Una gente muy rara

Mar, 30/10/2012 - 07:27
En noviembre, un día casi siempre dentro de la primera quincena del mes,  Corea del Sur (en adelante diré sólo Corea) celebra uno de los acontecimientos más dignos de ver en todo Extremo Oriente.
En noviembre, un día casi siempre dentro de la primera quincena del mes,  Corea del Sur (en adelante diré sólo Corea) celebra uno de los acontecimientos más dignos de ver en todo Extremo Oriente. Es un hecho de singular “exotismo”, multitudinario porque participa en él todo el país, aunque hay que adelantar que no tiene el brillo y colorido de tanta festividad religiosa o folclórica como se celebra en aquella región del mundo. No hay címbalos, tambores ni chirimías, algarabía ni aglomeraciones; y, además, tiene lugar en un mes tristón como suele ser este que ahora entra en el hemisferio norte, y el ambiente no sólo no es alegre sino  que es básicamente tenso.  Es más, a pesar de los esfuerzos del gobierno por impedir o reducir el número de víctimas fatales, al final del evento suele contabilizarse algún muerto. El nombre de la jornada en cuestión es Suneung. Tuve la suerte de asistir a una de esas efemérides y debo confesar que es una experiencia inolvidable. Entre otras cosas porque el hecho de haber presenciado aquel espectáculo colectivo respondió a un interrogante que me planteé hace años: ¿Por qué Corea, un país arrasado por la guerra, pobre de solemnidad hace cincuenta años, se ha convertido en la potencia económica que es hoy? Para poner en perspectiva lo que digo hay que saber que en los años 1960, la Corea de entonces –con una renta per cápita de 72 dólares al año- se veía desde Colombia como hoy podemos ver desde aquí a Afganistán, para poner un ejemplo que se entienda. Con todo y lo mal que está Colombia, con su parapolítica, su guerrilla, sus bandas criminales, su vía a Villavicencio, su Ruta del Sol, etc., este país parece más estructurado y próspero que la nación de los talibanes. Pues bien, qué lejos se ve el desarrollo de la Corea de nuestros tiempos en comparación con la Colombia de hoy en día. Y esto gracias, en buena medida,  a lo que simboliza en ese país asiático cierta jornada de cada noviembre. En el Suneung de este año, algo menos de un millón estudiantes surcoreanos se someterán al examen de ingreso a la universidad y la cosa tiene tal trascendencia que el país cambia por un día sus horarios, el transporte público adquiere un ritmo frenético, las fuerzas del orden se despliegan como si fueran a recibir el ataque de una potencia extranjera y todo ello para que la jornada transcurra en orden. El año pasado, en medio de la crisis financiera que sacudía esos días el mundo, la bolsa de Seúl comenzó y concluyó una hora más tarde de lo habitual a causa del Suneung, su índice referencial se desplomó muchos puntos pero el tema del día en la prensa era el examen de selectividad que acababan de presentar los chicos que pretendían ingresar a la universidad. Cómo marchaba la economía del país ese día era lo de menos. El examen consiste en una serie de pruebas, básicamente cinco: idioma coreano, matemáticas, inglés, ciencias y ciencias sociales, una segunda lengua extranjera o caracteres chinos. Se tiene en cuenta también el desempeño general que haya tenido el alumno en el bachillerato y, según la universidad a la que se aspire, hay otro tipo de pruebas como elocuencia, premios obtenidos hasta entonces, actividades benéficas, etc. y algunos centros rematan con una entrevista personal de los aspirantes. La máxima aspiración es llegar a SKY (cielo, en inglés), acrónimo que forman las iniciales de las tres más prestigiosas universidades coreanas: Seoul National University, Korea University y Yonsei University. Pertenecer a ese exclusivo club garantiza oportunidades de trabajo en los grandes conglomerados del país, las famosas “chaebol” o grandes empresas de productos coreanos cuyas marcas están hoy la mente de todos, además de elevar el estatus social y llenar de orgullo a la familia. Corea, al igual que todas las naciones de influencia cultural china, es un país confuciano y el confucianismo –hay que recordarlo- propugna básicamente el pleno desarrollo del hombre por medio de la educación. A diferencia de China, en donde esta filosofía fue perseguida, el confucianismo vertebra la sociedad coreana ininterrumpidamente desde hace siglos. Según un principio básico del pensamiento confuciano el hombre noble lo es por sus virtudes y no por nacimiento, lo cual supone un esfuerzo diario para lograrlas. Sólo así se entiende el culto a la educación que se profesa en Corea. El día de Suneung, los templos budistas están abarrotados de padres de alumnos que imploran el favor del cielo para que sus hijos pasen el examen. La felicidad de quienes ingresan contrasta con el dolor y la frustración de quienes no han superado el examen y de sus familiares y  -como se ha dicho arriba- hay quien, llevado por la desesperación, llega hasta el suicidio. Curiosamente, los que no pasan el examen no tienen ningún empacho en admitir el mérito de quienes ingresaron.  En cierta ocasión un productor de televisión me presentó al entrevistado de un programa que realizábamos en ese momento, como “Mr. Kim (todos los coreanos se llaman Kim), quien logró entrar a la Korea University, en donde yo no pude ingresar”. Visto todo esto desde Colombia, en donde el Ministerio de Educación es la Cenicienta del gabinete; en donde hasta Medio Ambiente, por la coyuntura minera, es más importante que la cartera encargada  de regular la formación de los niños y jóvenes de este país; en donde se tranquiliza a los militares diciéndoles que no se preocupen que aunque haya paz no se van recortar los gastos de armamento; en donde los maestros y profesores reciben sueldos de miseria; en donde un maestro que entregue malas notas a un mal estudiante puede ser asesinado impunemente; visto el culto, pues, a la educación en Corea, los coreanos resultan ser definitivamente un pueblo muy extravagante y raro.   Otrosí. Corea no es una excepción en Extremo Oriente. En Singapur, otro país confuciano, un profesor de secundaria con diez años de experiencia y una buena hoja de vida puede ganar el equivalente  a más de 140 millones de pesos colombianos al año. En la pequeña ciudad-estado sudasiática el gobierno ha decidido que nadie tiene mayor responsabilidad ni es digno de más apoyo que los encargados de formar a las generaciones del futuro.
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