El año pasado el representante a la Cámara Juan Carlos Martínez Gutiérrez tomó un vuelo rumbo a Miami. Los agentes de inmigración del aeropuerto lo retuvieron cuando presentó su pasaporte. Su nombre aparecía en el computador con señales que advertían que no podría entrar a Estados Unidos. Fueron 45 minutos de tensión intentando explicar que él no era el mismo que aparecía reseñado. Que era otro Juan Carlos Martínez.
Su apellido era Gutiérrez y no Sinisterra. Era representante a la Cámara por el Valle del Cauca y nunca había tenido problemas judiciales ni había sido condenado, como sucede con su homónimo, quien está detenido en su casa-finca de Dapa, cerca de Cali, donde termina de pagar una condena de 7 años y medio de cárcel por vínculos con grupos paramilitares.
Son dos personas completamente distintas a quienes, accidentalmente, las une un nombre y un apellido. Uno es afrodescendiente del Pacífico caucano, el otro es de origen paisa, aunque nacido en el norte del Valle. Cuando Juan Carlos Martínez Sinisterra jugaba a las canicas con sus amigos del barrio o hacía de acólito en la Parroquia Santa Bárbara, en su natal Tumbiquí, Cauca, o intentaba ganarse la vida revendiendo en la plaza de mercado de Buenaventura, el otro Juan Carlos Martínez pedaleaba por las lomas de Sevilla y Roldanillo hasta coronarse campeón departamental de ciclismo con el Club Ciclo Ases.

Juan Carlos Martínez Gutiérrez consiguió 25 mil votos en las pasadas elecciones.
En 1998, mientras Juan Carlos Martínez Sinisterra se estrenaba en la política de la mano de Carlos Herney Abadía y aprendìa de los vericuetos del poder cuando este fue detenido en el Proceso 8000, el otro Juan Carlos, el paisa, estudiaba para graduarse de administrador en empresas de la Universidad Antonio Nariño de Armenia. Uno ha tenido una vida más trajinada y azarosa, entre votos y procesos judiciales, acudiendo a las tutelas para evitar al máximo permanecer en la cárcel, mientras el otro escogió un camino distinto para llegar al Congreso. Cuando como gerente de la EPS Emssanar logró superar el millón de afiliados, Martínez Gutiérrez vio la oportunidad de incursionar en la política. Empezó con 10 mil votos hace cuatro años, pero en las pasadas elecciones consiguió los 25 mil sufragios que le dieron el escaño en la Cámara de Representantes con el respaldo del Partido de la U. Se le midió incluso a dar la pelea en el terreno de su tocayo Martínez Sinisterra: Buenaventura. Tal vez, irónicamente, el único lugar donde no lo confundían y donde obtuvo 5.000 votos para su candidatura.
No hace menos de un mes, el presidente Juan Manuel Santos reunió en el Hotel Intercontinental de Cali a su equipo de gobierno, ministros y altos funcionarios, con la bancada de parlamentarios del Valle del Cauca. Quería escuchar propuestas de mecanismos para afrontar la implementación del TLC con los Estados Unidos y los efectos en la economía del Valle del Cauca. Cuando llegó el momento para que los representantes a la Cámara intervinieran, el presidente Juan Manuel Santos miró a Juan Carlos Martínez, quien se presentó y pidió la palabra. Se refirió a él, socarronamente, como el bueno. Las risas no se hicieron esperar mientras el Representante, atrapado nuevamente en un momento de incomodidad por el equívoco que genera su nombre, intentaba concentrar la atención en el tema del alto precio del Diesel en Colombia y la diferencia de precio con el del vecino país del Ecuador.

Juan Carlos Martínez Sinisterra ha estado envuelto en varios procesos judiciales.
El Presidente, como todos en el mundo político, saben que el del verdadero poder sigue siendo Juan Carlos Martinez “el malo”, quien aspira a repetir gobernación del Valle en las elecciones atípicas en las que se reemplazará al destituido Hector Fabio Useche. Desde su casa-finca donde permanece detenido, controlado por el Impec, sigue mandando: convoca, llama por teléfono, da órdenes, quita y pone funcionarios en la Gobernación del Valle mientras termina de pagar la condena por para política.
A este Martínez pocas cosas le quitan el sueño, como sí sucede con el otro, Juan Carlos Martínez Gutiérrez, el de Sevilla y el vallecaucano con alma de paisa del eje cafetero, quien no duerme cuando tiene por delante un viaje porque sabe que cada vez se repetirá la misma situación a la hora de afrontar los agentes de inmigración. “Yo me llamó Juan Carlos Martínez…pero no soy el mismo…” Y empiezan el calvario y las explicaciones de nunca acabar.
