Sobre canciones y resacas

8 de septiembre del 2012

Hace poco oí por primera vez “It’s All Over Now, Baby Blue”, de Bob Dylan. Aunque llevo varios años oyéndolo, no conozco toda su obra y nunca había oído la canción, así que fue como cuando uno descubre algo encantador de alguien con el que uno ha hablado desde hace rato. Duré varios días oyendo […]

Hace poco oí por primera vez “It’s All Over Now, Baby Blue”, de Bob Dylan. Aunque llevo varios años oyéndolo, no conozco toda su obra y nunca había oído la canción, así que fue como cuando uno descubre algo encantador de alguien con el que uno ha hablado desde hace rato. Duré varios días oyendo la canción cada vez que podía, con el cosquilleo que producen las primeras veces que oímos una canción que nos encanta.

A los pocos días la canción empezó a perder su brillo y dejé de emocionarme con solo oír la primera frase. Ahora la oigo y la disfruto, pero ya no me produce ningún deslumbramiento. Me parece una muy buena canción y listo. Este proceso se repite con la mayoría de las canciones: uno las oye en la radio, en la tele, en Internet y, dependiendo de qué tan impactantes sean, uno las quiere oír mil veces. En algunos casos, cada vez más contados, uno compra el cd o las baja de internet, luego se cansa y deja de oírlas. Después suena una canción nueva en la radio y el proceso se repite. ¿Por qué compra uno el cd o baja la canción de alguna página? Para tener asegurado el acceso a esa canción. Uno no piensa en ningún momento, “bueno, si la oigo todos los días me cansaré y ya no sentiré lo mismo”.

Buscamos asegurar el acceso a estos bienes con el espejismo de que esa primera sensación –de plenitud– se va a mantener, no con el fin de romperla. Lo irónico, si puede llamarse así, es que la misma posibilidad de acceder a la canción hace que el hastío empiece a sugerirse, de manera incipiente primero, de manera inevitable después.

Uno podría extender este proceso a la mayoría de los bienes culturales: a las películas, a los libros, a las pinturas, etc. E incluso podría hacer un paralelo entre los bienes culturales y las relaciones amorosas: ese deslumbramiento primario, el cosquilleo de las primeras veces, esa sensación de plenitud que uno cree que va a ser para siempre y, luego, el desgaste y no sentir nada parecido a lo que uno sentía cuando apenas estaba emocionándose con el otro. Se acaba y uno se siente vacío y como decepcionado, hasta que encuentra un nuevo amor y empieza el ciclo de nuevo.

Hace unos años di un curso sobre edición de cómics para universitarios e intenté explicar lo anterior en una clase. No era una idea mía. Había surgido después de la lectura, un tanto amañada, de “Todo lo sólido se desvanece en el aire: Marx, el Modernismo y la Modernización”, un capítulo del libro Todo lo sólido se desvanece en el aire, de Marshall Berman. El capítulo habla, a grandes rasgos, de la relación entre el capitalismo y el espíritu moderno. Y, entre otras cosas, de cómo la creación en el capitalismo guarda siempre la necesidad de autodestruirse para seguir creando. Por ejemplo, los soportes de música: primero hubo long plays, luego los casettes, después los cds, ahora el formato digital. Todos estos soportes guardaron siempre en su interior el potencial de convertirse en obsoletos.

Yo planteaba que esta idea no solo se aplicaba a una cuestión de formatos, sino a una cuestión de contenidos. Así pues, los “productores culturales”, si se les puede llamar así, están en constante producción a sabiendas de que vendrán nuevas propuestas que opacarán el brillo de sus obras. Lo importante para el sistema es, en gran medida, mantener la dinámica antes que otra cosa. No es cuestión de calidad, es cuestión de mantenernos innovando.

A diferencia de la innovación técnica, que por lo general busca una mayor eficiencia, el objetivo de los bienes culturales no es ser más eficientes que sus antecesores, sino generar (y vender) experiencias. Se podría hablar de cómo ha cambiado nuestra relación con la música o con la literatura en las últimas décadas, pero no tendría sentido buscar demostrar que ahora se escriben mejores novelas que hace 30 años, por ejemplo.

La dinámica de consumo de bienes culturales es exitosa, supongo, por la manera como vivimos, necesitados de novedades constantes, para repetir el ciclo de encantamientos, plenitudes, finales, vacíos y repetición del ciclo. El amor, esa idea del amor eterno e inamovible, tenía un peso mayor en sociedades que estaban menos enfrentadas al cambio constante. Ni siquiera nuestra noción de la amistad, algo que promete mucho menos que las relaciones amorosas, tiene tanta fiabilidad como antes.

Después de haber intentado explicar todo esto en una clase, una de las alumnas se quedó mirándome y dijo: “Pero es muy cruel”, con cara de consternada. No era la única. Sentí como si hubiera hecho añicos el optimismo de 12 veinteañeros. Me tocó explicarles que apenas era una teoría, pero que igual, si estaban de acuerdo con ella, por ello mismo bien valía la pena enloquecerse un poco cuando uno encuentra una muy buena canción para hacerlo. O alguien con el que uno esté tramado. No importa que luego nos espere la resaca.

@manugome78

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