Raúl Estupiñán no recuerda la guerra desde el odio. Si no desde la memoria, el dolor y lo que aprendió en medio del fuego. Fue enfermero de combate del Ejército, vio morir compañeros, asistió a enemigos heridos y perdió un pie en una misión. Aun así, no se define por la amputación ni por la violencia vivida, sino por lo que todo eso transformó en él. “Todo eso me construyó”, dice hoy, convencido de que la guerra lo quebró por dentro, pero también lo volvió más humano.
Creció en un hogar tranquilo, lejos de la violencia. Sus padres nunca lo golpearon y su infancia transcurrió con normalidad hasta que su hermano mayor ingresó al Ejército. Escuchar sus historias, combates, explosiones, momentos en los que la muerte rozó sin llevarse a nadie, despertó en Raúl una mezcla de admiración y curiosidad. No quería venganza ni guerra: quería vivir esa experiencia. Así, con la ayuda de un conocido de la familia, llegó a Tolemaida y fue incorporado casi sin despedidas.
El choque fue inmediato. La cabeza rapada, los gritos, las órdenes constantes y la disciplina absoluta le enseñaron que incluso comer tenía reglas. Vinieron los castigos, el sol que lo quemaba, el cansancio extremo. Pero, contra todo pronóstico, Raúl se enamoró del proceso y decidió seguir avanzando.
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El curso de enfermería de combate marcó un quiebre. En un ejercicio simulado, bajo disparos ficticios, debía atender a un herido. Su mente se bloqueó. No reaccionó. Aquella parálisis le dejó una pregunta que lo acompañaría durante años: ¿qué pasará cuando sea real?
La respuesta llegó en La Chorrera, durante un enfrentamiento con las Farc. Un amigo cercano cayó herido y Raúl tuvo que asistirlo mientras el combate continuaba. Desde entonces, su rutina fue entrar a zonas bombardeadas, atender guerrilleros tras los enfrentamientos y convivir con la contradicción de disparar primero y salvar después. Sin darse cuenta, ese ejercicio constante de cuidar al otro, incluso al enemigo, lo fue humanizando.
La herida que lo cambió todo y el camino de la reconciliación
El punto de no retorno ocurrió en el Nudo del Paramillo. Su mejor amigo, Wilson Forero, fue herido en combate. Raúl intentó llegar hasta él y, en el camino, pisó una mina. Miró su pierna y vio el hueso; el pie colgaba apenas de la piel. Creyó que era un disparo y se quedó quieto, esperando. Sus compañeros resistieron, lo evacuaron y le salvaron la vida. A Wilson lo perdió. A él, la explosión le arrebató el pie.
Despertó en cuidados intensivos y lo primero que hizo fue comprobar que aún tenía la rodilla. “Todo va a estar bien”, se dijo. Luego vinieron las llamadas, el llanto de su familia y el reencuentro en Bogotá. Estaba lleno de rabia y dolor, incluso pensó en volver a la guerra para vengarse. Pero los abrazos, las visitas y el amor constante lo sostuvieron. “Fue el amor el que me salvó”, reconoce.
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La vida siguió. Se convirtió en instructor de medicina táctica y, en 2016, participó en un proyecto de reconciliación que lo enfrentó a historias aún más duras: niños reclutados, abusos, violencias profundas. De ahí pasó al teatro, luego al cine. A los 36 años volvió a estudiar, compartió sus relatos y ganó premios.
Hoy, Raúl Estupiñán no cambiaría nada de su camino. Ni siquiera la pérdida. “Incluso haber perdido un pie y haber perdido a Wilson me construyó el carácter”, concluye, convencido de que sobrevivir también es una forma de transformar la guerra en humanidad.
