Que todo sea por la dignidad hermano

18 de marzo del 2011

La de ayer fue una noche reveladora: solo volveré a pagar por servicios. Si de favores se trata entonces que no me cobren.

A las 5:45pm tomé un taxi en la 7 con 62 para ir primero hacia el norte y luego al Teatro Mayor del Julio Mario Santo Domingo. El taxista tenía los dos radios durísimo, el que lo comunica con “la central” y el de la música. Por uno daban direcciones y números de móviles, por el otro sonaba un reguetón horrible. Nos pasamos todo el trayecto pidiéndole al taxista “el favor” de que le bajara el volumen a la música. Le bajaba y a la cuadra le subía. No podíamos hablar. Bajarnos no era la solución porque no había muchos taxis disponibles a esa hora y con ese trancón: 6:00pm: carrera 7 en sentido norte costado oriental: un desastre.

El viaje, porque ir de Chapinero al Teatro Mayor es todo un viaje, estuvo digamos “conflictivo”. En la 7 con 170 el taxista se atravesó de la manera más guache que pudo, sobre el segundo carril para girar a la izquierda. Sabiendo la ira profunda que producen los atravesados intentamos hacerlo mover. La respuesta fue: “eso toca hacer mucha fila y a mi no me gustan las filas.” Que tal!. Llegamos por fin, además de mareados con el reguetón, de mal genio. Sometidos a un taxista atarbán, quien a pesar de que le estábamos pagando, nos trató como si nos estuviera haciendo un favor. Que descaro!

Ya en el teatro, entre saludada y saludada terminamos en una conversación que más bien parecía la consulta psicológica de dos contratistas del sector público. Ahí estábamos paradas hablando y alegando de lo mal que nos pagan, de lo que se demoran los desembolsos, de los dos meses sin contrato, de los retrasos de Fonade para pagar y de Hacienda para girar el dinero. En fin. Del padecimiento que sufrimos cada mes, cada año. Pese a todo, no dejamos de trabajar, no hacemos huelga y cuando nos preguntan qué pasa?, respondemos lo que se debe, pero casi nunca lo que realmente ocurre. Uno va desarrollando una especie de servilismo y sumisión, provocada por la realidad laboral de este país: pocos empleos, muchos desempleados, poca competitividad, mucha gente dispuesta a trabajar por lo que le paguen. Entonces no queda de otra que cuidar el puestico a punta de agachar la cabeza. A la gente no le pagan por su trabajo pero el país sigue funcionando.

Finalmente, a las 8:30 empezó la magia. Cada instrumento sonó y se escuchó y Cesaria Evora cantó. Cuántas horas de vuelo soportó, cuántos cigarrillos al día se fumó, para llegar hasta acá y cantar para nosotros durante una hora y media. Probablemente esta mujer tiene más de 70 años y una carrera musical sumamente exitosa, y sin embargo, ahí sigue, atravesando el mundo solo para cantar. Para hacer lo que le gusta. Y uno atravesando Bogotá para hacer lo que le toca, porque no es capaz de hacer lo que le gusta ni rebelarse contra lo que no le gusta, ni siquiera contra lo injusto.

A la salida del concierto tomamos otro taxi. Este tenía, como todos, el radio de la central, pero además el radio del carro prendido en un partido de fútbol. No nos gusta ni ver, ni jugar, ni oír fútbol, pero el señor taxista no lo quiso apagar. El trasporte público en Colombia sigue siendo privado. Los taxis y los buses son la pequeña casa rodante de sus conductores y adentro hacen lo que les da la gana. Si hay algo que no termino de entender en los taxistas de Bogotá, es que rechazan las carreras; ¿no necesitan el trabajo? Uno no ve fútbol en la oficina, uno no dice “hoy no quiero trabajar”; lo mismo deberían hacer los conductores en su oficina rodante: trabajar. Lo que sería el viaje de regreso hasta Chapinero, esta vez duró solo una cuadra. En un acto de resistencia urbana, medio heroico medio torpe, porque a esa hora y con tan poca luz, iba a estar difícil coger otro taxi, decidimos bajarnos cuando el taxista se negó a apagar el partido. No le estábamos pidiendo que nos llevara gratis, y si uno va a pagar lo que cuesta un servicio, tiene derecho a que recibir lo que es.

Así que como dicen en una película: todo sea por la dignidad hermano.

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