El Alzamiento

28 de mayo del 2012

El último recurso del hijo de Tomás Serrano en defensa de su dignidad como hombre, fue un gesto heroico que la sociedad colombiana ha tratado de desconocer y cubrir de vergüenza; avasallado su entorno familiar por las diferentes fuerzas que desvían los pueblos, hubo de resistir, armas en mano, antes de perderse-¿perecer?- en los montes […]

El último recurso del hijo de Tomás Serrano en defensa de su dignidad como hombre, fue un gesto heroico que la sociedad colombiana ha tratado de desconocer y cubrir de vergüenza; avasallado su entorno familiar por las diferentes fuerzas que desvían los pueblos, hubo de resistir, armas en mano, antes de perderse-¿perecer?- en los montes colombianos.

A esa conclusión se llega al recorrer las imágenes de la muerte brutal, de los campos y parajes en ruinas, los ataques retorcidos de sus compatriotas y la desidia de una población que no cree que las victimas son parecidas a ellos, contenidas en una novela magistral, testimonio de la violencia desatada desde el poder y escrita de forma directa y clara: El Alzamiento. Es tan dramática tanta verdad leída, tanta ignominia descrita, tanta desolación, que es fuerza, también, afirmarse al termino de sus doscientas seis páginas, que somos herederos de una historia plena de frustraciones.

Este libro se lee con pasión y se relee con dolor. La primera vez abre camino para reinterpretar la historia; el autor despoja a la nación del honor de su pasado; nos adentra en las raíces del drama en que vivimos y nos asombra al mostrar como hemos podido perder nuestro sentido y los egoísmo personales y grupales dominar sobre las conveniencias de solidaridad, fraternidad o justicia.

Somos una sociedad contradictoria; tal ves porque aquellos que llegaron el 12 de octubre de 1492, de tan bajo nivel mental, destruyeron a su paso vidas, familias, riquezas, cultura, lenguaje y paisajes, queriendo ser lo que no eran en su España. Y en el ayuntamiento de las tres razas transmitieron ese complejo arribista que siempre nos ha enmarcado. En ese afán de copiar conceptos negando la propia realidad, nos empeñamos, desde la Revolución de los Comuneros, en crear un estado disfrazado en la certidumbre de que cómo vamos, vamos bien; solo en Colombia hay democracia, libertad, cultura, derecho, institucionalidad y patria. Mentiras que creamos y creemos cuando no hacemos una comparación seria, real, con estos conceptos creados y creídos por otros pueblos.

El mundo cambia, Colombia está en proceso de cambio. Ó esa esa la versión oficial: tenemos menos pobreza, más turismo; más reforma política, restitución de tierras; seguridad en las calles, altos índices de crecimiento; pero se nos olvida que somos una sociedad que no recuerda, por ejemplo, la relación de sangre de la congresista elegida por voto popular Teresita García Romero con Álvaro García Romero, senador apresado por el escandalo de la parapolítica; ó que el campo de los pequeños campesinos se quebrará con el TLC y sus hijos desempleados serán caldo de cultivo para la violencia de cualquier nombre; ó que desconoce el valor de la juventud universitaria en las decisiones fundamentales por su falta de serenidad o juicio, pero elige un gobernador en Santander, muy joven y sin experiencia, apalancado en el caudal de votos de su padre, también preso por sus relaciones no tan santas. Una sociedad que no acompaña la marcha de niños que repudiaron el vil asesinato de su compañero Jonatan Rey y sí crucificaron a unas niñas que se reunieron para en “ juego” envenenar a su maestra. ¿ Donde estaban esos padres, los docentes, la sociedad, la religión, el gobierno, para evitar tamaño despropósito?. Una comunidad en la que sus dirigentes no son héroes: heroico aquel que sabe morir a tiempo y abandona el escenario para evitar la demagogia-influenciados, puede ser, por la intransigencia religiosa que enseñó que la única tabla de salvación llega por un mesías-; un pueblo, en fin, que supone como forma de pagar los desmanes el dinero, sólo preocupado por la repartija practica de un presupuesto burocrático y en nada dispuesto a convertirse en motor de desarrollo para todos y no solo para unos pocos.

La obra escrita por Luis Castellanos Tapias en 1962, un conservador de hondas raíces liberales, nos toca en la vena de la rebelión; el perfil trágico de la familia de Tomás Serrano, su lucha titánica por salir de la pobreza, las siluetas anónimas de otros campesinos, guardas y curas, nos conducen a mirarnos en el espejo de la historia; a rescatar esa abundancia de cualidades ignotas, a luchar por ser como realmente somos, teniendo como objetivo el hombre por el hombre. Ha ser, en definitiva, un subversivo por la vida.

Alberto Salazar C
wica08@yahoo.com

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