¿Quién representará la nueva derecha? Cabal se va del Centro Democrático

Lun, 26/01/2026 - 08:34
La renuncia de Cabal al Centro Democrático reabre el debate por reglas internas y acelera la competencia por liderar la derecha en 2026.
Créditos:
Kienyke.com & archivo

La renuncia de María Fernanda Cabal y José Félix Lafaurie al Centro Democrático, después de la definición de Paloma Valencia como candidata presidencial, no es solo un movimiento de militancia. Es un síntoma de algo más estructural: cuando un partido no logra que sus reglas sean aceptadas por quienes compiten dentro, la disputa se sale del cuarto interno y se vuelve una señal política hacia afuera. Y en año preelectoral, esa señal pesa.

De un choque interno a una señal de autoridad

El episodio funciona como un mensaje en dos niveles que se conectan entre sí. En el nivel inmediato, Cabal cuestiona el cierre del proceso que dejó a Valencia como candidata, y con eso pone sobre la mesa un reclamo que se repite en muchos partidos: cómo se toman decisiones cuando hay competencia real y egos grandes. Pero el segundo nivel es el que cambia el significado: la salida instala la duda sobre quién puede fijar las reglas y hacerlas cumplir sin que el perdedor se levante de la mesa.

Ahí aparece el verdadero costo. Una candidatura se define una vez. La legitimidad del procedimiento se juega durante meses, porque es lo que sostiene la coordinación para armar campaña, ordenar mensajes, construir listas y negociar alianzas.

Disciplina de partido: coordinación, no obediencia

En un medio serio conviene decirlo sin vueltas: la disciplina partidista no es un asunto moral, ni se reduce a “lealtad” como consigna. Es una herramienta de coordinación. Sirve para que la competencia interna no termine rompiendo la organización cada vez que hay una decisión difícil.

Esa disciplina se sostiene con tres cosas muy concretas. Primero, reglas claras: que todos sepan cuál es el mecanismo y qué se acepta como prueba o verificación. Segundo, canales creíbles para resolver reclamos sin tener que incendiar el debate en público. Tercero, incentivos para quedarse adentro, incluso cuando se pierde, porque quedarse también ofrece futuro político. Si uno de esos componentes falla, el partido deja de ordenar la disputa y empieza a padecerla.

Por eso el punto no es solo que Cabal se fue. El punto es lo que se transmite cuando alguien con peso decide que el procedimiento no alcanza para mantener la cohesión. En política, esas decisiones suelen tener efecto dominó: activan suspicacias, abren conversaciones paralelas y empujan a otros a calcular si les conviene más negociar por fuera.

La “nueva derecha” no es una etiqueta, es una pelea por liderazgo

Hablar de nueva derecha como si fuera un bloque homogéneo confunde. Hoy opera mejor como un campo de competencia: distintos liderazgos intentan definir qué significa ser derecha en 2026 y, sobre todo, quién puede representarla con autoridad. Ese matiz importa, porque el debate ya no gira únicamente alrededor del uribismo como marca dominante, sino alrededor de su capacidad de adaptarse sin fragmentarse.

En ese campo se pueden identificar tres apuestas, conectadas por un mismo objetivo pero con rutas distintas. Una apuesta institucional, que busca preservar el partido como eje, cerrar filas y ordenar la candidatura desde adentro, con Valencia como figura central. Una apuesta más confrontacional, asociada al estilo de Cabal, que ha construido capital político en oposición dura y que ahora abre la pregunta sobre si esa fuerza se traduce en un vehículo propio o en una alianza externa. Y una apuesta antiestablecimiento que intenta crecer por fuera del Centro Democrático, con un discurso de ruptura y con guiños a corrientes de ultraderecha internacional.

No son mundos separados: compiten por el mismo electorado, por los mismos aliados regionales y por la misma narrativa de autoridad. Y cuando una parte sale del partido, no solo cambia la correlación interna, también se altera el mapa de esa competencia.

¿Qué se juega realmente hacia 2026?

En el corto plazo, el Centro Democrático enfrenta una prueba de gobernabilidad interna: si logra encauzar la disputa sin que el método quede permanentemente cuestionado. En el mediano plazo, el efecto puede sentirse en dos frentes clave. Uno, la arquitectura de coaliciones: cada fractura vuelve más difícil sentarse con otros sectores y ofrecer un acuerdo estable. Dos, la construcción de listas y estructura territorial: la política electoral no se gana solo con candidaturas presidenciales, también con equipos, coordinación regional y disciplina para sostener una estrategia.

En ese sentido, la salida de Cabal y Lafaurie no redefine por sí sola a la derecha, pero sí deja un dato duro sobre la mesa: la competencia por el liderazgo post-Uribe va a depender tanto del discurso como de la capacidad de construir reglas aceptadas. Sin método, cualquier “unidad” se vuelve frágil y cualquier candidatura arranca con una carga extra.


 

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