¡Qué viva el desorden!

19 de julio del 2012

Hechos sociales nocivos, reconocidos, consentidos y arraigados en la idiosincrasia colombiana, y su mínimo rechazo por parte de la sociedad.

     Émile Durkheim definió los hechos sociales como comportamientos aprendidos de la sociedad, que se transfieren de generación en generación, y que son de cierta manera coactivos. Incumplirlos, puede ser considerado como un agravio contra la moral y las buenas costumbres. El ejemplo clásico de hecho social es el aplauso, desde pequeños aprendemos cuándo se debe aplaudir, cuándo no y las repercusiones de no hacerlo. Las religiones y las leyes son también hechos sociales.

       En Colombia tenemos varios hechos sociales que nos distinguen del resto de sociedades modernas, y que nos otorgan un distinguido primer puesto a nivel mundial. En el escalafón número uno está la respetable corrupción, gracias a la cual ocupamos los primeros lugares en  diferentes estudios internacionales, y aunque no es exclusiva de la sociedad colombiana, ya que la compartimos honrosamente con los países más subdesarrollados del planeta, sí es una característica arraigada de nuestro comportamiento. No sólo es bien vista y aceptada por algunos estamentos sociales, sino y peor aún, es indiferente para la gran mayoría de ciudadanos y poco repudiada socialmente. ¿Cómo vamos a deshacernos de lo que nos da de comer? La corrupción ha sido un comportamiento, aunque no exclusivo si característico de la clase política, y ha permeado un amplio porcentaje de la sociedad. De cierta manera se puede decir que es un hecho coactivo, porque si uno decentemente quiere hacer un contrato con el Estado, por ejemplo, el funcionario, con otro insigne hecho social colombiano, el ceveye, que para quienes no lo saben, significa ¿cómo voy yo?, le exige un porcentaje del contrato. No me imagino a un empleado del gobierno japonés diciéndole a un alto ejecutivo de Sony Corporation, al momento de cerrar una negociación, “¿y del ceveye qué Kiyoshi San?”  Incumplir  el ceveye, en algunas ocasiones, puede ser considerado un atentado contra las buenas costumbres, si no contra su propia vida y reputación. Se ha visto que quienes se atreven a denunciar las coimas terminan siendo victimas de su honestidad. Así que mejor nos hacemos los de la vista gorda, y que siga la tradición.

       Sacar ventaja del otro, creerse más vivo que los demás o como popularmente  se le llama, malicia indígena, también es un hecho social arraigado en Colombia. Nos han hecho creer que el “ventajismo” es una condición biológica de nuestra raza, sí cómo no. La malicia indígena es un hecho social aprendido e interiorizado a través de los años, aceptado y poco repudiado. De carácter coactivo, porque cuando uno quiere hacer las cosas bien hechas como lo mandan la Constitución y las Leyes, por bien que le vaya le dicen “mucho huevón”. Me hubiera dicho, yo conozco un abogado, un contador que le hubiera  sacado eso por la mitad. O un amigo en el tránsito que le borra las multas. Porque en este país todo el mundo tiene un amigo que sirve para algún “torcido”.

       Violar las señales de tránsito, como pasarse el semáforo en rojo y no respetar la cebra,  son hechos sociales nacionales que cumplen con la condición de aceptados y coercitivos. No es sino que usted en vez de acelerar pare cuando el semáforo cambia a amarillo, para que de inmediato el del carro de atrás empiece a pitarle, a hacerle con los dedos eróticas  figuras o a gritarle por la ventana del vehículo “¿va de paseo marica?”. No puedo negar que yo también he sido participe de la “astucia colombiana” y a causa de mi viveza me he ganado tres multas con su respectivo curso de infractores, es por eso que ahora circulo por la ciudad a 20Kms/hora, como lo manda la ley, gracias a lo cual con frecuencia me recuerdan mi condición de género femenino y me hacen señales manuales dignas de un compendio de onanismo.

       Ya para terminar, quiero nombrar un comportamiento  bien patriótico; el “dormido” en el bus. Conducta adoptada con el único y decoroso propósito de no darle la silla a las personas mayores, discapacitadas o mujeres en embarazo. Son muy pocos los colombianos que ceden el puesto en el bus, y más pocos aún los que repudian este hecho, casi todos nos hacemos los pendejos cuando hay un joven “dormido” mientras una persona mayor está de pie. Y cuando algún valiente decente interviene, se gana un amistoso: “no sea metido”.  Y la indiferencia de los demás ciudadanos, que por lo general no apoyan al buen pasajero. Sin embargo, que no le pase a usted lo que me sucedió  a mí.

–     Señora, siéntese –me paré de mi silla muy cortésmente.

–     No, gracias –contestó la mujer a quien le cedía mi asiento.

–     Claro que sí, usted tiene prelación por su estado –dije yo.

–     ¿Cuál estado? –preguntó ella.

No estaba embarazada, estaba gorda. Tierra trágame. Eso me pasa por sapa.

        En Colombia, algunos hechos sociales parecen desechos sociales, con el agravante que  son muy pocas las veces, y muy aislados los casos, en que la sociedad hace un verdadero repudio o señalamiento moral a los responsables.

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