¿Innombrables?: Maquinarias del horror y del olvido

24 de septiembre del 2014

“Pertenezco a una generación cuyos miembros arrastramos la carga y el privilegio de ser sobrevivientes. Nada más cierto para nosotros que esa frase inolvidable: “el peso de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Porque son los muertos de nuestra propia generación quienes nos oprimen: los que fueron nuestros propios amigos. ¿Qué hubiera sido de ellos –y de nosotros- si no los hubieran asesinado y estuvieran todavía vivos? ¿Qué hubiera sido del presente si tanto sacrificio, si tanta energía resistente, tanta risa, tanto fervor y tantas ganas, y hasta tanta belleza hubieran estado hoy vivas? ¿Sería igual el mundo? ¿Seriamos los mismos nosotros?
Estamos inscritos en una estela siniestra cuyo efecto se prolonga en el presente para todos.

León Rozitchner ; Las desventuras del sujeto político. Ensayos y errores, Buenos Aires, Ediciones El Cielo por Asalto, 1996

Somos muchos los que desde hace décadas tratamos de hacer con enormes dificultades, la enorme tarea de imprimirnos en el ejercicio de rescatar y contribuir a elaborar las diversas memorias de esta Memoria Colectiva que tantas décadas de conflicto social y armado en Colombia se han ido tejiendo, con el único objeto y derecho de sabernos humanos y partes de un colectivo que ha sido víctima a su vez de la imposición de un tipo de memoria y de la ejecución de un sistemático aparato de olvido, sobre otra parte de nuestra identidad; al punto que desconocemos de la posibilidad de otras memorias y de un dolor social histórico, que pueda devenir en un duelo colectivo, que resucite y dialogue sus justas memorias. Un reclamo soberano de conocer no solo nuestra memoria, sino nuestra historia –esa que desconocemos y supera el relato oficial que “aprendimos” en la escuela y que fueron reproducidas generacionalmente a través de otros Medios- para con ella, ir conociendo y acercándonos a otros principios como la verdad y la justicia.

Sin embargo, anteponer en esta reflexión sobre las dificultades que implica esta tarea de recuperar e imprimir las diversas memorias de nuestro conflicto; habla también de los actos, hechos e intereses reflejados en cada una de éstas, de las personas y de grupos de diversa índole que hacen que esta tarea sea, no solo sea ardua, sino a  la fecha, compleja, incompleta, pobre y olvidada. Y donde queda claro, que no es el azar la responsable de que este “orden” de cosas se haya dado así, porque sí. Sino, que es el esfuerzo de muchos, que también en estas mismas décadas de conflicto, han contribuido a elaborar un sistemático aparato de olvido y con éste de impunidad, en actos, hechos y definitivamente intereses muy bien definidos. Muy similar por ejemplo, al que elaborara el régimen Nazi Alemán desde 1933 y que con el genocidio del que serían víctimas judíos y gitanos, -además de innumerables grupos sociales adversos a la ideología nazi- fueron a sí mismo víctimas, los millones que en el seno de la misma sociedad alemana fueron partícipe con sus prácticas del ideario del opresor, contribuyendo a generar un prototipo de sociedad definida con una identidad construida y elaborada a partir de una conciencia que colectivamente era capaz de aprender y reproducir el odio.

Prácticas que llevaron a que millones de Alemanes sintieran en un periodo de tiempo relativamente corto, un proceso identitario casi común y que concentró a esos millones en un enorme movimiento de masas que era visto, -una vez el control del Estado y de las instituciones fueron acto y hecho social en el nuevo régimen Alemán nazi- como el ente superador y regulador de “sus penurias pasadas” y en el que volcaron y confiaron un tipo de representaciones que nucleadas en un nuevo orden social, supo dirimir y dirigir en masa un tipo de “consciencia”, valorada en una supuesta superioridad étnica. Y en un derecho supremo de imponer sobre el otro esa superioridad. Una identidad, una memoria definida que “sutilmente” fue impuesta y adoptada por una nación entera.

En cuanto a la historia de la violencia social y armada en Colombia, la implementación de prácticas sociales genocidas, se encuentran arraigada en principio a la consolidación de los partidos tradicionales Liberal y Conservador en el Siglo XIX y con la tesis de éstas de definir el tipo de Estado que debía regir los destinos del país a partir de entonces. Violencia partidista que se registró a lo largo de numerosas décadas de ese siglo en continuos ciclos de enfrentamientos civiles y cuya máxima explosión social se desencadenó con la guerra de los mil días; ciclo que no se cerraría justamente con el fin de ésta guerra, sino que continuó en una violencia bipartidista intrincada que se manifestaba de diversas formas, entre ellas la agresión física y verbal entre simpatizantes de cada bando abanderado en sus connotaciones ideológicas, pero atravesado a su vez por los matices y prácticas religiosas que configuraron nuestra identidad social hasta mediados de la década de los cincuenta y, que fue nuevamente desbordada a partir de los hechos que se desencadenaron a lo largo y ancho del país con el magnicidio de Jorge Eliecer Gaitán. Asesinato cuyos móviles reales, así como los autores intelectuales han sido materia de especulación, por quienes impulsaron e impulsan todavía esa maquinaria del olvido, que instaló con este magnicidio, uno de los capítulos más siniestros e impunes de nuestra memoria colectiva. Magnicidio motivado seguramente por intereses económicos y políticos tan poderosos, que dejaron hasta el día de hoy la siembra incierta de conspiraciones y mentiras, que alimentaron a crear un manto de olvido no tanto de la figura de la víctima, sino del porqué y de quienes motivaron este crimen de lesa humanidad –por las consecuencias sociales que generó en nuestra sociedad, tan lamentable asesinato- y que la historia oficial ha contribuido desde su relato a crear uno de esos vacíos de nuestra memoria, que esperamos prontamente poder resolver.

Las consecuencias del terror engendrado ese Abril de 1948 -las conocemos- y continuaron ésta espiral cíclica de violencia política que determina incluso el presente conflicto social y armado con matices de esa violencia de los cincuenta, arraigada en problemas agrarios de vieja data y que se potenció con las prácticas ideológicas de la década de los sesenta, que derivaron en insurgencias y contrainsurgencias “modernas”, debido al carácter propio de la guerra fría. Pero, insurgencias y contrainsurgencias que al fin y al cabo ya venían dándose de experiencias como las resistencias campesinas del Tolima, Sumapaz, Santander, entre otras desde los años veinte y, de las contrainsurgencias chulavitas y conservadoras de estas mismas regiones y de otras más como el Valle del Cauca y Boyacá.

Así que hacer este recorrido, implica hacer un ejercicio de memoria de nuestro conflicto social y armado (que difícilmente según la observación del autor, tiene una fecha de origen y es más el resultado de un indeterminado tiempo de diversas practicas violentas a lo largo de más de un siglo y que se aproxima en su análisis, a los numerosos dispositivos de poder –para hacer uso de una formulación hecha por Michel Foucault- que buscaron posicionarse en éste, por vías que llevaban a cimentar una confrontación de la base de la pirámide social en una supuesta defensa de principios –que muchos decían defender, pero pocos realmente en esa base que confrontaba entre sí, sabían del por qué real de dicha confrontación- y que actuando en defensa de sus “convicciones”, no era capaz de discernir sobre la poca oposición que había quienes lideraban esas banderas y estaban en supuesto conflicto, pero cuyos intereses muy definidos supieron alinear según la historia oficial y la que no lo es, una visión liberal del mercado, en donde terminaron juntándose hasta en un frente nacional e imponiéndonos colectivamente sus “opuestos” planteamientos de partido).

Lo que busco  resaltar de este ejercicio es como pusieron en disputa a ese pueblo confundido, sin una conveniente educación política de sus bases partidarias de lo que implicaba la visión del Estado moderno que en apariencia se disputaban estos partidos, pero en donde al pueblo siempre le toca –haciendo un eufemismo de la obra de Alvaro Salom Becerra-  y en la que se edificaron sobre esa misma base social, la “idea” de distancias insalvables y binarias de los opuestos, siendo incluso dejadas a su libre albedrío la forma como esas prácticas violentas debían resolverse mientras quienes abanderaban esas “disputas” en el escenario del poder político, tenían claro el propósito del diagrama de poder –citando nuevamente a Foucault- que básicamente querían imponer y que finalmente terminaron imponiendo en el andamiaje que hoy conocemos y que opera en todas las esferas de la sociedad Colombiana. De esta forma, este ejercicio de memoria implica reconocer que en ese mismo dispositivo de poder, fue éste mismo quien tuvo la necesidad de crear un andamiaje paralelo, capaz de elevar un manto de olvido sobre los asuntos más dramáticos de nuestra historia y que ocultaron las formas de cómo se fueron consolidando los diversos poderes dominantes que se concentraron con el paso del tiempo, en el ejercicio del control del Estado.

Hoy gran parte de la sociedad desconoce cómo se tejió ese diagrama de poder y de los dispositivos de poder que fueron capaces de configurar y estructurar ese determinado tipo de relaciones sociales, que hoy en día se configura con una identidad mesiánica y en la que la división social está determinada entre “buenos” y “malos”; en una confrontación que desde los tiempos de la mencionada disputa bipartidista, se basa en la necesidad de instalar un dispositivo social e identitario que se reconociera en el orden “occidental y cristiano”, mientras que lo que no entraba en ese orden, era un “otro no normal”, llamado a desaparecerlo o a aniquilarlo. Modificando precisamente cada una de las relaciones sociales de autonomía y cooperación, por aquellas que fuesen articuladas desde sus propios dispositivos de control social.

Un poderoso diagrama de poder, con una maquinaria generadora de olvido sin precedentes, que impuso en esas lógicas de “no memoria”. La capacidad para que la base social no reconociera a sus verdugos y victimarios desde esa tecnología de poder impuesta. Básicamente, llamaron y convocaron al silencio. A operar en ese dispositivo de poder, con el secreto. Por eso, siempre buscaron pasar en el anonimato, por eso siempre fueron y buscaron ser innombrables. Por eso no conocemos realmente la cara de los poderosos que instalaron los dispositivos que llevaron a matarnos entre sí. Y se tiende a asimilar y a crear conciencia de la importancia de que existan enemigos. Ya que solo así, ellos –los innombrables- consiguen los objetivos e intereses allí invertidos, en ganancias.

De esta forma llegamos a uno de los elementos centrales de esta nota. Y que trata de un personaje que por su soberbia y mezquindad se hizo público, en su interés de hacer y formar parte de las estructuras de gobierno, cuando ya antes éste y su familia formaba parte de las estructuras económicas en ese andamiaje de poder, al que solo –claro está- solo un selecto grupo de jaurías tiene poder de convocatoria. Un hombrecillo que con esas redes de poder es y ha sido capaz de convocar a parte del aparato de poder que le rodea, para que obligue a que no se lo nombre. Para poder seguir en el anonimato del que quizás se arrepiente haber salido, –porque la exposición es costosa, y no solo para él, sino para los suyos- ya que lo más escabroso está aún por descubrirse en este intrincado laberinto de horror, muerte y corrupción.

Esta es la apuesta, querido lector. No únicamente identificarlo y exponerlo, sino ser capaces de reconstruir una de las tantas memorias que esta historia nos debe. Una memoria que sea capaz de sentar las bases para modificar esa práctica social genocida que se nos obligó a “convivir”especialmente desde 2002, inspirada en una tecnología de poder que ha “negado la existencia del otro y/o de los otros”. Tecnología de poder basada en el terror y donde supo instalar las prácticas de la intimidación a través del poder de la palabra para deslegitimar a “su contrario”; que impuso la lógica de las armas y la imposición ideológica de quien es defensor del “orden y las instituciones” así, como de las “sanas costumbres”. Prácticas que ha alimentado a una sociedad en el mesianismo y la lógica binaria para convocar a un dispositivo de terror de la misma forma como las masas alemanas durante el genocidio nazi, condenaron con sus lapidarias a judíos, bolcheviques, gitanos y maricas. A un “otro” que si no se lo eliminaba físicamente, se lo debía reducir simbólicamente (a través de la imposición de una sola memoria. La de los victoriosos) y en la que sin derecho a réplica o juicio fueron condenados al exterminio millones de seres humanos.

Una condena social que como recordaba, ha hecho carrera en Colombia desde 2002  y ha podido atravesar todas las esferas sociales, incluso en condiciones colectivas más punitivas y peligrosas que las que se vivieron en tiempos de la denominada “seguridad nacional” de la década de los setenta. Unas prácticas que han buscado reducir el pensamiento crítico, valorándoselo a quien lo practique o difunda, con los adjetivos de delincuente, guerrillero o terrorista. Alimentando esta historia de violencias, como aquel relato que conllevó al politicidio desde la década de los cuarenta, sobre los demonios sociales que representaban a los liberales, como ateos y comunistas. Mi intención final, es contribuir a instalar no solamente un debate como el que se llevó en el congreso contra este hombrecillo enfermo de las migajas del poder político, sino que es una invitación para desenmascarar a los represores y genocidas escondidos en el andamiaje del Estado y del poder dominante. De “hacer” y “ser” los responsables no solo del olvido, sino con ellas, de las miserias sociales que llevamos a cuestas durante ya, varias décadas.

@Ladinoantropos

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