Ideas sueltas sobre la paz

Lun, 24/09/2012 - 14:01
Por estos días, en los que tanto se ha hablado de la posibilidad de que por fin Colombia alcance la paz definitiva, me ha asaltado la duda de si en verdad creemos los colombianos que se pueda lograr
Por estos días, en los que tanto se ha hablado de la posibilidad de que por fin Colombia alcance la paz definitiva, me ha asaltado la duda de si en verdad creemos los colombianos que se pueda lograr ‘eso que tanto anhelamos’. La paz, para el presidente Juan Manuel Santos y los negociadores de las Farc, consiste única y exclusivamente en lograr que los unos depongan las armas y el otro les garantice un marco de justicia transicional en el que los, ahora desarmados, no pagarían las penas que, de más está decir, se merecen con sobrados méritos. Sin embargo, creo que en un país como Colombia la paz va más allá de esa firma protocolaria para los medios que todos, incluido yo, estamos esperando desde hace tantos años. La paz va más allá del show mediático que Santos está organizando, con la venia de los ahora convertidos en actores, voceros de las Farc. La paz va más allá de las concesiones que el Gobierno tendrá que hacerle a Timochenko y sus hombres con tal de que entreguen los fusiles que tantos años han empuñado en las selvas colombianas. La paz, creo, supone un cambio de mentalidad de todos los que nos decimos hijos de esta patria  y eso, estoy totalmente seguro, está muy lejos de ocurrir. Los colombianos, casi sin excepción, nacemos con una carga cultural que nos hace adictos a la violencia, quizás no armada, pero al fin y al cabo violencia. Gozamos con el dolor ajeno, con la desgracia del vecino, con la tragedia del compañero de trabajo. Cada vez que podemos decimos una grosería por cualquier cosa, por aquel anciano que se nos mete en la fila del banco para cobrar su pensión o por el taxi que invadió nuestro carril para recoger un pasajero. Los colombianos nacemos con la idea de lograr el éxito, la fama y el dinero con el mínimo esfuerzo, herencia de una cultura traqueta que nos ha sido bombardeada por todos lados. Hoy más que nunca Cúcuta, una ciudad insignificante para el resto del país, vive el ‘boom’ inmobiliario, sus calles están invadidas de vehículos de alta gama y las mujeres lucen sus cirugías estéticas sin pudor en los centros comerciales; todo, gracias a la bonanza ‘coquera’ que llenó de ‘nuevos ricos’ nuestras ciudades. Hoy más que nunca el país se encuentra dividido entre los que aman al expresidente Álvaro Uribe y sus ideas, y los que no. Esa sola división, y espero estar equivocado, puede llevarnos a un conflicto de las mismas dimensiones del que hoy Santos y los negociadores de las Farc pretenden poner fin. Hoy más que nunca las ciudades están repletas de desplazados, desempleados e inconformes. Hoy el país está indignado de que se destinen 27 billones de pesos para la guerra y ni siquiera 1 billón para la educación. Estas diferencias astronómicas en algo tan clave para el desarrollo de un país, es el caldo de cultivo para un grupo de estudiantes que no temería, en un futuro, armarse nuevamente. No estoy diciendo que el hecho de que las Farc depongan sus armas no constituye un primer paso para reducir los niveles de violencia que vive el país, pero de ahí a que se afirme que con ello se va a lograr la paz, hay mucho camino por recorrer. Los colegios tienen que convertirse en verdaderos centros educativos y no en meros espacios habilitados para evitar que los niños estén en las calles. Las universidades tienen que convertirse en una opción de vida válida para todos y no solo para aquellos que tienen ‘medios’. Las familias tienen que convertirse en el escenario propicio para que los jóvenes crezcan anhelando forjarse un futuro con el sudor de sus frentes y no emulando al narcotraficante de turno que estén presentando los canales privados en horario estelar. Colombia, toda ella, usted, yo, tendría que deponer sus armas, desarmar su corazón y dejar de creer que el que tiene plata es el ‘más vivo’, el que no se la deja montar, el que ‘corona una vuelta’. Los políticos tendrían que entender que son elegidos para hacernos la vida más llevadera y no para vaciar el erario público a punta de chanchullos y leyes amañadas a sus caprichos. Esto último, sin temor a equivocarme, sería lo más difícil de todo. Finalmente, tendríamos que, si queremos la paz, aprender a saludar al guerrillero desmovilizado mirándolo a los ojos, abriéndole la puerta de nuestras empresas y permitiéndole aspirar a un cargo público si así lo desea. De lo contrario, las bacrim se reforzarían con más y más hombres que, ante las escasas oportunidades de la reinserción, volverían a tomar las armas pues, en últimas, es lo único que saben hacer.
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