Francisco Pedraza cambió una palabra de una canción para poder explicar su historia.
Donde la letra habla de una piedra en el camino, él puso una mina.
“Una mina en el camino me enseñó que mi destino era rodar y rodar”, dice al recordar la explosión que le arrebató ambas piernas durante una operación militar en Caquetá.
No lo cuenta para despertar lástima. Tampoco afirma que perder parte de su cuerpo haya sido una bendición. Su historia habla de aceptar una realidad que nunca escogió y aprender a vivir sin esconder el dolor.
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Hoy asegura que su silla de ruedas lo ha llevado a lugares que quizá nunca habría conocido si conservara sus piernas. Antes de llegar a esa conclusión, tuvo que sobrevivir a una guerra, despertar después de 15 días en coma y descubrir que su cuerpo ya no era el mismo.
Un joven de 17 años en la guerra
Pedraza inició su vida militar cuando tenía 17 años y medio. Después de formarse como suboficial, fue enviado al Batallón Cazadores, en San Vicente del Caguán.
Era 1996 y el conflicto armado golpeaba con fuerza esa región.
Allí comprendió que la guerra no estaba hecha únicamente de combates. También estaba presente en las familias campesinas que vivían aisladas, en quienes se negaban a abandonar sus fincas y en las comunidades para las que una lata de comida entregada por los soldados podía convertirse en algo extraordinario.
También conoció de cerca la muerte. Le correspondió evacuar compañeros heridos y sacar del terreno a militares fallecidos. Cada misión le recordaba que algún día podía ser él quien necesitara ser rescatado.
Ese día llegó el 2 de septiembre de 2004.
La explosión
Pedraza participaba en una operación en La Unión Peneya, Caquetá. Su unidad buscaba recuperar el control de una zona afectada por el desplazamiento y liberar a dos campesinos que habían sido secuestrados.
La noche anterior, 18 militares se habían enfrentado a un grupo armado mucho más numeroso. Lograron rescatar a uno de los secuestrados, pero un soldado resultó herido y tuvieron que detener el avance.
A la mañana siguiente retomaron la operación.
Entonces se activó un campo minado.
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La onda explosiva lanzó a Pedraza por el aire. Cuando cayó, intentó incorporarse, pero su pierna izquierda ya había sido amputada a la altura de la rodilla. La derecha seguía unida a su cuerpo, aunque estaba completamente destrozada.
Otros tres militares resultaron gravemente heridos.
Su siguiente recuerdo es el de varios médicos observándolo. Creía que había despertado al día siguiente y que se encontraba en Florencia. Le explicaron que estaba en Bogotá y que llevaba 15 días en coma.
Durante ese tiempo tuvieron que amputarle también la pierna derecha. Una infección obligó a realizar varios cortes. Además, una esquirla perforó uno de sus riñones y los médicos terminaron retirándolo.
Pedraza despertó sin sus piernas y con un solo riñón.
El rostro de su familia
Un enfermero le dijo que, para saber cómo se encontraba emocionalmente, mirara el rostro de su familia.
Al principio encontró miedo y preocupación. Su madre y sus hijos no sabían si aceptaría su nueva condición ni cómo sería su vida después del hospital.
Él tampoco tenía respuestas.
Cuando preguntaba por sus hijos, su madre le aseguraba que estaban bien. Después le pedía que comenzara a preocuparse por sí mismo.
Ella agradecía que estuviera vivo. Le decía que aún podía abrazarlo y besarlo en sus cumpleaños. Si hubiese muerto, solo habría podido llevarle flores a una tumba.
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Esa frase le permitió comprender que la explosión no lo había herido únicamente a él. Su familia también debía aprender a convivir con lo ocurrido.
Pedraza no quería que sus hijos vieran a un padre derrotado ni que lo sintieran como una carga. Quería seguir siendo para ellos una fuente de confianza, aunque ahora necesitara ayuda para realizar muchas tareas que antes parecían sencillas.
Vivir no significa dejar de sentir
Durante una visita, una persona le preguntó si creía que Dios lo había castigado.
Él respondió que no pensaba en un Dios que castigara quitándole las piernas. Su pregunta era para qué había quedado con vida.
Parte de la respuesta apareció en el deporte.
La actividad física le ayudó a recuperar independencia y a relacionarse con otros militares heridos que no sabían cómo continuar después de una amputación o del retiro del servicio.
También encontró una respuesta en sus hijos. Con el tiempo, ellos le dijeron que no podían afirmar que algo era imposible después de haberlo visto enfrentar su nueva vida.
Pedraza, sin embargo, no confunde la resiliencia con la obligación de parecer fuerte.
Reconoce que el cuerpo duele, que la ausencia de las piernas duele y que existen momentos de rabia, cansancio y tristeza. Para él, llorar, reír, maldecir y pedir ayuda también hacen parte del proceso.
Después de 25 años en el Ejército, sus compañeros le dijeron que se retiraba de una manera distinta. No hablaban solamente de su silla de ruedas, sino del hombre que había aprendido a regresar a las reuniones, hacer bromas y mirar el mundo desde otro lugar.
Francisco Pedraza no dice que la mina mejoró su vida.
Dice que cambió su camino.
Desde entonces ha tenido que aprender a habitar otro cuerpo, aceptar ayuda, acompañar a otros soldados y seguir siendo padre sin fingir que todo está bien.
La mina decidió cómo tendría que moverse.
Lo que no pudo decidir fue qué haría él con la vida que conservó.
