Hace tiempo no leía una novela que pareciera tan banal en un inicio y que luego consiguiera una profundidad indiscutible como lo hace El mapa y el territorio de Michele Houellebecq. Son de los libros sobre los que se podría hablar y hablar. A los que se le podría exprimir hasta la última página, hasta la última referencia irrelevante. Es un biografía de ciencia ficción que es capaz de explorar sentimientos humanos que mutan con el tiempo. Que pasan de la felicidad a la soledad, a la muerte, y que luego se quedan en el silencio de las obras de un artista. En estas pocas líneas sería imposible abarcar todo lo que ello significa, pero intentaré con una imagen que marcó mi lectura de la novela. Tal vez, después de esta imagen, entendí que no era un novela banal más, sino algo que lo trascendía con creces.
El artista Jed Martin ya tomaba fotografías de objetos con la vieja cámara de su abuelo mucho antes de entrar a la universidad. Tomaba fotografías de objetos industriales, variando su ángulo, iluminación y enfoque. Entró a la facultad de Artes, mejoró su técnica, pero siguió con el mismo tema de trabajo. Objeto tras objeto que fotografiaba de manera neutra. Sin contrastes o sobre exposiciones. Se graduó con méritos, realizó algunos encargos para ilustrar folletos de las mismas empresas que producían tales objetos industriales y, de un momento a otro, su carrera viró. Luego de un viaje con su padre tuvo una de aquellas revelaciones sencillas que cambian el curso de la vida. Un tic en la cabeza y comenzó a fotografiar mapas Michelin. Un trabajo bastante decente, una exposición que lo llevó de una cosa a la otra hasta conseguir un éxito considerable para su edad. Luego, el silencio que le sigue a cada obra. Y un nuevo tic. Comenzó a hacer retratos, pero en vez de seguir con la fotografía se cambió a la pintura. ¿Por qué? No lo sabe, aunque las líneas de la novela lo entredicen.
Se podría decir que es la condición servil de la fotografía lo que la hace hasta cierto pinto inferior a la pintura. La imposibilidad de escoger en estricto sentido la composición exacta que se pretende plasmar. ¿Qué elecciones propiamente artísticas puede realizar un fotógrafo? Él puede jugar con la técnica que hay en el proceso. Comenzando por los manejos básicos que hay en el mecanismo de la cámara. Los tipos de lente, las distintas aberturas de éstos y sus implicaciones en la profundidad de campo. La sensibilidad de película o el sensor que su utilice. La velocidad de la captura. El enfoque premeditado. Luego, el trabajo posterior de edición, ya sea digital o en físico, con químicos y papeles sensibilizados. Y obviamente, está el sentido de composición del fotógrafo. Dónde encuadrar, qué cortar. Tal cosa funciona a la perfección para objetos muertos. Naturaleza manejable que el mismo fotógrafo puede poner donde quiera, manipular en el entorno según su capricho. ¿Pero qué pasa con las cosa vivas, con las personas que se mueven a su antojo? Queda la sorpresa y lo fortuito. Sólo queda el tener la suerte o la fortuna de capturar una toma perfecta en el momento perfecto. Tomar miles de fotos sabiendo que las posibilidades son pocas. Se puede, incluso, contratar modelos a los que vestir e indicar qué hacer. Pero nunca, nunca, la imagen quedará como el artista piensa que debe ser. Sobre todo cuando se quiere retratar a Steve Jobs y a Bill Gates. No se les puede pagar e indicarles qué hacer. No. La fotografía no sirve, porque es un ladrona de momentos. Es una suertuda que captura caras en el momento preciso, pero sin ninguna intención artística previa. Sólo la saturación, sólo el contraste y el manejo del color. Sólo eso. Luego, si se quiere algo más que lo fortuito, está la pintura. El arte donde no hay nada gratis y todo pesa, vale. La pintura, como la literatura, crea mundos que no le son regalados. Allí está su valor.
Pd. Los lectores colombianos de la editorial Anagrama apreciamos que se haya comenzado a realizar reimpresiones en el país. Pero, por favor, apreciaríamos aún más que se hicieran con la calidad a la que estábamos acostumbrados (aunque sea en la elección del papel).
Hace tiempo no leía una novela que pareciera tan banal en un inicio y que luego consiguiera una profundidad indiscutible como lo hace El mapa y el territorio de Michele Houellebecq. Son de los libros sobre los que se podría hablar y hablar. A los que se le podría exprimir hasta la última página, hasta la última referencia irrelevante. Es un biografía de ciencia ficción que es capaz de explorar sentimientos humanos que mutan con el tiempo. Que pasan de la felicidad a la soledad, a la muerte, y que luego se quedan en el silencio de las obras de un artista. En estas pocas líneas sería imposible abarcar todo lo que ello significa, pero intentaré con una imagen que marcó mi lectura de la novela. Tal vez, después de esta imagen, entendí que no era un novela banal más, sino algo que lo trascendía con creces.
El artista Jed Martin ya tomaba fotografías de objetos con la vieja cámara de su abuelo mucho antes de entrar a la universidad. Tomaba fotografías de objetos industriales, variando su ángulo, iluminación y enfoque. Entró a la facultad de Artes, mejoró su técnica, pero siguió con el mismo tema de trabajo. Objeto tras objeto que fotografiaba de manera neutra. Sin contrastes o sobre exposiciones. Se graduó con méritos, realizó algunos encargos para ilustrar folletos de las mismas empresas que producían tales objetos industriales y, de un momento a otro, su carrera viró. Luego de un viaje con su padre tuvo una de aquellas revelaciones sencillas que cambian el curso de la vida. Un tic en la cabeza y comenzó a fotografiar mapas Michelin. Un trabajo bastante decente, una exposición que lo llevó de una cosa a la otra hasta conseguir un éxito considerable para su edad. Luego, el silencio que le sigue a cada obra. Y un nuevo tic. Comenzó a hacer retratos, pero en vez de seguir con la fotografía se cambió a la pintura. ¿Por qué? No lo sabe, aunque las líneas de la novela lo entredicen.
Se podría decir que es la condición servil de la fotografía lo que la hace hasta cierto pinto inferior a la pintura. La imposibilidad de escoger en estricto sentido la composición exacta que se pretende plasmar. ¿Qué elecciones propiamente artísticas puede realizar un fotógrafo? Él puede jugar con la técnica que hay en el proceso. Comenzando por los manejos básicos que hay en el mecanismo de la cámara. Los tipos de lente, las distintas aberturas de éstos y sus implicaciones en la profundidad de campo. La sensibilidad de película o el sensor que su utilice. La velocidad de la captura. El enfoque premeditado. Luego, el trabajo posterior de edición, ya sea digital o en físico, con químicos y papeles sensibilizados. Y obviamente, está el sentido de composición del fotógrafo. Dónde encuadrar, qué cortar. Tal cosa funciona a la perfección para objetos muertos. Naturaleza manejable que el mismo fotógrafo puede poner donde quiera, manipular en el entorno según su capricho. ¿Pero qué pasa con las cosa vivas, con las personas que se mueven a su antojo? Queda la sorpresa y lo fortuito. Sólo queda el tener la suerte o la fortuna de capturar una toma perfecta en el momento perfecto. Tomar miles de fotos sabiendo que las posibilidades son pocas. Se puede, incluso, contratar modelos a los que vestir e indicar qué hacer. Pero nunca, nunca, la imagen quedará como el artista piensa que debe ser. Sobre todo cuando se quiere retratar a Steve Jobs y a Bill Gates. No se les puede pagar e indicarles qué hacer. No. La fotografía no sirve, porque es un ladrona de momentos. Es una suertuda que captura caras en el momento preciso, pero sin ninguna intención artística previa. Sólo la saturación, sólo el contraste y el manejo del color. Sólo eso. Luego, si se quiere algo más que lo fortuito, está la pintura. El arte donde no hay nada gratis y todo pesa, vale. La pintura, como la literatura, crea mundos que no le son regalados. Allí está su valor.
Pd. Los lectores colombianos de la editorial Anagrama apreciamos que se haya comenzado a realizar reimpresiones en el país. Pero, por favor, apreciaríamos aún más que se hicieran con la calidad a la que estábamos acostumbrados (aunque sea en la elección del papel).
