Superstar

18 de noviembre del 2013

Que te fuiste, que volviste por unos días. Que llamaste, que yo te contesté. Tú de pie, yo recostado sobre la almohada de círculos rojos. Tú perturbada por la luz, yo insistiendo en ver tus nuevos tatuajes. Sudé al escuchar tu voz, tú tartamudeaste. Que estabas en la Ciudad de los ruidos y números y yo tomando un poco de sol en La caldera. Que nos encontráramos como en los viejos tiempos que yo no me podía negar. A veces quieres que regrese lo malo porque así obtienes un poco de lo bueno. Una historia de puntos suspensivos, quizás. Nos vimos como si el tiempo no hubiera pasado, sí. Nos vimos y solo unas horas fueron testigos de aquel parche midnight. Caminamos rozando nuestros zapatos, deambulamos pisando nuestros cordones y agarrados de la mano corrimos sobre la séptima.

1:00 a.m. Nos encontramos en el parqueadero del concierto que tanto ostentabas y que finalmente nunca entré. Vimos pasar putas y dillers de un lado al otro. Te abracé y pedí un cigarro. Nos estacionamos en aquel parque hediondo a hierba y de viejas surreales pintadas a laca en las paredes. Tus amigos estaban pasados de trago y la policía podía terminar aprovechándose del momento. Nos reímos con cada bobada y sentados sobre aquel andén húmedo, nos miramos fijamente. Andábamos de norte a sur buscando un sitio que nos satisficiera. Te pusiste sobre mis piernas y rozábamos la yema de nuestros dedos. La velocidad de la camioneta aumentaba, así como nuestras ganas de estar a solas. A ratos pensé que estaba soñando pero no nena, esta vez coincidimos y le hicimos visita a María Juana.

El ácido hizo efecto más rápido de lo esperado. Árboles de colores engendraban frutos secos y podridos que caían al piso y se rajaban por completo. Se desbordaba el jugo y salían gusanos purpuras de ojos saltones. Mi corazón se aceleraba mientras veía monjes de guantes negros bendiciéndome y pidiendo un aventón. Juegos artificiales me hacían mover de un lado a otro y la humareda dibujaba tu nombre en la oscuridad de las nubes. Que pedía que nos bajáramos, que tú decías que esperara. Me sentí pleno, sabes. Es tan inexplicable lo que siento por ti. Es algo tan fuerte, tan sufrido y en ocasiones tan cruel. Siempre estaré para ti, de eso no hay duda. Quizás desconcertado pero ahí estoy firme en la batalla. Todos los caminos me conducen a ti y sin pronosticar o escudriñar, apareces.

Dejamos a tus amigos, compramos media botella de licor en un puesto de esquina del que casi nos botan a patadas por preguntar por Juana, y nos fuimos caminando hacía mi apartamento. Recordaste que una amiga vivía cerca y llegamos por un poco de porro. Nos besamos en medio de la nada, en medio de la solitaria calle. Que nadie nos veía, que había muchas ventanas aun con la luz encendida. Que tu saliva y la mía fueron una sola, que me pediste que te hiciera el amor recostados sobre el árbol de aquel parque cerca de mi casa. En realidad no quería exponerme a pasar la noche tras las rejas, además algunos policías andaban cerca. Llegamos, colocamos música en el portátil. Bueno, tú fuiste la DJ de la noche. Nos desnudamos, tomamos, tomamos, nos desnudábamos. El círculo vicioso, la ruleta rusa. Uno, dos, tres, tres, dos y uno.

Tus labios dibujaron a crayones una sonrisa, sonrisa que atribuías a mi presencia. Que conste, me lo dijiste reiteradamente. Querías verme al igual que yo y por primera vez escuché todas esas palabras que no pensé pasarían por tu boca. Por primera vez te vi vulnerable y postrada a mis antojos, sumisa y ansiosa de mí. Enamorada, quizás. Por el contrario tú no te convencías de mis frases, decías que ya no era el mismo de antes y que sólo quería follarte. Te penetré pero no seguimos a causa del cansancio. Nuestras cabezas perturbadas por el mareo necesitaban un break. Nos embriagamos, brindamos y nos embriagamos de nuevo. Nos abrazamos y dormimos desnudos. Besé levemente tu hombro, desperté, mire al techo y seguía el toc toc en mi cabeza. Te miré y no quise despertar más. Nada ni nadie. Absurdo, absorto y ensimismado. Tu cabeza junto a la mía, tal cual.

El resplandor en mi ventana me despertó y la vibración de tu celular se sumó. Recordé que no había hablado con mi chica y busqué mi celular como loco. Doce llamadas perdidas me recordaron que esta locura debía llegar a su fin antes de quedar sin el pan y sin el queso. Éramos conscientes de que apenas regresaras a Lima volveríamos a desconocernos. No sabíamos cómo, cuándo, ni dónde volveríamos a juntarnos. Nos subimos a esta brújula que apunta a todas las direcciones menos a un futuro de dos. Siempre esperaré ansioso ese pedazo que me toca de ti porque me acostumbré a tenerte a ratos. Un día sí, un día no, un mes sí y cinco meses no. No hay coherencia ni persistencia. Del sufrimiento sólo quedó el olvido y tú lo sabes. Me niego a decidirme por ti porque te amo, pero no somos el uno para el otro.

Contestaste llamadas de tu mamá y de tu mejor amiga mientras yo lamía tu entrepierna. Rápidamente terminamos lo que comenzó esa madrugada y nos vestimos. Recogí los condones rotos que nunca utilicé y no sé cómo diablos llegaron a ese punto. Sequé el licor derramado en el piso, limpié y apagué el portátil machando de lubricante. Recogí la ropa tirada sobre el piso y la metí a la lavadora. Te invité a que nos bañáramos juntos pero debías ir a cine con tus hermanas y querías pasar esas últimas horas con tu familia. Te acompañé a coger un taxi y nos despedimos. Me propusiste que nos viéramos esa misma noche y te prometí hacer lo posible. Me sentí extraño y un tanto vano, sabes. Ese sentimiento de amar a alguien y tener que dejar ir, es complicado. En medio del guayabo me duché y desperté por completo.

Explicaciones iban y venían para mi chica. Esa combinación de culpa, melancolía y satisfacción me hicieron doler el estomago. Quería comprar un tiquete y volar contigo. Quería que llegara finalmente el momento de madurar e irnos a aventurar el mundo. Cuidarte y cobijarte, ser tu estrella, tu estrella de madrugada. No pude contener algunas lágrimas, algunos mocos y sollozos de paso. Que regresas en octubre y que no sé qué pasará. Que tú, que yo. Me haces sentir vivo y me haces sentir yo. Solo tú nena, ajá.

“Es como si gritaras y nadie te escuchara. Te sientes tan avergonzado de que alguien sea tan importante y que sin ella te sientas como nada. Nadie podrá entender cuanto duele. Te sientes sin esperanza, como si nada pudiera salvarte y cuando se termine y ella se haya ido, hasta deseas que todo lo malo regrese para que puedas tener un poco de lo bueno”.

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