Aprender

13 de mayo del 2013

Entre los competidores por la presidencia no aparece nadie que ofrezca un cambio de este estado de cosas. Columna de Alberto Muñoz.

A Europa, algo más de dos décadas de libre mercado la llevaron al estado de postración actual. Sin temor alguno, sus autoridades se entregaron a los encantos neoliberales. No se percataron de que al pasar de un modelo económico productivo a uno rentístico, pondrían en riesgo no solo el bienestar de sus comunidades sino el futuro de la propia Unión.

Con pocas excepciones, todo Occidente se metió en lo mismo. Con el capital circulando a sus anchas, para lo cual se necesitaba un Estado chico y sin dientes, la confabulación fue general. El protagonismo ya no estuvo en la producción de bienes sino en la actividad financiera especulativa. Autorregulaciones mentirosas, avaladas por los gobiernos, dieron rienda suelta a la codicia disfrazada de novedosos productos financieros. Cuando la insostenible rentabilidad reventó en EE.UU., los vasos comunicantes del sistema expandieron el tóxico por los países del llamado viejo continente.

A esta hora, los 26.5 millones de desempleados que se calculan en toda Europa, tienen contra la pared a la mayoría de gobiernos, que bajo el mando de Alemania, aún no llegan a cuestionar el modelo económico que los llevó a tal grado de postración (ni siquiera a imitar la modalidad alemana de crecimiento inclusivo). Sólo dan para obedecer la orden de contraer el gasto público y de cumplir como sea sus obligaciones de deuda. Es decir: están primero los bancos, causantes del marchitamiento de su productividad y de la penuria generalizada, que los propios europeos. La ejemplarizante lucha por configurar la Unión, no se merecía esa suerte.

En medio de tanta oscuridad, alguien arrojó un salvavidas, cuyos alivios no reemplazan la necesidad de cambiar de modelo. En eso no pueden equivocarse. Los fundamentos académicos de la austeridad impuesta, acaban de ser derrumbados, tras el descubrimiento de errores técnicos de los profesores de Harvard que hicieron los cálculos. Siempre se supo del gasto público como herramienta para reactivar economías. Pero esta opción fue relegada cuando ellos argumentaron que la deuda pública de un país no debe superar el 90 del PIB, porque se genera decrecimiento.  En virtud de tal raciocinio, se dijo no a este gasto (ni a más deuda) en las economías emproblemadas. Lo más probable es que ahora se presione la adopción de la fórmula antes desechada. Fluirán los recursos. Pero no resolverán el fondo del problema.

Mientras tanto, en Colombia, país no desarrollado, nuestros expertos económicos, continúan negándose a aprender de la crisis de Europa y Occidente y a tomar distancia del modelo del libre mercado, causante de esa debacle.

Autoengañados con unos índices de crecimiento que corresponden sobre todo a actividades extractivas volátiles, de alta concentración de capital extranjero, de escasa generación de empleo, de baja tributación y de regalías menores a las debidas, se empecinan en no ver que no es por ahí por donde vamos a obtener el desarrollo. Que la extracción de materias primas es de las pocas opciones económicas que nos tienen como receta los promotores mundiales del neoliberalismo. Que en pos de sus ganancias esta actividad promueve la debilidad institucional y regulatoria del Estado, común a todas las prácticas económicas egoístas empoderadas por este modelo. Que el capitalismo rentista que define a este sistema, y que se basa en la especulación financiera, comercial e inmobiliaria, es la contraposición al aparato productivo fuerte, industrial y agrícola, que los colombianos necesitan.

Que mientras a los países avanzados, tal orden impuesto, les dañó su fiesta de desarrollo, a los restantes los puso a olvidarse de alcanzarlo y a contentarse con dizque crecer económicamente. Crecimiento que no es realmente de las naciones sino de los negocios de unos particulares. Que en lugar de seguir en esa bobería nos urge concentrarnos en las actividades productivas que nos pongan en la ruta de ese desarrollo.

Pero, estas discusiones, que son las que deberían darse, nada que se dan. Para tener tranquilos y contentos a los dueños de esos negocios, el Presidente se la pasa ratificando su apego al libre mercado. Vive repitiendo que el país va por buen camino. No se cansa de exaltar los pequeños logros gubernamentales en reducción de desigualdad y pobreza, sin reparar en que las personas beneficiadas salen de su condición no por productividad sino por asistencialismo oficial, única posibilidad que para ellas deja el modelo.Tampoco le inmuta que esta camisa de fuerza lo tenga sin respuesta seria frente a varios sectores de la producción, amenazados en su supervivencia.

Con algún grado de seriedad, no es sostenible que este panorama sea halagüeño. Lo más triste es que entre los competidores por la presidencia en las elecciones del año entrante, no aparece nadie que ofrezca un cambio de este estado de cosas. Lo peor es, de verdad, que el país ni siquiera sienta la necesidad de dar esta discusión. Podría ser la más importante de todas.

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