La niña que venía del río

Mar, 26/05/2026 - 11:42
Francia Márquez no llegó a la política por cálculo ni por apellido, sino desde la defensa de su territorio, su comunidad y una historia de resistencia.
Créditos:
KienyKe

Cuando uno entra al despacho de Francia Márquez llega acompañado de una imagen previa. Es inevitable. Antes de cruzar la puerta ya está la vicepresidenta, la líder ambiental, la mujer que rompió una barrera histórica en Colombia, el personaje político sobre el que se han construido admiraciones, críticas, controversias y también prejuicios. Pero esa imagen empieza a quedarse atrás apenas comienza a hablar. La vicepresidenta desaparece poco a poco y aparece Francia. La niña. La hija. La nieta. La mujer que todavía habla de su abuelo como si siguiera sentado a la orilla del río.

La conversación viaja de inmediato a Yolombó, Cauca. A una casa donde todos vivían con todos. Primos, tíos, hermanos, abuelos. Una casa de piso de tierra donde el paso descalzo iba formando pequeñas montañas sobre el suelo y donde por las noches las esterillas convertían la sala en dormitorio. Mientras la escucho entiendo que no está narrando una infancia desde la ausencia. Está narrando una infancia desde la abundancia. Abundancia de comunidad, de afecto y de territorio.

En el centro de esa historia aparece una y otra vez su abuelo Andrés Mina. Pescador. Trabajador del ferrocarril. El hombre que sostenía a la familia y que le dejó una regla que todavía conserva: nadie podía comer mientras otro mirara. Si alguien llegaba a la casa había que compartir. No importaba cuánto hubiera.

Entonces aparece el gran protagonista de esta historia.

El río.

Vuelve a él constantemente. Como si todavía siguiera allí. Aprendió a nadar en sus aguas. Pescó con su abuelo. Durmió escuchando la corriente en las noches. Vio levantarse las barbacoas sobre el agua y recuerda las fogatas hechas con troncos que arrastraba la corriente mientras la comunidad cocinaba junta.

Mientras habla entiendo algo: el río no era paisaje.

Era felicidad.

Y por eso cuando años después Colombia escuchó la frase vivir sabroso, quizá muchos nunca imaginaron que esa expresión había nacido allí.

Lejos del escenario político, vivir sabroso adquiere otro significado. No habla de comodidad. Habla de sentarse con la comunidad. De ir al río sin miedo. De cantar. De pescar. De cocinar juntos. De llegar a casa y sentir que el territorio sigue siendo refugio.

“Nosotros éramos felices”, repite.

Pero esa felicidad empezó a fracturarse.

Llegó la minería ilegal.

Llegaron los cultivos ilícitos.

Llegó la violencia.

El río cambió y con él cambió la comunidad.

Los jóvenes dejaron de nadar.

Las nuevas generaciones comenzaron a crecer lejos de aquello que había marcado su infancia.

Y allí empezó otra historia.

Ella insiste varias veces durante la conversación en algo que rompe la narrativa tradicional sobre su vida: nunca soñó con ser lideresa. Nunca despertó queriendo hacer activismo ni imaginó una carrera política. La lucha llegó cuando sintió que estaban destruyendo aquello que amaba.

Defender el río terminó siendo defender la infancia.

Pero antes de convertirse en una voz del territorio tuvo otra batalla mucho más silenciosa.

La identidad.

Hay un momento donde baja el tono y dice algo que desarma: de niña no quería ser negra.

No porque rechazara su origen.

Sino porque el mundo le mostraba otra cosa.

Los libros hablaban de África desde la pobreza. La televisión no tenía protagonistas parecidas a ella. Las heroínas tenían otros rostros.

Hasta que descubrió la historia de su pueblo.

Y ahí nació otra Francia.

La que entendió que ser negra no era una carga.

Era una raíz.

Después vino Cali. La universidad. Derecho. Las madrugadas. Los buses. Los semestres que no alcanzaban a pagarse. Las materias repetidas. El esfuerzo silencioso de una joven que viajaba entre Suárez y Cali intentando sostener un sueño.

No hay épica cuando lo cuenta.

Hay memoria.

Y quizás por eso cuando la conversación llega al presente aparece otra capa de la historia: el costo.

Porque Francia Márquez habla de algo que atraviesa toda su vida.

La sensación de haber tenido que demostrar siempre.

Demostrar capacidad.

Demostrar legitimidad.

Demostrar que pertenecía.

Habla del racismo.

De cómo cuestionaron su manera de hablar.

De cómo sintió que tuvo que justificar espacios que otros antes ocuparon sin preguntas.

Habla de los ataques.

De los señalamientos.

De las narrativas construidas sobre su incapacidad.

Y habla también del dolor de sentir que muchas veces el personaje ocupó el lugar de la persona.

Cuando llega al Ministerio de Igualdad, no habla desde la defensa política. Habla desde la convicción de haber sembrado algo. Recuerda la creación de una institucionalidad nueva, el sistema de cuidados, las mujeres, las poblaciones históricamente excluidas y el esfuerzo por dejar estructuras que trascendieran el gobierno.

Más allá de si el país reconoce o no esos resultados, ella siente que abrió una puerta.

Y esa palabra vuelve una y otra vez.

Puertas.

Puertas para las mujeres.

Para las comunidades racializadas.

Para quienes nunca imaginaron ciertos espacios como propios.

Cuando termina la entrevista, la vicepresidenta vuelve al despacho.

Pero yo me quedo en Yolombó.

Me quedo viendo a una niña caminar descalza hacia el río.

La veo pescando con su abuelo.

La veo soñando con cantar.

La veo sin saber todavía que un día Colombia aprendería su nombre.

Y entiendo algo.

Francia Márquez no llegó a la política desde una oficina.

Llegó desde un río.

Y quizás esa sea la parte de la historia que menos hemos escuchado.

Creado Por
Adriana Bernal
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