Mi abuela, la de la maletica, murió a finales de junio. A pesar de que mi tía lo único que había pedido siempre es que no fuera ella la primera en encontrarla, mi abuela tuvo el mal gusto de no hacerle caso. Mi tía la encontró en el suelo de su alcoba un jueves a las 10 y 30 de la mañana.
Afortunadamente no nos dimos cuenta tres días después, como temía mi abuela. “Se darán cuenta porque los vecinos llamaron a quejarse por el olor,” repetía cada vez que podía. Mi tía me llamó y lo único que atinó a decirme fue que me fuera para allá, que mi abuela me necesitaba. En realidad, para ese momento llevaba cuatro horas muerta.
Cogí un taxi en cuanto pude. Al llegar había dos agentes, mi tía, una amiga de mi abuela, el administrador y el todero del conjunto residencial. Los policías llenaban un formulario con la información que les daba mi tía. A la hora, quizás, como todo el mundo seguía allí, pregunté qué estábamos esperando. Los policías contestaron, “a que llegue la ambulancia,” que ya venía en camino, que no les tomaría más de 20 minutos. Me reí de manera nerviosa, casi una carcajada. El agente más cercano me miró con seriedad: seguramente pensó que yo había matado a la abuela. El otro me miró con sorpresa. “Perdón, pero es que… ¿para qué necesitamos una ambulancia? ¡Está muerta! ¿no?” aclaré. “Para hacer el levantamiento del cadáver,” aclaró el policía. Volví a reírme, “Me disculpan, pero aquí las ambulancias nunca llegan a tiempo, ¡y la única que lo hace es para hacer el levantamiento de un cadáver!”
Mi tía me apartó y me recomendó que por favor echara un ojito, que los amigos de lo ajeno aprovechan estas ocasiones para llevarse cosas. Se lo prometí y casi de inmediato empecé a revisar, cada tanto, dónde tenían las manos los policías, el administrador y el todero. Descarté a la amiga de la abuela. Puede que tuviera voz chillona y hablara demasiado, pero eso no era motivo suficiente para dudar de ella.
La muerte es uno de los temas frente a los que se asumen las actitudes más diversas. Unos dicen que mi abuela no debió haberse muerto todavía. Otros que ya estaba cansada. Otros no dirán nada, pero dejarán caer unas lágrimas cada vez que se acuerden de algo. Alguno agradecerá volver a disponer de sus sábados –el día de los almuerzos familiares. La otra iría a saludar y quizás preguntaría por unos platos de la abuela que siempre le gustaron. El otro va a extrañar el arroz de los almuerzos.
La abuela había dejado de fumar después del infarto que había sufrido hacía unos años. Aprendió a contestar bien cuando uno le preguntaba cómo estaba. Antes del infarto, no decía nada o dejaba salir algo parecido a un gruñido. Hubo cosas que no cambiaron, claro. No cambió su relación con el mundo: hasta que se murió creyó que el mundo era un lugar del cual era mejor estar prevenido. Lo irónico es que ella le producía miedo a mucha gente alrededor suyo. Yo le tuve miedo hasta los ¿veintitantos? años. Necesité vivir tres años en Nueva York para dejar de sentirlo.
Murió donde muchos de nosotros quisiéramos hacerlo. Al menos yo. En mi casa. En mi cuarto. Si no en mi cama, al menos al lado de ella. Con alguien que se diera cuenta en cuestión de horas. Tuvo pues, una muerte afortunada. No la mataron. No murió en medio del monte, con la angustia de saber que seguramente sus familiares nunca sabrán que ha muerto. No murió en medio de un enfrentamiento, taqueada de adrenalina. No fue comida por un animal, que debe ser una de las peores muertes. Tuvo una buena muerte, y ese es un lujo al que muy pocos tienen acceso. Eso debería ser suficiente motivo para alegrarse.
El lujo de tener una buena muerte
Jue, 29/11/2012 - 04:00
Mi abuela, la de la maletica, murió a finales de junio. A pesar de que mi tía lo único que había pedido siempre es que n
