Claustrofobia bogotana

17 de agosto del 2018

Por Camilo Villegas

Claustrofobia bogotana

Hay días en los que el simple hecho de moverse por Bogotá constituye un acto supremo de humildad. Ayer, por la noche, salía de un restaurante en la Candelaria y vi bajar por la calle 19 un conjunto de patrullas policiales que al principio me parecieron ambulancias bélicas. Creí que había estallado la guerra. Pero no: abrían paso y vigilaban, supongo, a un grupo de políticos cuyas camionetas refulgían, amenazadoras, en la oscuridad.

Resultó muy tranquilizador saber que eran policías, porque a mí estaba a punto de darme un ataque de claustrofobia que combatí huyendo a los alrededores del Chorro de Quevedo. No reprocho nada a estos policías, creen llevar la razón y la manifiestan como pueden. Pero, además de razones, estos hombres tendrían que llevar en los bolsillos unas pastillas de diazepam para calmar a los sufridos peatones que estamos que no podemos de los nervios.

Lo raro es que todos llevan razón: los empleados del Carulla, los de las whiskerías, los de los ministerios, también los de Avianca y los damnificados de la crisis petrolera. Todos tienen razón, ¿quién dice lo contrario? De manera que no critico a nadie, lo que pasa es que a mí me dan ataques de claustrofobia cuando los sitios están muy llenos y cargados de humo, y el ruido de las bocinas acuchilla los tímpanos. Hace poco sufrí uno de estos ataques en el Tíbet, aunque de ese no me quejo, porque al Tíbet no fui por necesidad, sino por vacío espiritual, y los vacíos se pagan, aunque estén cargados de bondad.

La semana pasada, por ejemplo, regresaba de una cita con un experto en acupuntura que me está haciendo unas terapias para la depresión, y me quedé atrapado en la glorieta de la calle 100. Lo de la depresión no es un capricho, es en serio: puedo enseñarles la fórmula de Zoloft. La glorieta de la calle 100 es peor que una tumba. Aguanté un cuarto de hora escuchando vallenatos, pero al final enloquecí y abandoné el auto a su suerte. Alcancé como pude la esquina de la Universidad Militar, y le dije a un señor que iba caminando que se hiciera cargo del vehículo, porque a mí me había dado un ataque de claustrofobia y necesitaba correr. Así que corrí en dirección a la carrera séptima para llegar a Usaquén temiendo encontrarme en cada esquina con los empleados de Pacific Rubiales, con los vendedores ambulantes, con los de Avianca; hasta con Gustavo Petro, que también se ha manifestado esta semana, temía encontrarme con todos ellos porque iba muy desaseado y no quería darles una mala impresión.

Al final me refugié en un TOSTAO’ Café & Pan. Curiosamente, ahora me dan menos agobio los lugares cerrados que las calles, porque las calles no tienen ventanas. No es que haya invertido mi patología, es que los lugares públicos tienden a estrecharse.

Bogotá es una tumba. Por eso digo que moverse por ella constituye un acto supremo de humildad. Tenemos más mérito que los religiosos. Te pones a esperar el SITP al lado de gente que no conoces, pero por la que sientes tanta piedad como por ti mismo, y comprendes que esa espera, tal como están las calles, constituye una humillación. Luego bajas a la Caracas, subes a un Transmilenio, deambulas por los oscuros pasillos de sus trasbordos y no ves ciudadanos, sino feligreses. Somos devotos de una religión durísima, que no nos obliga a azotarnos los viernes, porque ha dado con cilicios más sofisticados para toda la semana.

Y los fanáticos religiosos, por lo menos, tienen limpia la iglesia, da gusto verla, pero aquí no sabes lo que pisas. Veo a un loco delante de mí, sorteando la geometría del adoquinado mientras dice en voz alta. “Quien pisa raya pisa medalla; quien pisa cruz pisa a Jesús”. Me pongo a jugar con él, pero lo tengo que dejar porque me da un sentimiento de depresión: aún el acupunturista no ha dado con la causa; me da miedo quedar atrapado otra vez en la Glorieta de la calle 100. Combato la claustrofobia en mi cuarto, con la puerta cerrada y las persianas hasta abajo. Todos estamos locos.

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