Terminé en una discusión acalorada con un amigo que se declara enemigo acérrimo de la tauromaquia, y al mismo tiempo defensor del aborto libre, sin restricciones. Lo que a mí me parece una evidente contradicción, pues se termina valorando más la vida de un animal que la de un niño no-nacido, a él le parece una posición natural y encuentra argumentos para defender todo; que la autonomía de la mujer sobre su cuerpo (que no es de ella, es del feto) o que lo bárbaro de un espectáculo de tortura que promueve la violencia, sin asomo de vergüenza sostiene ambas posturas y no encuentra conflicto alguno. Terminé por decirle en la cara que tiene todas las características de un gran humanista selectivo.
No es posible que los vehementes defensores de la vida taurina, dediquen sus mayúsculos esfuerzos y armen alharacas en las plazas públicas, un día para protestar contra el torero y al siguiente, para exigirle al estado que legalice el aborto como método anticonceptivo, o lo que es igual, el asesinato de niños que han cometido el pecado de no nacer, y que según ellos, carecen de la condición humana. Es fácil comprobar que los mismos sectores que se movilizan en contra de la tauromaquia son los mismos “pro-abortistas”, al menos en buena medida. Esa profunda contradicción no se limita a este par de temas, más bien es un patrón de comportamiento, y hay que admitirlo, no exclusivo de ese lado del espectro ideológico, en los más conservadores ocurre algo similar. A ese dudoso talento de discriminar los muertos, de clasificar la maldad dependiendo de quien la ejecuta, de pasar la realidad por ese sucio filtro dogmático, es lo que llamo humanismo selectivo, pero bien podría nombrarse como hipocresía o incoherencia.
Y hay humanismo selectivo cuando se llora por los muertos de la violencia paramilitar, pero se calla cuando la guerrilla asesina un joven o secuestra a un ingeniero, y viceversa, los de la otra orilla cierran los ojos cuando los pequeños propietarios son desplazados de sus tierras o el glifosato acaba con sus cultivos, y al mismo tiempo, le reclaman al estado protección a la propiedad privada, refiriéndose claro sólo a un tipo de propiedad privada, la de ellos.
No debiera amarse al toro mientras se desprecia al feto inocente, en el más extremo de los casos, aceptando la más absurda lógica de los “animalistas”, debieran por lo menos merecer ambos seres la misma dignidad y respeto por sus vidas. Para estos humanistas selectivos, la tragedia del toro sangrando en la arena, supera en importancia a la silenciosa agonía de miles de niños no nacidos, torturados y asesinados por sus madres.
Bárbaro o ilustrado, pero no algunas veces una cosa y luego, cuando el dogma lo ordena, la otra.
¿En qué se parecen los toros, el aborto y el humanismo selectivo?
Vie, 27/09/2013 - 16:12
Terminé en una discusión acalorada con un amigo que se declara enemigo acérrimo de la tauromaquia, y al mismo tiempo defensor del aborto libre, sin restricciones. Lo que a mí me parece una evident
