Del alcohol y otros demonios

3 de diciembre del 2010

“Cuando se tiene cierta moral de combate, de poder, hace falta muy poco para dejarse llevar, para pasar a la embriaguez, al exceso.” Marguerite Duras (1914-1996)

Que nos cuenten en las noticias quiénes matan y quiénes mueren no es contarnos nada. Que nos digan que sucedió un accidente absurdo es no decir nada, porque todos lo son. Como aquella niña que murió bajo las llantas de un camión al tratar de coger una muñeca, cuando resultó ser una simple caja vacía tirada en la vía por algún conductor distraído. Absurdos, sin sentido, insensatos, como los actos de violencia que nos cuentan todos los días. Sinsentidos que dejan desolación y muerte, que hacen que nos preguntemos dónde está la responsabilidad de salvaguardar el bien común. La responsabilidad que invoca la valoración de la vida, la propia y la ajena, en lugar de degradar la propia vida, de ultrajar la de nuestros semejantes y sembrar destrucción.

Que nos cuenten que funcionarios del gobierno transgreden las normas en accidentes de tránsito y que son excusados gracias a ingeniosos malabares del lenguaje, escudados en la posición privilegiada de los cargos que ostentan, es violentarnos. Que nos cuenten quiénes estrellan y a qué horas y que siguen campantes, es un atropello para todos. Como somos atropellados todos por andar tratando de asir el vano contenido de promesas electorales, cajas vacías que no contienen nuestros anhelos. Atropello e impunidad que agobian al ciudadano común que mira inerme desde la jungla del caos urbano cómo le muestran estos actos como un simple espectáculo, cual protagonistas de novela, en una banalización de la violencia.

Que nos cuenten que la Concejal indígena Ati Quigua aplicó el nombre de su Movimiento “Todos  a tierra” cuando una madrugada volcó y chocó su carro oficial  contra un edificio “porque estaba muy cansada después de una reunión de trabajo”, con 1° grado de embriaguez. Que nos diga que no había tomado licor, que un café puede dar ese resultado, desconociendo que cuando se habla de embriaguez casi siempre hay alcohol de por medio, todo eso es decirnos que los insensatos somos nosotros. Con un halo de misterio sobre el hecho, con el mismo misterio  que cubre la neblina de la elevada sierra de donde proviene, las mismas nubes que ocultan las razones por las cuales se sostiene una Concejal que ha asistido apenas al 50.2% de las sesiones del Concejo y que se ubica en el lugar 32 entre 45 cabildantes.

Que nos cuenten que el Concejal de Bogotá Álvaro Hernán Caicedo invadió un carril de TransMilenio “porque tenía gripa y me estaban esperando en el Consejo para una reunión urgente”, y que se les voló a los agentes del tránsito, sabiendo que el funcionario lleva un récord de al menos 40 comparendos en los últimos 3 años, nos dice algo. Que nos cuenten que otro Concejal, Edgar Sánchez Ojeda, prestó su vehículo oficial a un particular en estado de embriaguez, y que el congresista Jair Acuña resultó involucrado en un accidente automovilístico en Bogotá debido a que su conductor oficial al parecer conducía borracho, todo eso nos dice mucho. Pero nadie lo dice. También nos contaron que otro Concejal, esta vez de Barranquilla, Juan José Vergara, fue detenido por una patrulla de la Policía por estar conduciendo a alta velocidad, con alcoholemia en 2° grado. Después de contarnos eso, pasamos a los chismes de farándula.

Que nos cuenten que el Concejal de Medellín Bernardo Alejandro Guerra, en cuyo carro oficial se accidentó en la vía de Medellín al aeropuerto y que se diga que era el mismo Guerra quien conducía el vehículo en el momento del accidente en estado de ebriedad, aunque él  lo desmienta, no nos dice mayor cosa. Al llegar la Policía de Carreteras el Concejal no se encontraba en el automóvil, “Mis escoltas me sacaron del vehículo por motivos de seguridad“, manifiesta Guerra, quien adujo que el choque fue “porque estaba lloviendo mucho”. Que nos cuenten que el carro fue llevado al parqueadero del Tránsito, pero no lo dejaban ver y que las placas le fueron retiradas, es decirnos mucho: que no quieren decirnos nada.

Que nos hayan contado que el “Concejal lustrabotas” Luis Eduardo Díaz se estrelló contra un bus de servicio público en 2° grado de embriaguez, sin portar licencia de conducción, que intentó sobornar a los agentes y quiso huir, luego de mentir sobre quién iba conduciendo,  “Estoy en sano juicio. Yo no estaba en ningún establecimiento público, estaba en mi casa“, afirmó el concejal lustrabotas. Al ser interrogado por la prensa  “¿A usted le parece que da un buen ejemplo? -Por decir la verdad, si doy buen ejemplo. El que dice la verdad ni peca, ni es mentiroso.”

Los servidores públicos están obligados, más que ninguno, a actuar con sensatez, aplicar la reflexión y el buen sentido. Respetar y hacer respetar las normas. Adalides consecuentes entre lo que predican y lo que hacen. Ellos son modelo, ejemplo y, como tales, educadores. Y una de las tareas de la educación, tal vez la más importante, es lograr que los individuos y la sociedad interioricen y apliquen en todas sus actuaciones la máxima “No seas insensato”. Porque la insensatez lleva al sinsentido y al absurdo. Porque la insensatez es lo opuesto a la reflexión, al buen sentido para conducir bien la vida. Esto es lo que llamamos responsabilidad ética. Y somos anti-éticos cuando actuamos con insensatez cada vez que transgredimos la ley, pero también cada vez que actuamos en contra del buen sentido, atropellando de paso la vida y los bienes de nuestros semejantes dejando en el pavimento un reguero de dolor y desolación.

Que la Liga contra la Violencia Vial, nos cuente que las muertes por accidentes de tránsito en Colombia triplican a las del conflicto armado, 6.000 víctimas en el 2009, es mucho decir. Frías cifras, estadísticas de las que forman parte personas que alguna vez tuvieron un nombre, una cara, un cuerpo que fue amado y esperado al final del día por familias que alguna vez tuvieron la esperanza de un mejor vivir. Quienes mueren o sufren daños irreparables en las carreteras y calles colombianas suelen ser de los estratos más pobres y de un rango de edad muy joven, lo cual agudiza el empobrecimiento social, convirtiéndonos a todos en víctimas. Cada vez que se atropella a alguien se atropella una familia, una comunidad, un país.

Un volante de automóvil en manos de un conductor insensato es un arma. “La conducción temeraria es una lacra comparable a la criminalidad”, afirma Mary Bottagisio, Directora de la Liga. “Los españoles –dice- se mataban como se matan los colombianos, porque bebían, porque no respetaban las normas de tráfico. No es una cuestión genética, se trata de una voluntad política y de autoridad.” Y nos preguntamos, ¿dónde están la autoridad y la voluntad de nuestros políticos? Que nos cuenten sus buenas intenciones, no es contarnos nada.

Un arma más que reproduce cada día el drama de muerte, destrucción y miseria, actos sin sentido, absurda violencia. Violencia como desprecio por la vida, la propia y la ajena, desprecio por los bienes, los propios y los ajenos. La violencia como bofetada del poder de unos cuantos que humillan a otros con el poder de sus armas va más allá de un conflicto entre ejército e ilegales. La violencia no sólo se dispara, también se destapa, y se sirve en finas copas. Cuando se juntan el poder con la insensatez en manos de un conductor embriagado por las mieles de su cargos, sazonados con otras hierbas como uso indebido y daño de bienes públicos, evasión del castigo, obstrucción de la justicia, manipulación de pruebas, el arma es, si se quiere, aún más letal: es un arma que va en contravía del ideal ético de cualquier sociedad que se llame a sí misma civilizada. En un mundo de insensatos, la violencia está en todas partes. En un país de gobernantes insensatos todos somos víctimas de los accidentes de tránsito.

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