El arte y la memoria

Sáb, 28/05/2016 - 03:50
El “corte de franela” se remonta a los principios del siglo XX, cuando en los Llanos Orientales se dieron varias rebeliones tendientes a erigir el territorio de Arauca como independiente. Eso se d
El “corte de franela” se remonta a los principios del siglo XX, cuando en los Llanos Orientales se dieron varias rebeliones tendientes a erigir el territorio de Arauca como independiente. Eso se desprende de un dibujo de Ricardo Rendón (1894-1931) fechado en 1916, que reposa en la colección de arte del Banco de la República. Y de la historia, por supuesto. Se popularizó en las décadas de los años 40 y 50 durante la histórica “década sombría”, la de la Violencia partidista. Consistía en cortar el cuello de la víctima en la forma que tienen las camisetas o franelas y exponer su lengua en un espectáculo grotesco y bárbaro, cuya sevicia asombraba los espíritus de los colombianos por aquellos años. También nos recuerda la intolerancia y el salvajismo practicado por personajes como “Sangre Negra” que, entonces, sobrepasaba con creces nuestra capacidad de asombro y nuestra imaginación. Lo cruel es que esa sevicia y esa barbarie no han pasado, se repiten en nuestros años con los descuartizamientos producidos por las motosierras, que pusieron de moda para el crimen los temibles paramilitares, cuyo origen e historia ya todos conocen. Parecido desmembramiento, igual sevicia, barbarie similar. Parece que hubiera una solución de continuidad entre ambas violencias cuyo efecto ha sido el adormecimiento de los sentimientos frente a la desgracia y el dejar hacer, como si el camino de la confrontación debiera ser la repetición de las barbaries históricas que han asolado al pueblo colombiano. Estas reflexiones me las ha posibilitado una escultura presentada en el MAT con la exposición de proyectos de grado de estudiantes de la Universidad del Tolima denominada Primera Estación. La presenta David Ancízar Pinzón Morales bajo el título de “Tanatomaníaco”. No quiero decir que sea la mejor obra del conjunto de proyectos. Digo que es la que más me impactó por la manera como el artista logra darle continuidad a la historia con su talla en madera, abrirnos los ojos sobre la permanencia de la violencia y hacernos reflexionar sobre la condición humana. También me llamaron la atención otros trabajos, como el Natalia Sánchez Rodríguez, “La (Medida) en que habito”, por la manera como se apropia de su entorno cotidiano para desdoblarlo como un mapa, pero consciente de su dimensión. O “El cuerpo ritual, paisaje y territorio”, que es una instalación de fotografías de Paola Varón Rivas, porque a través de una secuencia de fotografías alude a la despersonalización del individuo que asume disfraces y máscaras diversas para ser reconocido. O para reconocerse. En forma general la exposición “Primera estación” nos acerca la labor de la Universidad del Tolima, a su Programa de Artes Plásticas y Visuales, y a vislumbrar un buen futuro para el arte en esta época de horror.
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