Soy un estudiante

José Vargas/Kienyke

Soy un estudiante

14 de noviembre del 2018

Tal parece que el inquilino de Nariño ya tiene tema para trascender en las páginas de los libros de historia: el derecho a la educación. El Gobierno de Iván Duque ha dicho que por lo que resta de 2018 no habrá más recursos para las universidades públicas, sin embargo, la protesta no se mitiga y la criminalización de ella tampoco.

París fue testigo de la urticaria que le causa al líder naranjista el tema, de lo trascendental que se vuelve para la transformación de la sociedad colombiana en su modelo neoliberalista y de la ruptura que representa para el paradigma del conservacionismo, el clasismo y la desigualdad, -mejor escenario no pudo ser la ciudad luz que guillotinó las cabezas de su monarquía-.

Antes bien, quizás la lucha por tal derecho –el de la educación, no el de cortarle la cabeza a nadie- sea un proceso social indetenible, sin embargo, es sorpréndete como en Colombia los tirapiedras o quema llantas son criminalizados. Las vejaciones no cesan en los medios, y el calificativo viene del discurso político de turno, claro está.

El mensaje ya se ha permeado en los hogares, ahora las madres salen con correa en mano para castigar a sus hijos por poner en jaque un gobierno. Entre la misma juventud se infiltra el miedo y el prejuicio -no quieren ensuciarse de esa tierrita- por defender un derecho y abrir paso a las oportunidades. Me queda claro que el dominio de las mentes es imperativo para la preservación del estatus quo de este país.

Jamás pensé ver a un medio de comunicación acusar a la ciudadanía por exigir sus derechos. A de ser mucha el hambre de estos corporativos para violar sus principios éticos, y sí, estoy defendiendo a los tirapiedras y quema llantas.

Durante mi vida estudiantil también me tocó tomar esas armas – las únicas que se tienen cuando el diálogo y la razón no existen- para exigir y preservar lo conquistado. Es inaudito que se alimente la creencia de que las universidades públicas egresan vagos y maleantes y no se afiance su rol social -lo comentaba en el artículo “La universidad pública y su rol social”-.

Me temo que quemar las instalaciones de RCN no va a hacer que ellos cambien su discurso descalificador, no creo que violar la propiedad privada ayude de mucho. Este es mi consejo para los jóvenes estudiantes: no pierdan el norte de su protesta, no dejen que la ofuscación desvirtué su legítimo derecho.

Muchas veces escuché que las protestas estudiantiles podían perder el rumbo fácilmente, que necesitan ser orientadas; en mi país la unión de los estudiantes y los profesores da la pelea por preservar la autonomía y los espacios del conocimiento libres y al servicio de la colectividad, es momento de que eso mismo ocurra aquí.

Esta lucha va más allá de las gratificaciones salariales, se trata de aumentar los pupitres y salones de clases, de incentivar a la investigación para la resolución de los problemas reales, de que la educación superior esté al alcance de todos y que la calidad sea bastión de las oportunidades de desarrollo profesional.

No esperemos que el sector privado se una a esta idea, tampoco creamos que el cambio será de la noche a la mañana, pero sí confiemos en que la manifestación se puede convertir en un hito dentro de la línea histórica.

Considero que el que hoy pueda escribir mis palabras de apoyo es fruto de esas piedras que lance, de hecho, aquí estoy lanzando otra porque siempre seré un estudiante.

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