El rumbo de Peñalosa

11 de enero del 2016

Los cambios de la ciudad, del país y del mundo obligan nuevos ingredientes, matices y apuestas.

No debería ser la copia del Peñalosa de 1998. No repetirse sin perder coherencia, es quizás el principal desafío de quien ocupa por segunda vez el Palacio Liévano. No solo porque haya madurado su concepción de desarrollo urbano. O porque haya tenido el suficiente tiempo y distancia para apreciar errores e identificar correcciones de su primera experiencia como Alcalde de la Capital. O porque los años y las canas le permitan apreciar los aportes de otros gobiernos previos y posteriores a Él. O porque su activa presencia en la vida pública o en la consultoría urbana internacional le de nuevos insumos y experiencias.  Es porque además, los cambios de la ciudad, del país y del mundo obligan nuevos ingredientes, matices y apuestas.

En su discurso de posesión, el Alcalde Enrique Peñalosa precisó el rumbo que le ofrece y las huellas que su administración pretende dejarle a la ciudad. En términos gruesos exhibe una ruta que acertadamente responde a las principales demandas de los bogotanos. Como también responde con sentido liberal y progresista a inquietantes asuntos que ocupan el debate público en las ciudades contemporáneas. Igualdad de todos ante la ley y prevalencia del interés general sobre el particular, constituyen las dos ideas fuerza de su agenda gubernativa. Y aunque su eslogan “Bogotá, Mejor para Todos” sugiere una convocatoria a la despolarización, llamó la atención que la sucesión del mandato se realizara, contrario a una tradición democrática, con la ausencia del Alcalde saliente Gustavo Petro.

En movilidad, insistió en su compromiso con el desestimulo al uso del vehículo particular, se comprometió con construir el mejor sistema de transporte público del mundo en desarrollo y con duplicar el número de usuarios de modos limpios de desplazamiento como la bicicleta. En seguridad prometió la creación de una Secretaría encargada de este asunto, advirtió una política para enfrentar la amenaza de estructuras criminales y  reiteró su obsesión en la recuperación del espacio público. En política social, prometió una línea de continuidad en la reducción de la pobreza pero ambicionando importantes avances en educación, salud y vivienda. Continuidad que también prometió en los derechos de la población LGBTI o en temas como la política de protección animal. Anunció un gran proyecto de circuito ambiental de 200 kilómetros que conectaría los cerros orientales con un Rio Bogotá recuperado, que según sus palabras le daría un nuevo “carácter” a la ciudad. Y advirtió una revisión al gasto público, sobre todo en burocracia y nominas paralelas, y una intervención a las empresas públicas.

Estos anuncios han merecido pronunciamientos que se colocan en uno u otro extremo. Quienes desde ya anuncian una férrea oposición al Alcalde o de quienes no ahorran esfuerzos en la adulación y la obsecuencia. Prefiero una actitud mesurada que implique un decidido respaldo a esta ruta, pero sin abandonar el constructivo ejercicio de la crítica. Por lo pronto a esta ruta, por ejemplo, le faltan dos asuntos cruciales que atraviesan inevitablemente la agenda pública: el cambio climático y el proceso de paz. 194 países, incluyendo Colombia, acaban de suscribir en Paris compromisos de Estado para detener el calentamiento del Planeta y la Asamblea de Naciones Unidas acogió los Objetivos del Desarrollo Sostenible propuestos por Colombia en la pasada cumbre de Rio o Rio+20. Y este año seguramente pondremos fin al conflicto armado mediante una negociación de paz que coloca al centro los derechos de las víctimas, que en Bogotá suman 600 mil ciudadanos. Asuntos que deberán estar presentes en la aprobación de los nuevos Plan de Desarrollo Distrital y Plan de Ordenamiento Territorial.

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