día en que más personas llegan hasta la cima del monte, donde hace más de un siglo enterraron el ‘Palo del ahorcado’, es el Viernes Santo. Los registros de la alcaldía menor de la localidad hablan que ese día más de 25 mil feligreses llegan hasta el lugar en una procesión que inicia en el barrio Candelaria la Nueva, a unos cuatro kilómetros de distancia.

Los pobladores, la mayoría campesinos pobres y desplazados, construyeron sus viviendas en madera y paroi, una tela negra que protegía del sol y no mucho de la lluvia.

A partir del tenebroso nombre con el que estaba bautizada la zona, que luego llamaron Potosí, fueron construyeron los mitos, las leyendas y las historias que hoy tienen al Palo del ahorcado y al terreno que lo circunda como un ícono del barrio, de la localidad y de Bogotá.